Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (59)

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Mientras estoy en mi casa, elaborando los apuntes de la historia que me contó el sereno don Pedro Lero Tayo, recibo una llamada de mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, quien me dice:
   —Estamos grabando una escena en el pueblo de Dámaso, en las orillas del legendario río Blanco.
   —¿Por qué no me avisaron? —pregunto no sin decepción—. Me hubiera gustado ir con ustedes.
   —Tu presencia aquí en Urubichá no es necesaria, Allart —dice Tony—. La escena ya está escrita. Se trata del tiroteo o, mejor dicho, la quíntupla liquidación, en la plaza principal, frente a la iglesia.
   —¿Y cuándo vuelven? —pregunto ahora—. Quiero decir, ¿tenés tiempo para buscar allí en los alrededores una modesta casita con techo de palma de motacú y también una pequeña chacra?
   —Regresamos mañana. Así que tenemos tiempo para hacer otras cosas que sean útiles para el filme —contesta el cineasta—. ¿Me estás diciendo que ya estás escribiendo la siguiente escena?
   Le refiero a Tony en grandes líneas lo que me contó don Pedro en el portón del colegio “Adolfo Kolping”. La historia le encanta y me promete que va a encontrar la casita de motacú y la chacra.
   —Ah, sí, otra cosa —le digo—. ¿Qué pasó con el cuaderno del paciente? ¿Lo llevaste a Urubichá?
   —¿Estás loco? No es mío —comenta—. Bueno, nos vemos mañana, directamente en la clínica.
   Paso el tiempo escribiendo y ayudándolo a mi hijito Sebastián con su tarea de Religión y Valores. Tiene una feria mañana, en el patio central del colegio, algo sobre la importancia de la honestidad. A Sebastián le toca declamar tres oraciones: “La honestidad me hace sentir seguro”, “Es una forma de respeto” y “Los demás confían en mí porque soy honesto”. Durante las pruebas me pregunta:
   —Papá, ¿qué tan honesto sos? ¿Podemos medirlo? ¿Cuántas personas creés que confían en vos?
   —No sé si se puede medir la honestidad. Pero vos confiás en mí y la mamá también, ¿verdad?
   —¿Y mi tío Tony y mi tío Dámaso? —pregunta mi hijo ahora—. ¿O don Braulio y don Pedro?
   —Mis amigos solían confiar mucho en mí. Pero últimamente no estoy tan seguro —digo no sin cierta melancolía, mientras Sebastián me abraza diciéndome que no hay razón para preocuparme.
   Al día siguiente, a la hora de la visita vespertina, llegamos al primer piso de la clínica El Trompillo, donde constatamos que Tony y Dámaso todavía no están. Sólo está la enfermera estupenda, una de las magníficas primas. Como de costumbre, me mira feísimo. Continuará.

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