Santa Cruz de la Sierra

Una tarde en la plaza

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Es como una tarde cualquiera, sólo que el aire parece aún más pesado que ayer. “Prácticamente, es como si toditos estuviéramos pitando como fumadores empedernidos. Así de dañina está la situación”, comenta el taxista que nos deja en la esquina de la plaza 24 de Septiembre, frente a la catedral. La vendedora de comida para palomas, una señora simpática y atenta, se nos acerca inmediatamente. “¿Qué querés comprar, mi amor? Tengo semillas de sésamo, maíz o una mezcla de maíz triturado con semillas de lino”, le dice a mi hijito Sebastián quien contesta: “Vamos a comprar los tres tipos, porque mis amigas están con mucha hambre”. La mujer le sonríe y pregunta: “¿Las palomas son tus amigas de verdad?”. Sebastián explica: “Sí, porque me tienen confianza y yo las extrañé mucho”. Con las tres bolsitas de comida, mi hijito se sienta en la sombra. Abre la bolsita con maíz y como por arte de magia una enorme bandada de palomas aterriza frente a sus pies. Las aves comen directamente de su mano. Sebastián está feliz, al igual que sus amigas. Cuando la comida se agota, mi hijito dice: “Vamos a la catedral. Nunca he visto su interior”. Me justifico, diciendo: “Es que tenés un papá espiritualmente ignorante, me temo”. Al entrar a la catedral vemos un cartel que dice: MUSEO. Una flecha indica que el museo se halla al fondo. Llegados allí, vemos otro cartel que dice: CERRADO POR TRABAJOS DE RESTAURACIÓN. “Qué pena. A mí me gustan mucho los museos. ¿Por qué no pueden restaurar este museo rápido? Les voy a decir que mi mamá es restauradora. Ella es una restauradora muy rápida, ¿no es cierto, papá?” me pregunta Sebastián. Confirmo: “La mejor y la más rápida del mundo”. Ahora propongo: “Vamos al mirador. Te va a gustar”. Compramos dos entradas y mi hijito le pregunta a la cajera: “¿Este mirador no tiene ascensor?”. Digo: “Ay, hijo, un poco de ejercicio físico nos hará bien. Vamos a subir los escalones”. Resulta ser que los escalones son muchos. Sebastián insiste: “Poner un ascensor aquí sería una buena idea. A mí me gustan los ascensores y los museos”. Y agrega: “Me gustan también las palomas”. En la cumbre del mirador vemos a varias parejas de adolescentes besándose. “¿Papá, qué hacen estas niñas y estos niños?” quiere saber mi hijito. “Son tortolitos, una especie de palomas también”, explico. “No son como mis amigas”, sentencia Sebastián para luego decir: “Quiero bajar. Voy a comprar más maíz y semillas”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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