Santa Cruz de la Sierra

El escondrijo (II)

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“Los individuos, con el paso del tiempo y moviéndonos en el espacio, nos complementamos en un sinfín de encuentros, buenos y malos. Este libro, que me regaló mi amigo Keisuke, representa el encuentro con la soledad”, explica el cineasta Tony Peredo, mientras me pasa una novela titulada ‘Il fucile da caccia’ del escritor japonés Inoue Yasushi (1907-1991). “Keisuke me la dio en la versión italiana. Él prefiere los idiomas romances. Se siente más libre hablando en español o en italiano. Dice que el japonés lo condiciona demasiado. Lo limita”, precisa Tony. “Ay, no me digas que crees hasta en el determinismo lingüístico”, comento yo.

Hojeo el libro y digo: “Conozco esta versión, de la mítica editora Adelphi. Es un cuento muy bello. Plantea un dilema clásico: ¿es mejor amar o ser amado? Entiendo que Yasushi elige la primera opción a pesar de los innumerables sufrimientos que esta implica.” Le cuento a Tony que leí de la misma editora varias obras del húngaro Sándor Márai (1900-1989), un autor tan grande como Yasushi. Bueno, Márai tiene una visión sorprendente acerca del mismo dilema. Dice que quien ama al fin y al cabo tiene una vida más fácil porque el otro se ve obligado a soportar un sentimiento al que no puede responder.

Tony dice: “Me gustaría rodar un largometraje basado en esta novela. Yasushi utiliza una técnica narrativa que se presta perfectamente al cine, o sea esa de mostrar la misma situación desde el punto de vista de personajes diferentes. Además, propone una imagen muy evocativa: la de la vida secreta en forma de serpiente que mora en cada uno de nosotros.” Yo agrego que esa imagen la propuso también, cien años antes, el estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864) en una breve anotación en uno de sus cuadernos de apuntes. Tony confiesa no haber leído nada de Hawthorne y yo tengo que admitir que todo lo que sé de él lo aprendí a través del argentino Jorge Luis Borges (1899-1986).

Sigo con el libro de Yasushi en mis manos. Pregunto: “Tony, ¿podés contarme algo más sobre tu amigo japonés Keisuke?” El cineasta dice: “Es un desterrado voluntario. Era un arquitecto exitoso de condominios en Tokio, pero terminó prácticamente como arquitecto de su propia desaparición. Hace diez años, de un día para otro, decidió autoexiliarse en Santa Cruz sin previo aviso.” Siento una extraña afinidad. “Yo también soy un desterrado voluntario”, reconozco. Continuará.

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