Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (39)

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De manera más minuciosa posible, pese a la precaria condición de mi cabeza, repaso en mi mente la conversación telefónica que tuve con mi suegro don Hugo Sosa antes de que éste viajara al país de los gringos. No me agradó para nada su último comentario sobre la calidad de mi memoria. Y aún menos me gustaron sus observaciones acerca de una presunta presencia predominante de la muerte en mi libro. En serio, sus palabras me dejaron un sabor amargo en la boca. Casi casi diría que se trata de un sabor a muerte, pero quiero evitar esa expresión porque, si no, seguramente mi suegro, cuando vuelva, me va a decir que él tenía la razón y que mi novela por entregas es asaz morbosa. Menos mal que otra llamada, que justamente recibo ahora, me saca de mi estado de depresión. De repente escucho una dulce melodía de campanillas delicadas. La encantadora psicopedagoga del sobrio pero profundo colegio “Adolfo Kolping” me pide pasar un poco antes del timbre de mediodía porque quiere hablar conmigo, así dice, lo juro, del “ciclo de la vida”.
Llego al colegio y la primera cosa que noto es que el gran patio central experimentó una enorme metamorfosis. Ahora se parece al patio de la guardería “Pasitos”. Alguien trajo una infinidad de jaulas llenas de loros, parabas y tucanes. Sé quién fue este alguien y la psicopedagoga lo confirma.
—Su mejor amigo es aún mejor de lo que me imaginé —dice no sin excitación—. Y, sobre todo, es aún más churro. Estuvo grabando aquí toda la mañana junto a su equipo. Gracias. La pasamos súper bien, charlando y bailando. Un señor de Urubichá tocó chovenas. Mil gracias, don Allart.
—No me dé las gracias a mí. Fue una iniciativa propia de Tony Peredo. Yo no sabía nada —digo y enseguida cambio de tema—. Pero no estoy aquí para comentar las gestas ajenas. Usted me llamó diciendo que quería hablar conmigo del ciclo de la vida. Eso me produjo mucha curiosidad.
Resulta ser que la psicopedagoga, efectivamente, quiere hablar del ciclo vital, pero no del ciclo de los seres humanos sino de las mariposas. Ya sin ninguna curiosidad de parte mía la oigo decir que mi hijito Sebastián en clase de “Religión y Valores” tuvo que dibujar una oruga y una crisálida.
—No veo el nexo entre una mariposa y la religión —digo—. Pero, ¿mi hijo hizo los dibujos?
—Sí, los hizo. Sin embargo, le explicó a la profesora que no eran una crisálida y una oruga sino una momia y una serpiente —dice la psicopedagoga del “Kolping”. Continuará.

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