Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (80)

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Una mujer notablemente hermosa, con rasgos melancólicos, camina por la vereda de la calle Nataniel Aguirre justo cuando yo llego a la esquina con la calle Severo Vásquez, donde se halla la iglesia de “San Gabriel”. La veo cruzar y en la plazuela de La Barranca se detiene para preguntarle algo al diligente sereno don Pedro Lero Tayo quien está terminando su turno de guardia. La puedo observar por un largo rato ya que los dos no se están dando cuenta de mi presencia. Su belleza es impresionante. Recuerdo una cita del taxista don Braulio Robles: “curvas de alpinista súper sexi”.
   Entro a la pequeña y simpática capilla de ‘San Gabriel”. El cura, quien por cierto nació en algún lugar de los Alpes italianos, me recibe con una gran sonrisa y con los brazos abiertos, exclamando:
   —¡Por fin volvió, querido don Allart Hoekzema Nieboer! ¡Lo leo siempre, pero lo veo muy poco!
   —Bueno, padre, usted sabe lo que dice de mí el célebre cineasta Tony Peredo: soy un insalvable.
   —Todos podemos ser salvados —comenta el cura con su fuerte acento, mientras aferra mi brazo y me lleva hacia el fondo donde están colocados  el pañuelo y la estilográfica, dizque las reliquias del “santo” bandido Hurtado—. Usted, don Allart, en cierto sentido nos salvó con su larga novela.
   —Mi esposa Emmita acaba de decirme que usted, padre, quería darme las gracias. Pero me parece exagerado —digo no sin falsa modestia—. Si es verdad que hay un claro aumento de las personas que visitan su iglesia, yo ciertamente no puedo ser el motivo. Tengo pocos lectores.
   —Se está equivocando —observa el cura—. Hace unos minutos estuve hablando aquí con una señora de mi ciudad, Bolzano, quien encontró nuestra iglesia gracias a las columnas que usted escribe para el periódico “La Estrella del Oriente”. Así como ella hay muchos más, todos los días.
   —Querido padre, por favor, ¿me puede decir lo que le dijo exactamente esa mujer de Bolzano?
   —La verdad es que no dijo mucho. Es una señora discreta y reservada. Así somos en mi tierra —explica el cura—. Vino aquí a rezar ante los objetos sagrados de Hurtado. Y después charlé un poco con ella. Recuerdo que dijo: “La descripción de su iglesia en ‘El sueño del bandolero’ es perfecta”.
   Salgo de la iglesia en busca de la mujer notablemente hermosa, con rasgos melancólicos. Pero ya no está. Sólo veo, ya montado en su moto, al sereno don Pedro Lero Tayo quien me hace señas.
   —¿La vio a esa reina, don Allart? Estaba buscando la clínica El Trompillo —dice. Continuará.

Visto 346 veces Modificado por última vez en Miércoles, 15 Mayo 2019 15:36

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