Santa Cruz de la Sierra

Inglés

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Estamos con mi esposa Emmita en el patio central del colegio “Adolfo Kolping”. Acabamos de dejar a nuestro hijito Sebastián en su curso. Se nos acerca el profesor de inglés, un hombre humilde, tímido y modesto. Me cae muy bien, justamente por estas tres características. No sé si yo le caigo bien a él porque raramente dirige la palabra a mí. Casi siempre habla directamente a Emmita. Le tiene más confianza a ella, así de simple. En este momento, el hombre le dice: “Ay, señora, el otro día quedé muy impactado al verlo llorar a su hijo en el curso. Se había equivocado en su examen de inglés, es decir, lloró porque había invertido las letras c y k de la palabra ‘clock’”. Emmita dice: “Entonces, lloró por una pequeñez. Se está volviendo cada vez más exigente consigo mismo. Yo soy igual, soy muy perfeccionista, me temo”. El profesor de inglés explica: “No me malinterprete, señora. Quiero felicitarla por el comportamiento de su hijo. Sebastián ha mejorado hartísimo. Los primeros meses del año estaba siempre callado, pensé que no entendía mis métodos de enseñanza. Pero resulta ser que era sólo una cuestión de confianza. Ahora se fía de mí”. Me meto en la conversación: “Le digo más, profesor. Sebastián no sólo confía en usted sino que lo quiere mucho. Me lo ha dicho varias veces. Dice que usted es el mejor profesor de todo el colegio”. El hombre me mira confundido. No me entendió, creo. Nuevamente se dirige a mi esposa, diciendo: “Sebastián es mi mejor alumno. Él lee en voz alta todo lo que escribo en la pizarra. Sus mismos compañeritos quieren que haga eso, porque dicen que su pronunciación del inglés es mejor que la mía. Y tienen toda la razón”. Emma explica: “Nuestro hijo es musical. Tiene gran sentido melódico y muy buen oído”. El profesor comenta: “No puedo creer que hable tan perfecto, sin acento. Los latinos siempre tenemos un acento bien reconocible cuando hablamos inglés. Y también los norteamericanos y los ingleses delatan inmediatamente su origen cuando hablan español”. Otra vez me meto en la conversación: “Nuestro hijo es una mezcla entre la cultura hispanoamericana y la norte-europea”. Con el mismo aire confundido el profesor de inglés le pregunta a Emmita: “¿Qué está diciendo su esposo? Admito que no tengo gran sentido melódico ni buen oído. Cuando habla su esposo no entiendo nada. Su acento es muy raro, no es inglés”. Digo: “Soy un holandés perdido”. Obviamente, el hombre sigue sin entenderme.

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