Santa Cruz de la Sierra

El escondrijo (IV)

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La luz en el escondrijo no arroja sombras y no percibo ninguna profundidad. Tengo la sensación de estar en un dibujo asiático con contrastes atenuados, donde los personajes se encuentran en la misma línea, sin perspectiva.

El hombre dice con su voz calmada (para mi gusto, demasiado monótona): “Cuando te decidiste a vivir en Italia – no recuerdo hace cuántos años atrás – yo de repente me vi obligado a quedarme en Holanda. Tengo que decir que en aquella época eras muy engreído.” Yo admito con vergüenza: “Es verdad.” El hombre continúa: “En Ámsterdam decimos que tenías ‘kapsones’” Siento la necesidad (es más fuerte que yo) de especificar que ‘kapsones’ no es en realidad una palabra holandesa sino yiddish. Pero mi interlocutor ignora mi pedantería. “Podemos afirmar que tus primeras décadas de vida fueron problemáticas. Siempre tenías una opinión y, lo peor, la querías imponer a los demás. Eras como un predicador. Sé que te ha costado harto acostumbrarte a la duda.” Quiero desviar su discurso. Por eso pregunto: “Y mientras yo estaba en Italia, ¿qué hacía usted en Holanda?” El hombre replica: “Me puse a estudiar japonés, puesto que vos habías optado por el italiano. A propósito, no quiero que aprendás el japonés. Porque si empezás a aprenderlo, yo empiezo a olvidarlo. Esta es mi condena.”

Enseño las partituras que están bajo la piedra, en el centro del escondrijo, y quiero saber si el hombre es músico. “No me quedó otra”, murmura con resignación. Digo que me hubiera gustado ser músico también. “Lo sé, porque vos pensás solo en letras y yo en melodías,” explica el hombre. “Tenía un saxofón, pero lo vendí”, confieso. “Claro, yo lo compré”, dice el hombre. “Siento remordimiento por la venta”, digo yo. “Desconozco el orgullo y el arrepentimiento. Pero conozco sí el consuelo”, me confía. Reconozco que me gusta mucho su escondrijo. El hombre comenta: “Este espacio puede ser todo: una pocilga o un palacio. Pero una cosa es cierta: fue contemplado desde el principio por un arquitecto.”

Asciendo rápido la escalera de caracol. Al cabo de poco tiempo vuelvo con los planos originales de la casa. Quiero mostrarle al hombre que el escondrijo efectivamente está presente en los dibujos. Hubiera querido saberlo antes. Y hubiera también querido decírselo al hombre. Pero ya no está. Veo una puerta de escape hacia el exterior. No veo las partituras. Solo me queda la piedra.

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