Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (46)

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El cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo desde mis primeros días en el imparangonable barrio El Trompillo, me mira con aire ofendido indicando su cámara de cine que sigue teniendo en la mano.

   —Yo juego limpio. Estoy grabando todo, así que no puede haber manipulación alguna de parte mía —comenta—. Si querés, Allart, vamos a revisar todo lo que grabé dentro de la sala de terapia intensiva. Te juro que el pañuelo pertenece al paciente con las terribles quemaduras en todo el cuerpo. Yo no hice ningún truco. Leo en tu cara que estás convencido de que el pañuelo es tuyo. Ahora mismo estás pensando que yo de alguna manera lo planté en la escena. Pero vos también sabés que la lógica nos dice que estamos hablando de dos pañuelos diferentes, a no ser que…

   —A no ser que el paciente y Allart sean la misma persona —complementa el urubicheño Dámaso Vaca con una gran sonrisa—. Pero esa posibilidad la podemos excluir, creo, ¿estamos de acuerdo?

   —Además —agrega el cineasta no sin vacilación—, ¿cómo podés acusarnos de manipulación cuando vos mismo sos la persona que está escribiendo esta historia? El autor sos vos, no nosotros.

   Para mi sorpresa, mi esposa Emmita me mira con comprensión. Inclusive, me hace un cumplido.

   —Tony tiene razón en el sentido de que no podés echarle la culpa a nadie si las cosas no andan cómo querés vos. La historia es tuya y debo decir que no está tan mala —dice sonriendo—. Casi casi diría que el libro por ahora no parece una obra tuya. No es cursi y es bastante divertido.

   Nuestro hijo Sebastián, quien estaba jugando en la casa, ahora entra al patio vestido de vaquero.

   —Hay una cosa rara —le dice a su mamá—. Busqué el pañuelo de papá por todos lados y no lo encontré. El pañuelo del paciente y el pañuelo de la iglesia no son dos pañuelos diferentes, creo.

   No quiero pensar en las implicaciones lógicas de lo que ha dicho Sebastián. En cambio, observo:

   —Lo que estoy escribiendo ahora no tiene nada que ver con mis primeras dos novelas literarias. Estoy de acuerdo con vos, Emmita. Esta historia no parece obra mía. Y te digo aún más. A menudo tengo la sensación de que alguien, realmente, me está dirigiendo. El verdadero autor no soy yo.

   Miro desde nuestro pequeño patio trasero hacia la luna llena, cuyo color tan pálido y temblante comienza a cansarme. Como nunca antes anhelo el consuelo y la paz de los sueños. Continuará.

 

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