Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (35)

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Nos sentamos cerca de la escultura en madera del “Justo Juez” y mi esposa Emmita vuelve a decir que lo que nos dijo el cura es verdad. Es decir, cuando el cura vino en la mañana para mostrarle el pañuelo mugriento, medio quemado y bordado con la letra “H” ella enseguida lo reconoció.
—Vamos, Allart —dice—. A mí no me podés engañar. Es una broma tuya para crear un poco de acción en la trama de tu novela literaria, que por ahora, sinceramente, es una historia bastante lenta y confusa. El pañuelo es tuyo, no de Hurtado. Te lo regaló mi padre hace varios años. Tenía las iniciales “A.H.N.” de Allart Hoekzema Nieboer, pero las letras “A” y “N” ya no se ven, porque le diste fuego al pañuelo. Me acuerdo de que ayer lo lavé y luego te lo di. Y me acuerdo de otra cosa. Cuando mi papá te regaló el pañuelo te dijo que era “para esconder la papada”. Nos reímos tanto.
También ahora nuestro hijito Sebastián y mis amigos Dámaso Vaca y Tony Peredo están riendo.
—Para tapar semejante papada se necesita una sábana —dice el pérfido cineasta y yo digo:
—Bueno, ustedes pueden burlarse de mi notable sotabarba, pero la verdad es que se trata de una cosa hereditaria que me enorgullece. Es un atributo noble, una característica esencial de mi familia. Y les voy a decir otra verdad. Ese pañuelo que alguien regaló a la iglesia de “San Gabriel” no es mío. Probablemente, todo este asunto sea una broma. Pero la broma no la inventé yo.
Veo que mi esposa no me cree. Menos mal que Sebastián por lo menos confirma mi versión de los hechos diciendo literalmente que su papá “es un aguafiestas incapaz de inventar bromas”.
—De acuerdo —dice el urubicheño Dámaso Vaca—. Cuando nuestro colega, el parroquiano ese, haya hecho la vitrinita para el pañuelo podremos averiguar su proveniencia. Tenemos que esperar.
Decido quedarme en el atelier con Emmita, Sebastián y mis dos amigos. Preparamos el almuerzo, comemos y luego cada uno se dedica a su propia actividad: Emmita sigue con la restauración de la escultura del “Justo Juez”, Dámaso la ayuda, yo escribo la columna para “La Estrella del Oriente”, Tony revisa todas las grabaciones que ha hecho hasta ahora y Sebastián hace un nuevo dibujo. Cuando termino mi artículo, voy a espiar el trabajo de nuestro hijito. Otra vez el resultado es asombroso. La flamante obra maestra de Sebastián representa el hangar de Lloyd Aéreo Boliviano en llamas, con una persona adentro y cuatro personas afuera escapando. Continuará.

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