Santa Cruz de la Sierra

Papaya

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Por enésima vez en estos días de incertidumbre, le propongo a mi hijito Sebastián jugar en la piscina inflable, en el patio de la casa de mis suegros. Sebastián me mira sin entusiasmo y dice: “No, gracias. ¡Ya papá!”. Pregunto: “¿Qué querés decirme? ¿Por qué me decís ‘ya papá’?”. Mi hijito explica: “Me duele la garganta. Además, ya no quiero hacer siempre lo mismo”. Sugiero: “Entonces, ¿vamos a jugar con Lego? Podemos ir al atelier de la mamá. No hay nadie allí en estos días. Vamos a jugar con tu Lego allí. Me gusta la tranquilidad del atelier”. Otra vez, Sebastián dice: “No, gracias. ¡Ya papá!”. Comento: “Prefiero que no me digas ‘ya papá’, por favor. Me molesta”. Mi hijito observa: “Yo digo ‘ya papá’ por qué estoy aburrido. Quiero hacer otras cosas. Quiero ir al zoológico y al museo de historia natural”. Digo: “Sabés perfectamente que no podemos ir al zoológico ni al museo de historia natural, por el paro indefinido. Todo se detuvo”. Sebastián anuncia: “Okey, de ahora en adelante no te voy a decir ‘ya papá’ sino ‘papaya’. ¿Está bien?”. Contesto: “No sé si está bien. Depende. Explicame que querés decir con ‘papaya’”. Mi hijito cuenta: “En mis sueños todo sigue. No se detuvo nada. En mis sueños no hay paro indefinido. ¿Sabés que anoche soñé que mi amiga Sharid pudo organizar su fiesta de cumpleaños. Nos divertimos muchísimo en su fiesta”. Digo: “Ay, sí, pobre Sharid. Quería festejar su cumple ayer. Pero la situación política arruinó sus planes”. Sebastián exclama: “¡Papaya!”. Confieso: “Lo siento, hijo. No te entiendo. ¿Qué tiene la palabra ‘papaya’ que ver con la complicada situación política?”. Mi hijito contesta: “¿Sabés que en mi sueño le canté a Sharid la canción de cumpleaños más bella del mundo? ¿Sabés de qué canción estoy hablando?”. Adivino: “¿Acaso estás hablando del taquirari ese, o sea, del feliz cumpleaños a lo camba? Vamos a cantarlo ahora, en la realidad. Vamos, hijo, comienzo yo. ‘Hoy queremos que seas feliz y que brinque tu corazón…’”. Sebastián vuelve a exclamar: “¡Papaya!”. Repito no sin irritación: “Lo siento, hijo. No te entiendo”. Mi hijito explica: “No quiero cantar esa bellísima canción en la realidad. En mis sueños soy feliz. En la realidad ya no. Estoy súper aburrido. No quiero jugar en la piscina inflable. No quiero jugar con mi Lego. Y no quiero cantar”. Empiezo a entenderlo a mi pobre Sebastián. Le propongo: “Vamos a gritar juntos”. Sebastián inclina la cabeza. Los dos exclamamos a todo pulmón: “¡¡¡Papaya!!!”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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