Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (58)

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Sinceramente, a menudo me cuesta aguantarlo al sereno don Pedro Lero Tayo. Además de ser un cargoso sabelotodo, lo hallo muy vanidoso, testarudo y entrometido o, como se suele decir aquí, “metiche”. Sin embargo, no puedo negar que sea un buen narrador, seguramente mejor que yo aunque esta verdad no la voy a reconocer jamás en público. De todas maneras, ahora que el sereno va a contarme la historia del primer encuentro entre el bandolero Hurtado y las dos magníficas primas, sé que vale la pena prestar la máxima atención. Por eso voy a anotar todo lo que don Pedro me está por decir. Sus primeras frases son: “El bandolero Hurtado tenía fama de implacable vengador de los necesitados. La rara paradoja era que el hombre era protegido por los desprotegidos. Y Hurtado se mostraba agradecido y generoso con ellos. Compartía siempre sus botines aplicando la misma fórmula, es decir, cuatro quintos eran para sus amigos pobres y él se quedaba con un quinto. Así que cuando logró robarle al notorio usurero Lorgio Alpire, accionista de una poderosa compañía aurífera, la suma de dos mil pesos, el temerario bandido sabía que su ganancia personal serían cuatrocientos pesos. Al final, se quedó efectivamente con ese monto, pero lo consiguió a través de unas movidas muy astutas y sorpresivas que lo dejarían al usurero Alpire con un profundo rencor hacia él, un rencor de por vida. El usurero juró eterna venganza”.

   Ahora puedo saltar varios detalles y fijarme primero en lo que pasó cuando Hurtado, tras el exitoso atraco, llegó a una modesta casita de campo para repartir lo robado entre sus protectores. El azar quiso que estuvieran presentes dos hermosas primas quienes le contaron que el mismo infame usurero Alpire iba a quedarse con la chacra de su queridísima abuela si la pobre anciana no iba a devolverle al día siguiente un préstamo que con los intereses ya se había amontonado hasta el prohibitivo importe de cuatrocientos pesos. El bandolero no dudó en darles la plata a las primas para salvar la charca de su abuela, pero con las instrucciones de recuperar los pagarés y luego invitarle al usurero unos traguitos de aguardiente. Las muchachas siguieron el plan de Hurtado a la perfección. Cuando Alpire al final dejó la chacra, sentado contento y alegre en su caballo, el genial bandolero volvió a asaltarlo, recuperando así sus cuatrocientos pesos. Y las dos bellísimas primas quedaron no sólo muy agradecidas sino que se enamoraron perdidamente. Continuará.

 

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