Santa Cruz de la Sierra

¿Y los animales?

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“Papá, te cuento que sigue doliendo mi garganta”, dice mi hijito Sebastián. “Vamos a darte un poco de jarabe de menta”, le propongo. Sebastián comenta: “Es por el humo. Los incendios volvieron, creo. Pero no podemos controlarlo, porque no podemos ir al campo por el paro indefinido, ¿no es cierto, papá?”. Respondo: “Puede ser, hijo. Ya nadie habla de los incendios. Ahora hay otro tema que domina las conversaciones. Sin embargo, yo también creo que volvieron los incendios forestales. Efectivamente, se siente mucho humo en el aire”. Mi hijito dice: “Creo que el fuego se está acercando a la ciudad. La garganta me duele cada vez más”. Pregunto: “¿Tenés fiebre?”. Sebastián niega con la cabeza. Ahora dice: “¿Y los animales? ¿Cómo estarán los animales en el campo? Creo que ellos también están con dolor de la garganta”. Y repite: “Pero no podemos controlarlo, porque no podemos ir al campo”. Yo digo: “Vamos a la casa. Quiero controlar cómo están tus gatos”. En estos días de tensión, estamos en la casa de mis suegros, frente a la plazuela de La Barranca, no sólo para proteger esta espléndida casona cruceña de antaño sino también porque la lesión de mi pie me impide subir y bajar escaleras, y los dormitorios de nuestra casa se encuentran en el segundo piso. Así que cada dos días caminamos hasta la casa, en el condominio Siena, para averiguar si los gatos Blanqui, Rosita y Minnie están bien. Ahora bien, abro la puerta y constato junto a mi hijito Sebastián que el pavimento está lleno de vómito. Sebastián dice: “Es por el humo. Están vomitando por los incendios. Deben tener dolor de la garganta también, pobres gatos. ¿Qué vamos a hacer, papá? Tenemos que curarlos”. Suspiro: “Primero vamos a limpiar todo el piso”. Mi hijito observa: “Ahora Blanqui, Rosita y Minnie están con el estómago vacío, porque vomitaron mucho, ¿no es cierto, papá? Tenemos que darles de comer”. Suspiro: “Ay Dios”. Controlo cuánta comida especial para gatos persas les queda: poquísima. A lo sumo van a sobrevivir un día más. “Tenemos que comprar la comida especial para gatos persas. Pero todas las tiendas que la venden están cerradas”, le digo no sin desesperación a mi hijito quien, a su vez, dice: “Vamos a llamarla a la mamá. Ella lo puede solucionar, vos no”. Entonces, llamo a mi esposa Emmita. Ella me dice: “No te preocupes, Allart. Ya estoy de ida a la veterinaria. Díganles a Blanqui, Rosita y Minnie que tengan paciencia. Estoy caminando”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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