Santa Cruz de la Sierra

El incendio (IV)

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Al día siguiente me dirigí junto a mi hijito Sebastián hacia la biblioteca de la Estación Argentina. El cielo estaba cargado de cenizas por los habituales focos de quema alrededor de la ciudad. A causa de la pésima vista nos perdimos. A la altura del mercadito de la Estación Argentina pregunté a un transeúnte cómo llegar a la biblioteca. El transeúnte contestó: “No es fácil. La biblioteca se encuentra en el barrrio real de Bruquión.” Esa extraña respuesta solo aumentó mi confusión. Otro transeúnte hasta empeoró mi estado mental al decir: “Es medio complicado. La biblioteca queda en el barrio noble del Nicchio.” Justo cuando yo estaba por rendirme, Sebastián empezó a gritar: “¡Papá! ¡Papá! No te rindas. ¡Allí están los juegos de lenguaje!” Divisamos los contornos de la biblioteca, el último reducto de la ciencia, la historia y la literatura de nuestra civilización.
El interior a primera vista me decepcionó harto. Vi unos anaqueles con libros costumbristas y en una habitación estaba expuesta la historia del folclore del Cono Sur bajo el título “Del tango al taquirari”. Sebastián, mientras tanto, había encontrado más allá de ese espacio poco cosmopolita una escalera de caracol que llevaba a un mágico depósito subterráneo: la verdadera biblioteca de la Estación Argentina. Era una amalgama misteriosa, una mezcla de estilos que en algunos detalles me recordaban a la antigua biblioteca de la facultad de filosofía y letras de Siena, prácticamente el hogar de mi juventud. En una estantería reconocí los tres volúmenes de la ‘Historia del Mundo’ del místico sacerdote babilónico Beroso. Y al lado estaban depositadas al menos cien obras del dramaturgo Sófocles. Detrás de esos estantes mi hijito Sebastián abrió una puerta que nos introdujo a un fantástico jardín.
Sobre el césped estaban jugando a las bochas dos astrónomos, uno con la visión geocéntrica y el otro con la visión heliocéntrica. Discutían con fervor. Parecía la famosa pelea borgiana de dos calvos por un peine. “Papá, quiero jugar a las bochas con ellos”, dijo Sebastián. “No me parece una buena idea. Están jugando feamente, esos señores. Quiero enseñarte cosas más interesantes. Estamos en una biblioteca”, dije yo. “Déjelo jugar. Lo único que debería enseñarse a los jóvenes es que no hay nada o casi nada que esperar de la vida”, dijo de pronto un hombre en una gabardina con la melena desordenada. “No soy joven. Soy nuevo”, contestó Sebastián. Continuará

Visto 299 veces Modificado por última vez en Jueves, 07 Septiembre 2017 00:05

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