En la piscina

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“Papá, adiviná qué soy”, dice mi hijito Sebastián. Contesto: “Sos un niño y estás jugando en una piscina inflable que te regaló tu tía Rossy. Sos un niño muy feliz, porque esta piscina es la cosa más bella que te regalaron para tu cumple”. Sebastián dice: “No, nada que ver, papá. Soy un escalar. ¿Sabés qué es un escalar?”. Digo: “Es un pez, ¿no es cierto?”. Mi hijito pregunta: “Pero, ¿qué tipo de pez?’. Admito: “No sé, hijo. Vos sabés mucho más de la naturaleza y de los animales que yo”. Sebastián explica: “Soy un pez ángel azul. A mí me gustan los peces y los angelitos”. Le digo: “Hola, pez ángel azul. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu piscina?”. Mi hijito responde: “Muy bien, pero extraño a mi amigo, el pez dorado. ¿Sabés quién es el pez dorado?”. Adivino: “¿Tal vez sea tu primo Sergio?”. Sebastián pregunta: “¿Cuándo viene mi primo, el pez dorado?”. Justo en este momento entra Sergio al patio de la abuela Josefina. Mi hijito comenta: “Ay, pez dorado, llegaste tarde. Desvístete rápido”. Sergio dice: “No traje mi malla. No puedo entrar a la piscina”. Sebastián dice: “Pero yo no llevo malla tampoco. Estoy en calzoncillos. A los escalares nos gustan los calzoncillos”. El primo explica: “A los peces dorados nos gustan las mallas”. Mi hijito suspira: “¡Uf! Entrá de una vez, con tus calzoncillos”. Sergito hace lo que le pide su primo. “¿A qué vamos a jugar?”, le pregunta. Sebastián dice: “Soy muy bueno para estar bajo el agua sin respirar. ¿Vos también, pez dorado?”. Sergio dice: “Los peces dorados somos los mejores para estar bajo el agua sin respirar”. Mi hijito le propone: “¿Vamos a apostar? Yo digo que yo voy a ganar y vos vas a perder”. Su primo contesta: “Yo sé que yo voy a ganar. ¿Me prometés que no te vas a enojar? Porque vos sos muy mal perdedor”. Sebastián protesta: “No soy mal perdedor. Yo soy muy buen ganador”. Mi hijito me mira y pregunta: “¿Querés ser árbitro? El pez dorado va a empezar y vos vas a contar, ¿está bien?”. Sergio hunde su cabeza en el agua. Y yo empiezo a contar. Sebastián me dice: “No tenés que contar demasiado rápido. Despacio nomás”. No reacciono para no perder el cómputo. Tras veinte segundos reaparece la cabeza de Sergito. Estornuda, el pobre. Luego se hunde mi hijito. Cuento: “…catorce, quince, dieciséis, diecisiete…” Emerge Sebastián, también estornudando. Me pregunta: “¿Cuánto?”. Contesto: “Ganó el pez dorado. El pez ángel azul aguantó sólo dieciocho segundos”. Mi hijito protesta: “No sos buen arbitro”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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