Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (60)

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Oímos cómo el viento gira en ráfagas alrededor de la clínica El Trompillo, produciendo a cada rato unos agudos silbados que me hacen sentir asaz incómodo. En cambio, mi hijito Sebastián observa:

   —Escuchá, papá. Parece que estamos rodeados por miles de garzas silbadoras. ¡Me encanta!

   —¿Cómo está el paciente con las terribles quemaduras en todo el cuerpo? —le pregunto a la enfermera estupenda, no tanto por autentico interés sino porque quiero distraer mi mente para no tener que pensar en los horribles silbados—. ¿Ya descubrieron algo acerca de su identidad?

   —El hombre tiene quemaduras en el noventa por ciento de su cuerpo —dice la enfermera—. Sufre en soledad, y en la total indiferencia de los demás. Ustedes son los únicos que lo visitan.

   —Yo  sé quién es —dice Sebastián—. Es el bandolero Hurtado. Se quemó en el aeropuerto.

   La enfermera se pone en cuclillas y le acaricia los cachetes a mi hijito. Le dice con una sonrisa:

   —Todo el tiempo tu tío Tony me habla de vos. Él está convencido de que sos un niño mágico.

   Justo en este momento entran al piso de la unidad de terapia intensiva el cineasta Tony Peredo y el urubicheño Dámaso Vaca, quienes nos cuentan que su viaje de retorno desde la tierra de los guarayos fue bastante atormentado. Resulta ser que contrataron a un piloto privado quien con su pequeña avioneta ante una tremenda tormenta tuvo que sacar todas sus habilidades para traerlos sanos y salvos a nuestro barrio. Pienso en secreto: “Mi Dios. Menos mal que no los acompañé”.

   —En serio, tuvimos muchísima suerte —reconoce Dámaso—. Creo que alguien nos protegió todo el tiempo, también durante la estadía en mi pueblo. El rodaje salió mejor de lo que esperábamos.

   —¿Y hicieron lo que te pedí, Tony? —pregunto—. ¿Encontraron la casita de motacú y la chacra?

   —Claro, gracias a Dámaso —dice el cineasta—. Él conoce ese lugar como la palma de su mano.

   —Yo también quiero ir a Urubichá, papá —dice Sebastián—. ¿Podemos ir? Es una buena idea.

   —No es una buena idea, hijo —digo—. Es muy lejos y el clima es horrible. Nos quedamos aquí.

—¿Mi vida? —le dice el cineasta a la enfermera estupenda—. ¿Me querés traer el cuaderno?

   La espléndida mujer, recordémoslo de nuevo, prima de la tan espléndida psicopedagoga del colegio “Adolfo Kolping”, hace lo que le pide su ídolo Tony, quien luego comienza a leer la segunda escena anotada en el misterioso cuaderno. Reconozco la escena de inmediato. Continuará.

 

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