Santa Cruz de la Sierra

La lengua del jucumari

Mi hijito Sebastián me despierta con su sólito método eficaz, es decir, gritando y saltando en la cama. Es inhumanamente temprano. Me pregunta: “¿Cómo estás? ¿Podés respirar?”. Murmuro: “Mi nariz sigue tapada, tengo la boca seca y mi lengua está hecha de papel de lija. Por lo demás, estoy bastante bien. Es así que se siente un cincuentón, me temo. Tengo que aceptarlo”. Sebastián sintetiza mi estado: “Querés decir que estás con sed, ¿no es cierto?”. Confirmo: “Ay, hijo, podría beber todo el lago Titicaca”. Sebastián ahora me pregunta: “¿Dónde queda ese lago?” Le digo: “En el departamento de La Paz, en la parte andina del país”. Mi hijito indaga: “¿Es allí donde vive el oso andino? ¿Te acordás, papá, del oso andino? Le dicen también ‘jucumari’”. Reconozco: “No sé exactamente dónde vive. Mayormente en Tarija, Cochabamba y Santa Cruz, creo. Y, naturalmente, en el zoológico municipal. Allí tiene su propio espacio. Si no me equivoco, se llama la ‘fosa del jucumari’”. Sebastián se echa a reír y dice: “Ay, no, papá. Estás confundiendo la ‘cueva del jucumari’ con la ‘fosa del jaguar’”. Admito: “Sí, claro, tenés razón. Es que tengo la memoria defectuosa de un cincuentón”. Mi hijito comenta: “Hay una cosa rara. Fuimos mil veces al zoológico, pero nunca vimos al jucumari. Siempre está escondido en su cueva. No quiere salir”. Especulo: “Tal vez tenga todo lo que necesita en su cueva. Tal vez prefiere quedarse adentro, en su propio mundo. Puede ser que no le guste la realidad. Tampoco me gusta a mí”. Sebastián observa: “Nuestra casa es tu cueva. Lo sé, papá. Sos un jucumari”. Propongo: “Vamos a buscarlo al jucumari verdadero. Vamos a empezar en el museo de historia natural”. El museo “Noel Kempff Mercado”, situado en la avenida Irala entre la Ejército Nacional y la Velarde, es una guarida tan modesta como fascinante. En unos pocos metros cuadrados está comprimida toda la flora y fauna del departamento de Santa Cruz gracias a la incomparable pasión por la naturaleza del legendario y llorado profesor Kempff Mercado. Allí, escondido en una polvorienta esquina, nos topamos, efectivamente, con una versión disecada del jucumari. Sebastián lo mira desde cerca y constata: “Increíble, papá, el jucumari se te parece muchísimo. Tiene la misma mirada. Creo que es un jucumari muy viejo. De grande quiero tener también mi propia cueva. Soy un jucumari, como vos. Pero soy mucho más joven y no tengo la lengua hecha de papel de lija”. Le digo: “Ay, hijito, menos mal”. Sebastián se acerca aún más al jucumari disecado y exclama: “¡Mirá! La lengua del jucumari es idéntica a la tuya. Pobre jucumari, quiere beber todo el lago Titicaca”.

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