Santa Cruz de la Sierra

Emitiendo el voto

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Entonces, por fin tras una campaña quizás demasiado larga, llegó el día de las elecciones, mientras nosotros, es decir, mi esposa Emmita, nuestro hijito Sebastián y yo nos encontrábamos en la casa de mis suegros. Sebastián, como de costumbre, se levantó temprano y nos despertó exclamando: “¡Tengo una idea! ¡Vamos a inflar la piscina que me regaló mi tía Rossy! La vamos a inflar en el patio de la abuela. Y luego vamos a nadar todo el día. ¡Es una idea muy buena!”. Emmita, con una paciencia admirable, dijo: “Efectivamente, es una idea muy buena, porque hoy va a hacer calor. Pero antes tenemos que ir a votar. Primero vamos a acompañar a los abuelos. Ellos tienen que votar en el colegio Juan Pablo II y yo, después, tengo que votar en el colegio Don Bosco”. Sebastián dijo: “No voy a ir a ningún colegio. Hoy es domingo”. Luego se dirigió a mí: “¿Vos también vas a votar?”. Expliqué: “No soy boliviano. No me dejan votar”. Los ojos de Sebastián se iluminaron. Me dijo: “Menos mal que no sos boliviano. Entonces, nosotros nos quedamos aquí y vamos a armar la piscina de la tía Rossy”. Le dije: “Eso lo vamos a hacer después, porque yo quiero ver qué pasa en los recintos electorales. Al final soy periodista, ¿me entendés? Quiero acompañarlos al abuelo, a la abuela y a la mamá”. Sebastián protestó: “Votar no es importante, jugar en la piscina sí”. En ese momento entró a la habitación de los huéspedes mi suegra Josefina quien le explicó a su nieto: “Amor, votar es muy importante. Pero no te preocupes. No vamos a demorar mucho. Vos te quedás aquí con la tía Yudit”. Sebastián se resignó y nosotros fuimos al colegio Juan Pablo II. Llegando a las ocho y media de la mañana tuvimos que constatar que la mesa número 16, la de mi suegro don Hugo Sosa, no estaba abierta todavía por falta de material electoral y jurados. Serían las nueve cuando don Hugo pudo emitir su voto. Luego le tocó a mi suegra Josefina en la mesa número dos. Para nuestra gran sorpresa, le dijeron que su nombre no estaba registrado. Mi suegra, con la misma paciencia admirable que tiene su hija Emmita, les explicó que tenía la doble nacionalidad, la venezolana y la boliviana, y que hace unos meses se había inscrito como nueva electora. Le dijeron: “Usted está nacionalizada pero no puede votar en las generales”. Mi suegra me susurró al oído: “Quizás jugar en la piscina realmente es más importante que votar”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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