Santa Cruz de la Sierra

El incendio (V)

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“Disculpe. ¿Lo conozco?” le pregunté al misterioso hombre envuelto en la gabardina, quien me contestó: “Ser conocido es una desgracia.” Le expliqué: “Mi hijito y yo estamos aquí por la sugerencia de un querido amigo mío.” El hombre dijo: “Un amigo es el peor ejemplo del que podemos aprender, pero tenemos que conservarlos.” Seguí explicando: “Mi amigo se llama Tony Peredo, un gran admirador de esta biblioteca.” El hombre comentó: “El pluripremiado cineasta. Es imposible no conocerlo.” Sacó un estetoscopio del bolsillo de su gabardina y se puso a escuchar atentamente el latido o, mejor dicho, la voz de mi corazón. “Evidentemente, usted nunca ha conquistado el aplauso de la multitud”, constató. Reconocí: “Tengo muy pocos lectores.” Luego el hombre dijo: “Muy bien. No le voy a revelar mi nombre, porque siempre he querido ser otro. Pero aquí todos me llaman por mi título. Soy el prostates, el director de la biblioteca.”
Una mujer felliniana con labios carnosos se nos acercó. Le gritó al prostates: “¡Ajá! ¡Aquí está el falso!” El director de la biblioteca de la Estación Argentina me susurró al oído: “La belleza es momentánea en la mente, el calco discontinuo de un portal. Pero en la carne es inmortal.” Sabía que la cita era de Wallace Stevens, pero por motivos de buen gusto (¡estábamos en el más asombroso centro de investigación y aprendizaje del mundo!) no quise jactarme de mis lecturas. Solo dije: “El poema es la felicidad del lenguaje.” La mujer felliniana se posicionó frente al prostates con aire desafiante. “¡Becchina! ¡Amor!” le suplicó el prostates. “¿Qué quieres? ¡Mentiroso! ¡Traidor!” exclamó la tan bonita como insolente Becchina.
Decidí apartarme. No quise que mi hijito Sebastián escuchara semejante conversación desbocada. Dejamos el fantástico jardín para entrar a una habitación con un cartel que rezaba: “La Vida Ética”. Justo cuando nos sentamos (Sebastián para dibujar algo y yo para escribir algo) entró el prostates, sin aliento. Se disculpó: “Sé que esa escena estuvo fuera de lugar.” Yo suspiré: “Estamos todos fuera de lugar, me temo.” El prostates dijo: “No se rinda.” Mi hijito repitió: “No te rindas, papá.”
Así que empecé a escribir, traduciendo una larga plegaria interna. Escribí durante horas y horas, hasta que la biblioteca se incendió. Se llegaron a quemar cuarenta mil libros. “Quadraginta milia librorum Alexandriae arserunt.” Mi hijito me abrazó. Me sentí absolutamente protegido.

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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