Santa Cruz de la Sierra

Identidad colectiva (I)

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Estamos sentados en un banco de la plazuela de La Barranca, nuestro “Ágora”, digamos, donde a menudo nos congregamos. “Tengo que renovar el DNI, mi carnet argentino”, dice el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo y un hombre de múltiples orígenes (tiene sangre italiana, española, argentina, gitana, etc.). “¿Vale la pena hacerlo?”, quiere saber el urubicheño Dámaso Vaca. Tony dice: “Claro que sí. Yo amo a la Argentina, en serio”. Opino: “La renovación de la nacionalidad debería ser automática. La burocracia sólo debería registrar renuncias. Entonces, en tu caso por ejemplo, querido Tony, tendrías que ir a la Argentina para hacer los trámites necesarias si por algún motivo ya no quisieras ser argentino”. El cineasta dice, un poco alterado: “Pero yo quiero ser argentino. Voy a ir a Buenos Aires la próxima semana. Me hubiera gustado hacerlo en otro período porque estoy muy ocupado. Pero no importa, voy a ir sí o sí porque, repito, amo a la Argentina”. Dámaso Vaca, un hombre no de múltiples orígenes pero si de amplia cultura, me dice: “Justo ayer leí sobre un caso de seis holandeses que vivían en el extranjero, como vos, Allart. Bueno, la nota decía que esos seis ciudadanos de Holanda habían perdido su nacionalidad por no haber renovado a tiempo su pasaporte. Son bien estrictas las autoridades de tu país, ¿no es cierto?”. Digo, no sin hesitación: “Bueno, honestamente, no sé si Holanda sigue siendo mi país”. Tony comenta: “Ay, Allart, no me digas que vos también perdiste la nacionalidad holandesa por no haber renovado a tiempo tu pasaporte”. Explico: “No, creo que voy a tener que renovar mi pasaporte recién en unos cuatro años. Oficialmente, sigo siendo holandés. Sin embargo, la pregunta es: ¿puede alguien que desde hace casi treinta años vive fuera de Holanda todavía considerarse ciudadano holandés? ¿Qué sé yo realmente de la Holanda actual?”. Dámaso observa: “Yo no vivo en Urubichá desde hace casi dos décadas. Pero esto no quiere decir que ya no me puedo identificar con mi pueblo”. Tony Peredo se ríe y le pregunta al urubicheño: “¿Qué hacés? Realmente, ¿estás comparando tu pueblo, donde nunca cambia nada, con uno de los países más desarrollados y más dinámicos del mundo?”. Ahora Dámaso se ríe también. Me mira y dice: “Sospecho que los urubicheños somos más felices que ustedes”. Yo lo miro y digo: “No te preocupes. No me ofendés. No sé nada de los holandeses actuales. Tal vez sean felices, tal vez no. Mis padres, que siguen viviendo en Holanda, por lo menos no son infelices, creo. Y mis dos hermanas tampoco”. Seguirá.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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