Ficción y realidad

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Mi gran amigo, el cineasta Tony Peredo, me llama, diciendo no sin ironía: “Noté, querido Allart, que como cincuentón al fin te transformaste en un verdadero periodista. Tus artículos son cada vez más realistas. Es decir, me parece que abandonaste definitivamente la ficción, ¿no es cierto?”. Explico: “Bueno, no es una cosa definitiva, pero sí deliberada. Como sabés, escribí en la primera mitad de este año un largo relato por entregas. Después tomé una pequeña pausa. Cuando en agosto reemprendí la escritura de mis columnas para ‘La Estrella del Oriente’ decidí dejarme inspirar por la realidad cotidiana. Pero, sinceramente, la ironía de la suerte quiso que la realidad de los últimos tiempos superara a la ficción. Lo que nos está pasando aquí en Bolivia es como una gran novela literaria con acontecimientos que parecen frutos de la fantasía”. El cineasta coincide: “Es verdad. Parece la trama de un novelista con una imaginación infinita”. Confieso: “Ahora, después de cuatro meses de puro realismo, siento un cierto desgaste. Me gustaría volver a mis sólitas cosas ficticias”. Tony me pregunta: “¿Y el niño mágico? ¿Cómo está Sebastián? Sos un hombre muy afortunado. Tenés un hijo fantástico, muy inspirador, mejor que las famosas musas literarias de Dante, Petrarca y Leopardi. Contame, querido amigo, ¿en qué anda Sebastián últimamente?”. Digo: “Ay, el niño mágico tiene siempre algo nuevo. Me dice que yo hago todos los días lo mismo, mientras que él adora los cambios continuos”. El cineasta dice: “Sebastián tiene razón. Vos sos el tipo más rutinario que conozco. No cambiás nunca tus métodos. El contenido y la forma de tus artículos pueden cambiar, pero tu disciplina laboral y tus horarios mantienen el mismo nivel. Yo, en cambio, soy más desorganizado”. Comento: “Desde el caos suelen surgir obras artísticas más interesantes. Creo que fue Hemingway quien dijo que la disciplina no reemplaza el talento”. Tony repite su pregunta: “¿En qué anda Sebastián?”. Cuento: “Ahora le encanta a mi hijito imitar los sonidos y los silbidos de las aves. Nuestra vecina tiene un loro en su patio delantero. No sé qué tipo de loro es, no soy experto, pero Sebastián habla todos los días con él. El otro día el loro me sorprendió diciéndole a mi hijo: ‘Hola, buenas tardes, Sebas, ¿cómo te fue en el colegio?’. Sebastián juró que él no enseñó esta frase al loro. Me dijo: ‘Yo soy muy bueno para imitar a un ave, pero este loro no imita. Este loro sabe hablar como los seres humanos’.”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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