Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (37)

Pienso en el pañuelo y en la estilográfica que supuestamente pertenecían al bandolero Hurtado.
   —¿Usted cree que se trata de reliquias auténticas? —le pregunto por teléfono a mi suegro.
   —Las reliquias a menudo son apócrifas —dice el sabio don Hugo Sosa—. Pero eso no tiene importancia. Lo que cuenta realmente es el valor simbólico. El mismo Hurtado, el famoso bandido al que mi padre ha conocido en persona, era sobre todo un símbolo. A lo mejor podemos decir que Santa Cruz de la Sierra en aquella época necesitaba a un bandido bueno y de alguna manera se lo inventó. Es decir, el personaje existía pero muchas características y acciones que la gente le atribuía en realidad eran fábulas. Este elemento tenés que captarlo bien en tu novela literaria.
   Le cuento a don Hugo que Sebastián cree que Hurtado en alguna forma misteriosa sigue vivo.
   —Lo sé. Leo todos los días tu columna —comenta mi suegro—. ¿Puedo hablar con mi nieto?
   —Está en el colegio —le digo—. Seguramente está dibujando. Es la única cosa que hace allí.
   —Sabés, Allart, tal vez haya una cosa más que te tengo que decir —observa don Hugo no sin hesitación—. He escuchado decir a gente que sabe mucho más sobre este asunto que yo, que una buena novela literaria requiere de tres elementos clave. Es decir, primero el mar, luego el amor y por último la muerte. Bueno, aquí no tenemos mar, entonces lógicamente no puede aparecer el mar en tu novela. Pero en cuanto al amor no tenés excusas. Tarde o temprano se debe desarrollar alguna aventura amorosa en la trama como para satisfacer los exigentes gustos de los lectores de “La Estrella del Oriente”. En este sentido, tu libro por ahora deja muchísimo que desear. No hay rastro de amor. De acuerdo, hiciste en una de tus columnas una descripción bastante atractiva de la psicopedagoga del colegio de Sebastián y hablaste varias veces de una cierta señorita bilingüe.
   —No pronuncie el nombre de ella —digo—. No sé por qué, pero me provoca una náusea terrible.
   —Ni siquiera recuerdo su nombre —dice mi suegro—. Lo que te quiero decir es que tu novela sobre un bandolero romántico no tiene nada de romántico. No es un defecto menor, me temo.
   Le recuerdo al tan paciente como refinado don Hugo que ya escribí dos novelas literarias repletas de referencias románticas que no le gustaron a nadie, ni a su hija (y esposa mía) Emmita.
   —No las leí. Menos mal. Emmita las halló realmente pésimas —dice mi suegro. Continuará.

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