Santa Cruz de la Sierra

La grieta

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El urubicheño Dámaso Vaca, quien no sólo es un gran restaurador y un excelso violoncelista sino también un hombre sabio provisto de una profunda espiritualidad, me llama por la noche. Le digo: “Hay algo en la casa que me tiene muy preocupado. Esta mañana descubrí una grieta en una de las paredes del salón de la planta baja. A lo mejor la sequía la ha abierto. Es enorme”. Dámaso me dice: “Ten cuidado. Las grietas son malos augurios en la cultura guaraya. Tenemos historias acerca de una bruja que se esconde en una grieta. Son relatos para asustar a los niños. Pero también existe una leyenda, llamada ‘Oyeka Va’e’, según la cual la grieta tiene el poder de convertir los malos sueños en realidad”. Comento: “¡Qué ridiculez! En serio, ¿qué tiene que ver una grieta con la brujería?”. El urubicheño rebate: “Ustedes son peores. En Holanda se ha siempre asociado a los gatos negros con la brujería, ¿no es cierto? Pobres animalitos”. Me despido de mi amigo y me voy a acostar. Empiezo a soñar. Me veo caminando por el salón en la más negra oscuridad. Oigo música de violoncelo proveniente de la grieta. La música es maravillosa; casi me hace bailar a pesar de mi notoria torpeza. Llegado a la siniestra grieta en la pared, trato de mirar adentro. No veo absolutamente nada. Pongo mi brazo derecho en la grieta y constato que hay un espacio donde podría caber un gato. En este mismo momento Minnie, nuestra gata negra, salta en mi hombro izquierdo. Me susurra al oído: “Tenga cuidado. Mañana, mi amo, su hijito Sebastián me va a esconder en esa grieta. Voy a sufrir mucho, porque soy una gata claustrofóbica. ¿Me puede proteger? ¿Puede evitar mi sufrimiento? Le ruego, mi amo”. Le  prometo a la gata: “Te voy a ayudar, Minnie, no te preocupes. Sebastián no conoce todavía esa grieta. Y te garantizo que no te va a molestar. No te va a pasar absolutamente nada mañana”. Al día siguiente, distraigo a mi hijito con todo tipo de juegos durante horas y horas. Nunca nos acercamos a la siniestra grieta. En la noche, Sebastián se acuesta exhausto. Decido controlar la grieta por si acaso. No oigo música de violoncelo sino sonidos de gato. Saco de la grieta a la pobre Minnie. La gata corre inmediatamente hacia la habitación de mi hijito. Está enojadísima y con unos irritantes maullidos agudos logra despertar a Sebastián. Mi hijito la mira y luego la acaricia, diciendo: “Ay, Minnie, lo siento mucho. Tenés que perdonarme. Soñé que te había escondido en una terrible grieta”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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