Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (24)

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Una enorme luna llena, color nieve, alumbra el hangar de la vieja compañía Lloyd Aéreo Boliviano. En esta luz peculiar, que parece ser luz de día, y en un silencio también muy peculiar, que parece ser silencio antes de la tempestad, el sereno don Pedro Lero Tayo busca abrir la puerta utilizando un manojo de llaves. Deben de ser por lo menos cien llaves, pero ninguna da acceso al hangar.

—¿Por qué no toca el timbre, don Pedro? —sugiere el cineasta Tony Peredo—. Nunca se sabe.

El tan terco como tenaz sereno lo mira con desprecio. No obstante, Tony opta por tocar el timbre, decisión acertada porque en un par de segundos oímos a una persona abrir la cerradura desde adentro. La puerta se abre y, para nuestro asombro, aparece el urubicheño Dámaso Vaca.

—Buenas noches, amigos, a sus órdenes —dice con una sonrisa tan radiante como la luna.

Mientras el sereno don Pedro Lero Tayo sigue mirando su manojo de llaves con un aire de derrota y hasta traición, yo pregunto a Dámaso Vaca cómo entró. El urubicheño nos cuenta:

—No pude dormir, probablemente por esta magnífica luna de nieve. Entonces, decidí dar una vuelta por el barrio. Me gusta cómo se transforma nuestro barrio en la noche. Y bueno, quería sobre todo ver esta zona de los hangares, porque es el único lugar que todavía no hemos visitado con Tony para su película “HURTADO”. Pasando por aquí vi, casualmente, a un perro callejero salir de la parte lateral de este almacén. Resultó que había una grieta bastante ancha en la madera, así que probé mi fortuna. Retuve el aliento y la barriga y… entré por milagro, no hay otra explicación.

—¿Y? —le digo—. ¿Valió la pena? Quiero decir, ¿qué hay aquí dentro? Mostranos todo, hombre.

La primera cosa que percibo en la tan vasta como incierta oscuridad del hangar es un terrible olor de combustible. Mientras mis ojos lentamente se van acostumbrando al tétrico ambiente, comienzo a ver, efectivamente, los contornos de una infinidad de barriles amontonados contra dos paredes. Mi hijito Sebastián agarra mi mano y lo oímos exclamar muy fuerte: “¡¿Hola, hola?! ¡¿Hay alguien aquí?! ¡¿Hola, hola?! ¡Guau! ¡Guau!”. Pienso: “Increíble, no es posible que busque siempre los ecos en los momentos más raros y más inadecuados”. El cineasta Tony Peredo dice:

—Esperen, todos. Veo algo allí al fondo, miren, cerca del portón trasero. Hay algo bajo una lona.

—Es el avión del bandido Hurtado. Se lo dije. Es el Junkers F 13 —anuncia mi hijito. Continuará.

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