Santa Cruz de la Sierra

Aturdimiento

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Mientras el virus está allí afuera a la espera de un paso falso nuestro, el aburrimiento va ocupando vastos espacios en nuestra casa. Mi hijito Sebastián me mira con ojos suplicantes y dice: “¿Sabés que los animales del zoológico me están extrañando mucho?”. Le digo: “Ay, hijo, sé que te morís por salir de la casa. Pero todo está cerrado y tenemos que respetar la cuarentena, por la salud nuestra y por la de los demás”. Sebastián insiste: “Pero ¿qué podemos hacer aquí adentro? Ya hice treinta dibujos, armé una ciudad con mis legos y leí todos mis libros. Esta casa ya no tiene nada de divertido”. No sé qué responderle a mi pobre hijito aburrido. Menos mal que me llama mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me dice en tono sorpresivamente alegre: “Hola, Allart, ¿ya te liberaste del aturdimiento que nos tenía entrampados como zombis durante tanto tiempo?”. Confieso: “No sé a qué te referís. Nunca me he sentido como un zombi. Nosotros aquí estamos en otra onda. Sebastián acaba de recordarme de los animales del zoológico. Antes solíamos visitarlos por lo menos tres veces por semana. La cuarentena arruinó nuestra rutina. Es una lástima no sólo para nosotros sino también para los mismos animales. Sebastián los adora”. Tony dice sin matices: “Rutina y aturdimiento son sinónimos. Estás hablando como un zombi”. Le advierto: “Si seguís insultándome voy a colgar. Pensé que tu llamada iba a ser una buena distracción en medio de un tedio cada vez más pesado. Parece que me equivoqué. Por ahora siento sólo molestia al escucharte”. El cineasta insiste: “Hablás como un zombi que se molesta rutinariamente. ¿No lo ves? Estoy tratando de despertarte. ¿No te das cuenta? La cuarentena nos está brindando una gran oportunidad para reinventarnos. Podemos, por fin, deshacernos de la rutina que nos aturde desde hace demasiado tiempo”. Comento: “El tuyo es un clásico discurso para los ricos. Hablás bonito como si la cuarentena fuera un regalo del cielo. Hablás de transformaciones desde una posición privilegiada con tu casa llena de comida. Mientras tanto, la gente normal está con miedo y sin comida”. Tony dice, no sin desprecio: “Estás aún peor de lo que pensé. Hablás como un zombi con envidia. Un zombi indoctrinado. No hay aturdimiento más fuerte que la anestesia ideológica”. Mi hijito Sebastián, en tanto, agarra mi brazo y dice: “Papá, colgá. Tengo una idea buenísima. Ya sé cómo podemos divertirnos aquí en la casa. No lo digas al tío Tony. Es un secreto”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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