Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (54)

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Oímos una serie de truenos, un tiroteo entre los dioses. La enfermera, en tanto, abre la mochila.

   —Esperá —dice mi hijito Sebastián—, falta mi tío Dámaso. Todo el equipo tiene que estar aquí.

   El cineasta Tony Peredo llama al taxista don Braulio Robles para que recoja al urubicheño, quien seguramente está trabajando en la complicadísima restauración de la escultura del “Justo Juez”, en el atelier de la calle Nataniel Aguirre. Al cabo de ni siquiera cinco minutos los vemos a los dos entrar corriendo al primer piso de la célebre clínica El Trompillo, donde estamos sentados enfrente de la puerta de la terapia intensiva. La enfermera estupenda mira al taxista para luego susurrarle algo al oído del cineasta. Me imagino que está diciendo: “¿Qué rayos hace aquí ese viejo verde?”. El cuerudo don Braulio debe intuir lo mismo, porque le dice a la mujer no sin aire desafiante que él, prácticamente, es mi Sancho Panza y que de ahora en adelante me seguirá como una sombra.

   —Bueno, lo que sea —dice la enfermera secamente—. Entonces, al fin estamos todos, ¿verdad?

   —Falta mi mamá —dice Sebastián—. Pero ella sabe que lo vamos a cuidar muy bien a mi papá.

   —Así es, mi niño mágico —dice Tony, quien ahora me mira fijo, preguntándome si quiero un vaso de agua “por si acaso”, lo que me hace sospechar que él ya sabe lo que está por ocurrir.

   Oímos otra salva de truenos, mientras la enfermera le pasa la mochila chamuscada al cineasta.

   —Ayudame, mi niño mágico —le dice Tony a mi hijito—. Somos un equipo. Lo haremos juntos.

   Sebastián pone su mano en la mochila del misterioso paciente. Primero, vuelve a aparecer el clarinete. Luego mi hijito saca algo que no sé qué es porque está envuelto en una sábana, pero ya comienzo a sentirme mal. Mi lengua nuevamente se hincha y mi paladar está más seco que nunca. No necesito un vaso sino un barril de agua. El cineasta Tony Peredo y el urubicheño Dámaso Vaca ayudan a Sebastián a desenvolver el objeto, tras lo cual el taxista don Braulio Robles exclama:

   —¡Increíble! ¡Lo encontramos! Ya no puede seguir reprochándome, don Allart. ¡Es su cuaderno!

  —¡Sí, papá, mirá! —exulta mi hijito Sebastián—. Por fin apareció. Lo reconozco. ¡Es tu cuaderno!

  Me siento malísimo. Todo se me está borrando ante mis ojos. No puedo ver, ni puedo hablar, pero sí puedo pensar todavía. Y lo que pienso es: “No es posible que mi hijito reconozca el cuaderno, ya que cuando lo perdí él tenía apenas un año de edad”. Continuará.

 

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