Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (57)

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Me acuesto exhausto y duermo largas horas en el vacío total, sin interrupciones ni sueños. Cuando me despierto, me siento como nuevo. Al dejar a mi hijito Sebastián en el colegio “Adolfo Kolping”, sobre la apacible avenida Monseñor Andrés Avelino Costas, veo al sereno don Pedro Lero Tayo hablar amenamente con la afable psicopedagoga en el patio central. Normalmente, no me inspira charlar con el petulante sereno. Sin embargo, esta vez decido esperar a que salga del colegio ya que, para mi asombro, acabo de oírla a ella llamarlo “tío”. Pienso: “No hay nada más inescrutable que la consanguinidad”. Cuando don Pedro, al fin, deja el patio y llega al portón me doy cuenta de que el hombre sabe leer los pensamientos ajenos. Me sonríe, encogiéndose de hombros, y dice:
   —Sinceramente, yo tampoco entiendo cómo es posible que semejante belleza sea sobrina mía.
   —Y hay otra belleza, muy parecida a ella, que también le dice “tío”, ¿no es cierto? —comento.
   —Sí, son las dos maravillas de nuestra familia —dice el sereno no sin orgullo—. Y entiendo, por lo que escribió en sus columnas de “La Estrella del Oriente”, que usted no sólo las conoce a ambas sino que las admira también. O, por lo menos, digamos que no lo dejan indiferente, ¿verdad?
   —No creo que sea una admiración recíproca —digo—. A lo mejor no le caigo tan mal a la psicopedagoga, pero la enfermera estupenda de la clínica no me quiere. Lo veo en sus miradas
   —Se equivoca, don Allart. Yo le expliqué a ella lo famoso que es usted en nuestro periodismo local —dice don Pedro, y no estoy seguro si está hablando en serio o si me está tomando el pelo.
   Justo cuando decido despedirme de don Pedro para evitar que la conversación empeore, él me agarra brevemente del brazo en un extraño gesto de complicidad. Ahora me dice en voz baja:
   —Tranquilo, don Allart, yo sé por qué usted sigue hablando de mis dos hermosas sobrinas de manera tan libidinosa. Sé que ellas le sirven como para crear en su novela una sugestiva similitud con las dos primas con las que el bandolero Hurtado llevaba una especie de triángulo amoroso. ¿Acaso no se acuerda que yo ya le conté hace más de cinco años cómo el bandido las conoció a esas dos vertiginosas criaturas? Mi mamá me contó la historia más de una vez. Y cuando yo se la conté a usted, don Allart, estaba contentísimo y me agradeció. Lo anotó todito en su cuaderno.
   —¿Me puede repetir la historia, don Pedro? Es que no la recuerdo —reconozco. Continuará.

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