Santa Cruz de la Sierra

Oración

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Mi hijito Sebastián me despierta temprano en la mañana. Una lluvia torrencial azota el viejo techo de la casona cruceña de antaño de mis suegros donde seguimos haciendo vivac. “¡Papá, mira! ¡¿Viste la lluvia?! ¡Está lloviendo súper fuerte!”, exclama Sebastián. Le digo: “Lo sé, hijo. La lluvia empezó anoche, a las doce menos cuarto más o menos, y no ha parado”. Mi hijito me mira con aire conspiratorio y dice: “Fui yo”. Le pregunto: “¿En qué sentido?”. Sebastián repite: “Fui yo”. Indago: “¿Me estás diciendo que vos causaste la lluvia?”. Mi hijito explica: “Los que causaron la lluvia fueron los angelitos. Y el niño que rezó para que lo hicieran, fui yo. Se lo pedí con una oración muy especial”. Confieso: “Yo no sé nada de orar”. Sebastián dice con aplomo: “Lo sé, porque nunca vas a la iglesia. No lo entiendo. La iglesia de San Gabriel queda muy cerca, pero  nunca vas”. Repito: “No sé nada de orar. Sin embargo, no me parece de buen gusto pedir algo específico a través de una oración. Es decir, ¿cómo podés pretender que el azaroso Universo de repente cambie de rumbo? Huele a arrogancia pedir que el andamiento de las cosas se interrumpa por un capricho tuyo”. Mi hijito comenta: “Yo pido siempre favores a los angelitos. Y menos mal que me escuchan”. Observo: “Los angelitos no tienen nada que ver con esta lluvia. Vos sabés perfectamente cómo se forma la lluvia. Lo hemos leído varias veces en tu enciclopedia. Sabemos que las nubes están hechas de pequeñas gotas de agua y cuando las nubes se enfrían esas gotas se caen, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Sí, papá, lo sé. Pero gracias a mi oración, los angelitos crearon un montón de nubes y luego se pusieron a soplar y soplar. Las nubes, entonces, sintieron frío y por eso cayeron las gotas de agua. Menos mal, en serio, porque la lluvia va a limpiar toda la ciudad. También va a limpiar mi colegio. Ayer olía muy feo en mi colegio, no sé por qué, pero ahora la lluvia va a solucionar todo”. Digo: “Tenemos que vestirte bien, mi hijito, con botas, impermeable y paraguas”. Mi hijito exulta: “¡Sí, papá, me encanta la lluvia! Anoche recé y recé y recé. Les pedí a los angelitos que nos mandaran muchísima agua, para los pobres animales en el campo, para las mascotas en las casas, para las aves en los árboles. Y también para nosotros, los seres humanos, los niños, los grandes, los abuelos. Para todos los bolivianos pedí agua. Necesitamos mojarnos todos, tomar agua, limpiarnos. ¿Lo podés creer? Fui yo”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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