Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (23)

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Detrás del condominio Siena, a una cuadra de la grandiosa avenida La Barranca, se esconde una intrincada y fantasmagórica red de pequeños caminos que culminan en una larga y angosta calle sin salida. Sobre esa calle, que lleva el nombre del poeta cruceño Plácido Molina, se erigen varios hangares, entre ellos el de la expirada compañía Lloyd Aéreo Boliviano. Conocemos muy bien esa zona dormida y medio olvidada porque cuando nuestro hijito Sebastián era muy chico solíamos en la noche llevarlo por allí en su cochecito para que conciliara el sueño. Bueno, sigo teniendo fuertes dudas sobre la real eficacia de ese particular somnífero que inventamos mi esposa Emmita y yo en un momento bastante desesperado, pero puedo decir con seguridad que el amor de Sebastián por todo lo que significa la aviación nació durante aquellos oscuros y casi interminables paseos.
Ahora bien. Alrededor de la medianoche, caminando hacia la calle Plácido Molina con mi hijito Sebastián y mi mejor amigo, el brillante cineasta Tony Peredo, nos topamos, desafortunadamente, a la altura de la plazuela de La Barranca con el diligente sereno don Pedro Lero Tayo. El único que se entusiasma al verlo al irritante sabelotodo ese, resulta ser Sebastián. Mi inocente hijito le dice:
—Hola, tío Pedro. Estamos yendo al hangar donde está escondido el avión del bandido Hurtado. Quiero hacer más dibujos de él y también del hangar y del avión. Con mis dibujos voy a ayudarlo a mi tío Tony para que su película salga súper buena. Por fin estamos yendo. Y todo eso gracias a vos, tío, ¿te acordás? Vos nos contaste en mi nuevo colegio que el bandido Hurtado era también piloto. Ahora vamos a ver el avión. ¿Querés ir con nosotros? ¿Cómo se llama el avión? Lo olvidé.
—El avión era un Junkers F 13, mi niño bonito —dice el sereno—. Y tenés razón. Yo les conté en el “Adolfo Kolping” que Hurtado fue aviador. Sin embargo, ya se lo había dicho mucho antes a tu padre, por lo menos cinco años atrás. Tu pobre padre famoso, tacaño y olvidadizo. Pero, ¡ojo!, yo nunca he dicho que el Junkers F 13 se encuentra ahora en el hangar cerrado. Eso lo inventaste vos.
Sebastián se encoge de hombros, sonríe y le dice a don Pedro Lero Tayo no sin arrogancia:
—No lo inventé, tío. Yo lo sé porque lo soñé. Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Querés ir al hangar?
—Claro que voy a ir. Yo les puedo abrir la puerta del hangar —dice don Pedro. Continuará.

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