Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (66)

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Me zumban los oídos. Es un sonido tan fastidioso como los agudos silbados del viento afuera.

   —No te enojes, papá —dice mi hijito Sebastián—. Yo tuve el mismo sueño. Lo que dijo la enfermera no es mentira. Una de las primas mató al “Gringo Kübert”. Y lo hizo con un rifle.

   —Así es —dice la enfermera—. Utilicé un Winchester en mi sueño. El niño mágico tiene razón.

   —Pero no te preocupes —comenta Sebastián, mirándome—. El “Gringo Kübert” no se te parece.

   —Ay, Allart, pero tu papada sigue apareciendo en esta historia como una pesadilla recurrente —dice el urubicheño Dámaso Vaca, riéndose—. Sin embargo, lo que me intriga no es tu papada sino la estilográfica de Hurtado. El bandido al final no escribió ningún artículo en el periódico, ¿verdad?

   —Hace cinco años rastreamos todo el archivo de “El Oriente” —explica el taxista don Braulio—. Encontramos varios editoriales que hablaban de Hurtado, pero no nos topamos con ninguna pieza escrita por el bandolero. Estoy segurísimo. Bueno, don Allart no es muy meticuloso, pero yo sí.

   —Hurtado nunca utilizó la estilográfica para escribir artículos. No es como vos, papá —me dice Sebastián—. Pero, ¿sabés para qué le sirvió el regalo de mi bisabuelo? Para anotar sus sueños.

   De pronto, la enfermera tan estupenda como insoportable agarra el misterioso cuaderno del paciente con las terribles quemaduras en todo el cuerpo y nos dice que la hora de visita terminó. Yo protesto no sin vehemencia porque no quiero afrontar las horrorosas ráfagas de viento afuera que continúan azotando la clínica El Trompillo. Al final me dejo convencer gracias a un calmante que la ambigua mujer me hace ingerir. El fiel taxista don Braulio Robles nos lleva a nuestra casa.

   Al día siguiente el mismo fiel taxista nos espera en su movilidad en el gran patio del condominio.

   —¿Qué hace aquí? —le pregunto al salir de la casa—. ¿Por qué no nos deja caminar al colegio?

   —Porque mi papel es bien clarito, don Allart. Soy su Sancho Panza y su chofer privado —dice don Braulio, mientras yo me resigno acomodándome junto a Sebastián en los asientos posteriores.

   Con su sólito estilo brusco, el taxista nos conduce por la imperecedera avenida La Barranca, quejándose rutinariamente del pavimento de losetas (“en serio, don Allart, se lo juro que si yo fuera alcalde las sustituiría de inmediato por asfalto”, etcétera). Noto, para mi sorpresa, que no estamos yendo hacia el colegio “Adolfo Kolping” sino hacia la guardería “Pasitos”. Continuará.

 

Visto 151 veces Modificado por última vez en Miércoles, 24 Abril 2019 15:15

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