Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (47)

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Hoy me despierto con la determinación de hacer las cosas solo, es decir, sin la presencia o, mejor dicho, sin la interferencia de mis amigos. Saludo a mi esposa Emmita quien, como todos los días, va a ir a su atelier para seguir trabajando en la restauración de la escultura en madera del “Justo Juez”. Dejo a nuestro hijito en el colegio “Adolfo Kolping”, donde seguramente va a dibujar otras escenas desconcertantes para la película “HURTADO”. Paso por el mercadito El Trompillo para comprar “La Estrella del Oriente” y controlar no sin vanidad cómo salió mi columna en la página 2. Luego, en lugar de ir a nuestra casa y escribir mi nueva columna, decido volver a la clínica, esta vez no bajo una enigmática luz lunar sino en la plena claridad de una mañana soleada. Llegado a la calle Zoilo Flores, veo la movilidad del taxista don Braulio Robles estacionada frente al ingreso de la clínica. Veo también que don Braulio está dentro del auto, sin duda esperando a que salga la misma enfermera de ayer tras el enésimo turno nocturno. El taxista toca su bocina, pero no quiero detenerme para saludarlo. Quiero entrar enseguida a la clínica y buscar, justamente, a esa misma enfermera de ayer. Menos mal que la encuentro fácilmente, en el piso de la unidad de terapia intensiva. Y menos mal que su aspecto físico no ha cambiado. La mujer sigue siendo estupenda.
   —Señor Hoekzema Nieboer, ¿vino solo? —dice no sin decepción—. ¿Dónde está Tony Peredo?
   —Tengo que averiguar una cosa importante —le explico—. Prefiero hacerlo solo, sin molestias.
   —Hablando de molestias, ¿acaso ese  viejo verde de don Braulio sigue esperándome afuera?
   Le digo que sí y ella me dice que se va a escapar por la puerta trasera, porque el taxista es un hombre demasiado intruso e insistente para sus gustos. Obviamente, no puedo sino darle razón.
   —Pero permítame verificar una cosa — le repito—. Quiero solucionar el misterio del pañuelo quemado con el que mi gran amigo Tony salió de la sala de terapia intensiva ayer. ¿De quién era?
   —No conocemos la identidad del paciente —dice la enfermera—. Lo ingresaron casi denudo, en condiciones penosas, pobre hombre. No llevaba documentos. Lo poco que tenía consigo estaba en una mochila. Saqué una cosa de esa mochila, porque ¿quién puede decirle que no a Tony Peredo?
   —Usted, entonces, sacó el pañuelo. ¿Y que más había? —pregunto—. ¿Me muestra la mochila?
   —No —dice la enfermera tan estupenda como inflexible. Continuará.

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