Santa Cruz de la Sierra

Fisioterapia

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“Vamos, chico. Tú puedes, chico. No te rindas. Sigue moviéndote, chico”, le dice el fisioterapeuta cubano Luis a mi suegro don Hugo Sosa quien está haciendo un ejercicio especial para estimular la circulación sanguínea de sus ancianas piernas. Mi suegro le lleva unos sesenta años, pero Luis insiste en llamarlo “chico”. Yo, que soy unos quince años mayor, por supuesto también soy un “chico” para él. Estoy sentado en el sofá, al lado de don Hugo, con mi pie derecho conectado a través de una infinidad de cablecitos a una máquina que manda pulsaciones eléctricas por los ligamentos y músculos alrededor de mi tobillo. “¿Por qué pusiste un ungüento mentolado en tu tobillo, chico? Eso no sirve. Empeora la inflamación, chico”, me reprocha el fisioterapeuta cubano quien ahora mira a don Hugo diciéndole: “Oye, chico, dile a tu yerno que no sea terco. Que me escuche, ese chico irresponsable”. Nadie le habla de manera tan directa a mi suegro. Don Hugo le sonríe a Luis y le explica: “Allart es nórdico. Los holandeses son personas altas, pero tienen una debilidad notoria, es decir, sus talones tienden a ser muy vulnerables”. Admito: “No sé si se puede generalizar el asunto. Pero en mi caso es verdad. Mi talón derecho literalmente es mi talón de Aquiles”. Don Hugo insiste: “Es un defecto general, en serio. Nosotros aquí tenemos talones de guarayo, gruesos e indestructibles. Para nosotros, caminar descalzos en la arena tiene el efecto de un spa, o sea, es un tratamiento de pedicura que limpia la planta del pie. Sin embargo, si Allart camina en la arena se hace daño”. Comento: “Me va a disculpar, don Hugo. Yo no lastimé mi pie en la arena, sino que fue un ridículo accidente. Me caí al vaciar la piñata en el cumple de mi hijo. O, mejor dicho, las madres me tumbaron durante la piñata”. Don Hugo dice lacónicamente: “Eso no le hubiera jamás pasado a un guarayo”. El fisioterapeuta Luis observa: “Los cubanos debemos ser parientes de los guarayos, porque nosotros también tenemos talones de hierro”. Le pregunto: “¿No hay modo de reforzar de alguna manera mis talones, doctor?”. Luis dice, seco: “Tienes que seguir mi terapia al pie de letra, chico. No inventes”. Insisto: “Pero ustedes que son expertos en santería, ¿no tienen algún truco?”. Don Hugo sugiere: “Existe un truco guarayo. Prácticamente, hay que mojar los zapatos con agua y alcohol y luego dejarlos en el congelador durante un día entero. Y luego te los ponés”. Luis le dice a él también: “No inventes, chico”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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