Santa Cruz de la Sierra

La receta (IV)

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El conde Camillo Negroni, sentado en una mesita dentro del mítico bar Manganelli en la Plaza del Campo de Siena, toma su café espresso y luego enciende un cigarrillo a la manera de Gary Cooper. Tony Peredo le pregunta: “Conde, por favor, quiero ver su encendedor. Parece ser de tiempos remotos, ¿puedo?” El conde contesta: “Se lo regalo como prueba de mi existencia. Lléveselo a su casa. Disculpe, ¿pero de dónde viene usted?” Tony dice: “Del barrio El Trompillo de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Soy cliente fijo del restaurante ‘El Toborochi’, en La Barranca.” El conde Negroni dice: “Viajé mucho, conozco un sinfín de locales en todo el mundo, pero ‘El Toborochi’ me falta. ¿Vale la pena visitarlo?” De repente nos llega la inconfundible voz del papa polaco, quien está hablando desde una capilla frente al edificio más importante de la plaza. Juan Pablo II dice en italiano: “Valeva la pena di venire a Siena.” Desde la barra, el barman Alessandro Frati exclama: “¡Conde, por fin llegó su amigo! Ahora, ¿qué le servimos, lo de siempre, su mismo invento?” El conde se levanta y dice: “Todavía no. Primero quiero charlar un ratito con ‘Lolek’. Vuelvo en cinco minutos. Alessandro, si en tanto querés hacerte útil, podés ya enfriar los vasos. Eso es muy importante para poder ejecutar bien la receta… ”
Efectivamente, el conde Camillo Negroni vuelve en cinco minutos, trayendo un regalo del papa Wojtyla: una botella de Viña Pedrosa del año 1993. Para mi sorpresa, el excéntrico aristocrático florentino me la da a mí diciendo: “Su amigo, el cineasta Tony Peredo, ya tiene mi encendedor. Esta botella es otra prueba de mi existencia. Y recuerde que el vino es la cosa más civilizada del mundo.” Tony comenta: “Eso lo dijo Hemingway.” El conde admite: “Claro que sí. Nunca voy a citar a un abstemio.” Yo – sabiendo que el conde es bisnieto de Walter Savage, un poeta inglés quien inspiró a Yeats y a Ezra Pound – también quiero decir algo inteligente. “Su compatriota y contemporáneo Gabriele D’Annunzio era prácticamente abstemio. ¿Lo conocía?” le pregunto al conde. El célebre Camillo Negroni muestra una sutil mueca de desprecio. “No era amigo mío. Siempre tomaba cappuccino en el Doney, un local de intelectuales y otra gente pesada en la calle Tornabuoni de Florencia”, dice. Ahora el conde mira la botella del Campari brasileño que Tony Peredo sigue teniendo en su mano. “Joven, por favor, quiero ver su botella. Parece ser del porvenir”, comenta. Continuará.

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