Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (53)

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Ahora bien. Lo curioso es que tras hablar con mi suegra me llama mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me dice exactamente lo mismo. Se hartó porque estoy dando demasiadas vueltas. A su parecer, ya hemos perdido mucho tiempo. Y los días “baldíos” o “vacíos” que decidí tomarme, siguiendo los consejos de mi esposa Emmita y del urubicheño Dámaso Vaca, no alcanzaron como para compensar el enorme retraso que ya sufrió el proyecto de la gran película épica “HURTADO”.
   —En serio, Allart, tenemos que movernos urgentemente —dice el cineasta—. Por respeto hacia vos, que sos el autor, no he vuelto a tocar la mochila del paciente con las terribles quemaduras en todo el cuerpo. Pero la enfermera de la clínica no para de preguntar cuándo volveremos a visitarla.
   —¿Sabías vos que ella y la psicopedagoga del colegio de Sebastián son primas? —le pregunto.
   —Por supuesto —dice Tony—. ¿Te acordás de mi éxito “Criseida y Briseida”? Me inspiré en tu bellísimo poema sobre las famosas musas griegas. Ahora vamos a hacer lo mismo con el bandolero Hurtado. Ya te dije que la idea del proyecto me vino leyendo otro poema tuyo, es decir, “Supremo héroe”, la fantástica balada del pistolero vengador quien en un par de segundos logra llenarlos de plomo a cinco malvados. Pero, te repito, Allart, tenés que moverte. Vamos a la clínica, de una vez.
   Bajo un cielo plomizo, caminamos con mi hijito Sebastián hacia la tan renombrada como discreta clínica El Trompillo. Más o menos a mitad de camino nos topamos con el taxista don Braulio Robles, quien ofrece llevarnos a nuestro destino ya que en cualquier momento empieza a llover.
   —Pero, ¿por qué no me llamaron? ¿No recuerdan que volví a ser su chofer privado? No me hagan sentir como un inútil —lo oímos renegar mientras nos sentamos en los asientos traseros.
   —Nos gusta caminar —digo—. Además, cuando salimos de nuestra casa, el cielo estaba limpio.
   —De todos  modos, no sé si vale la pena ir a la clínica. El paciente no habla. Sigue en coma.
   Resulta ser que don Braulio tiene razón a mitad: el pobre paciente con las terribles quemaduras en todo el cuerpo sigue en coma inducido, pero no es cierto que no valga la pena visitarlo. Tan pronto como llegamos al piso de la terapia intensiva, el cineasta le pide a la enfermera estupenda que baje la mochila del segundo piso. Mientras afuera está diluviando, tengo la nítida sensación de que la historia va a tomar un nuevo giro. Continuará.

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