Santa Cruz de la Sierra

Caminar

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Mientras caminamos hacia el atelier de mi esposa Emma, mi hijito Sebastián dice: “Papá, antes no me gustaba caminar, pero ahora sí. Y a vos antes te gustaba caminar, pero ahora no. Qué raro, ¿no es cierto?”. Protesto: “Caminar siempre me ha gustado y sigue gustándome. El problema ahora es que siento mucho dolor cuando camino. Tuve que interrumpir las sesiones de fisioterapia. Cuando empezó el paro indefinido, me faltaban todavía dos semanas de terapia”. Sebastián mira mi pie vendado no sin escepticismo. Dice: “Antes me gustaban mucho los autos, pero ahora ya no”. Yo digo: “A mí los autos nunca me han gustado, sinceramente”. Mi hijito observa: “Es porque vos no sabés conducir, ¿no es cierto, papá?”. Nuevamente, protesto: “Yo sé conducir, pero no me gusta. No tengo buena vista, no veo la profundidad. Entonces, es mejor para mí y para los demás que yo no conduzca”. Sebastián comenta: “Ay, papá, tus pies no sirven y tus ojos tampoco”. Llegamos al atelier de mi esposa Emmita, conocido entre nosotros como la “casita”. Nos abre la puerta el urubicheño Dámaso Vaca, restaurador, músico y asistente de Emmita, quien, por cierto, vive por la zona del parque Los Mangales I, es decir, bien lejos de nuestro barrio El Trompillo. Sebastián le pregunta: “¿Cómo llegaste aquí a la casita, tío Dámaso? ¿Caminaste o hiciste trampa?”. El urubicheño contesta: “Yo jamás hago trampa”. Yo le digo: “Se ve que estás caminando mucho en estos días. Estás flaco”. Dámaso mira mi pie vendado y luego mi barriga. Menos mal que mi amigo guarayo tiene el buen gusto de no decirme que estoy gordo. Ahora le pregunto: “¿Por qué decidiste caminar hasta aquí? ¿Te estás aburriendo? ¿Ya te cansaste del paro indefinido?”. El urubicheño explica: “No, nada de eso. Lo que pasa es que estoy preocupado por ustedes, sobre todo por vos, Allart. Estuve leyendo tus últimas columnas y me dije: ‘Voy a controlar como está mi pobre amigo del primer mundo’. Vos, mi querido, no estás acostumbrado al sacrificio ni a las incomodidades. Sos un hijo del lujo”. Me defiendo: “Soy periodista. He visitado muchos lugares peligrosos”. Dámaso dice, lacónico: “No lo dudo. Pero lo decís vos mismo: estuviste en esos lugares como visitante, o sea, como observador externo. En cambio, ahora estás metido personalmente en el lío. Quiero decir, estás viviendo la situación como nosotros. Y no estás acostumbrado a eso”. Sebastián le dice: “Tío, a mí me gusta caminar y no soy hijo del lujo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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