El parche chino

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Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos del mercadito El Trompillo, me mira no sin preocupación. Dice: “Ay, Gringo, ¿cómo anda? Debería poner uno de esos parches chinos en su tobillo. Son parches de calor, ¿los conoce? Son milagrosos”. Le explico: “Mi fisioterapeuta cubano no cree en milagros. Me prohíbe todo tipo de parches y ungüentos terapéuticos. Me está curando con pulsaciones eléctricas, una lámpara infrarroja y masajes. Estoy haciendo esa terapia en la casa de mi suegro don Hugo Sosa”. Teo insiste: “Se lo prometo. Con un parche chino va a dejar de cojear. Espere, Gringo. Yo los llevo siempre conmigo, por si acaso”. El viejo vendedor de periódicos saca un parche térmico chino de uno de los innumerables bolsillos de su chaleco rojo. “Bonito su chaleco, y muy práctico, ¿no es cierto?”, comento. Teo dice: “Lo gané en una rifa de ‘La Estrella del Oriente’”. Me pasa el parche chino diciendo: “Se lo regalo. No le diga nada a su fisioterapeuta cubano”. Lo pongo rápido en mi bolsillo, como si se tratara de una sustancia prohibida. Ahora escucho una voz familiar detrás de mí que me pregunta: “¿Qué tenés escondido allí en el bolsillo de tu pantalón?”. El cineasta Tony Peredo sonríe y me abraza con su típica exuberancia siciliana. Teo explica: “Le regalé al Gringo un parche de calor chino. Sigue cojeando. Su fisioterapia no sirve”. Mi mejor amigo Tony observa: “Pero, Allart, el cumpleaños de tu hijito fue hace más de una semana y seguís renqueando. ¡Qué barbaridad!”. Digo: “Me voy a reponer, no te preocupes. Además, el cumple y esa desafortunada piñata al final valieron la pena, porque mi hijito Sebastián me sigue diciendo que fue el mejor día de su vida”. El cineasta medita: “A mí nunca me festejaron un cumpleaños, que yo recuerde, de niño. Porque, bueno, yo era el mayor y, encima, mi cumple caía quince, o sea, justo cuando la plata empieza a escasear. Y sí, a mis hermanas alguna vez les organizaron  su fiesta con piñata y todo. Pero yo era demasiado tímido como para acercarme y empujar a los demás. No era de ese estilo de gente que se tira  y se abalanza. Recuerdo que en esa fiesta los padres de los niños también se metieron”. Digo: “Ay, sí, qué feo. En el cumple de Sebastián una madre arrancó el estómago de la piñata y me piso el dedo gordo del pie. Así que me caí, lastimándome el tobillo”. Teo dice: “Poné el parche chino ese. Es milagroso. De verdad”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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