Santa Cruz de la Sierra

Los pájaros (I)

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Serían las seis de la tarde cuando salimos de la casa de mis suegros. Al cruzar la avenida vi a una mujer en un vestido verde entrar a la tienda de mascotas al lado del restaurante ‘El Toborochi’. Vi también que un hombre salió de la misma tienda, con dos perros de pelaje blanco. El hombre se parecía al cineasta Tony Peredo. Pero si de verdad hubiera sido mi gran amigo Tony me habría saludado, ¿no es cierto?
Mientras estábamos dirigiéndonos al mercadito El Trompillo, mi hijito Sebastián dijo: “¡Ufa! Ya va a empezar la noche.” Le pregunté: “¿Por qué no te gusta la noche?” La respuesta de mi hijito me asombró. Dijo: “Porque de noche todo se pone negro. Todo se pone yin.” Quise saber quién le había enseñado los secretos del yin y yang. Sebastián contestó: “Mi profesora.” No huelga recordar que mi hijo de cinco años va al kínder alemán. Indagué: “¿No sería mejor decir que de noche todo se pone oscuro?” Sebastián dijo sin hesitación: “No, papá. Todo se pone yin.” Y luego preguntó: “¿Sabés cuál es mi número favorito?” Respondí: “Todo el mundo sabe que tu número favorito es el 8.” Mi hijito dijo: “En alemán noche rima con ocho. Es ‘Nacht’ y ‘acht’.” Yo dije: “Es lo mismo en holandés, ¿te acordás?” Sebastián dijo, no sin arrogancia: “Sí, lo sé. Pero eso no tiene nada que ver con lo que te quiero decir. Quiero decir que ‘acht’ me gusta, pero ‘Nacht’ no.” Indagué de nuevo: “Entonces, ¿yang te gusta, pero yin no?” Mi hijito se rió. “Ay, papá, sos un ‘Bengel’”, dijo. “¿Un niño travieso? ¿Yo? ¿Acaso te dicen ‘Bengel’ en el kínder?” pregunté. Sebastián inclinó la cabeza. “En holandés se dice ‘Bengel’ también. No es tan malo ser un ‘Bengel’. Ahora que lo pienso, no tengo ningún amigo que no sea un ‘Bengel’”, confesé.
Al acercarnos al mercadito de nuestro barrio, vimos una bandada de pájaros formando dos olas negras entrelazadas en el cielo. Sebastián exclamó: “¡Mirá, papá! ¡Esos pájaros están dibujando un 8 negro!” Para calmarlo, le dije a mi hijito: “Más bien veo el símbolo del infinito.” Sebastián dijo: “No, papá. Es un 8. El infinito no es un número.” En ese momento pasamos bajo los cables eléctricos, colgados en cinco largas líneas flojas por toda la calle Carlos Melquíades Barbery, para luego entrar al restaurante chino ‘Hua Yuan’, frente al mercadito, donde nuestros amigos (¡todos ‘Bengel’!) ya nos estaban esperando. Continuará.

 

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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