Santa Cruz de la Sierra

Los pájaros (IV)

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El taxista don Braulio Robles miró muy atentamente a la mujer en el vestido verde y dijo: “¡Qué hembrita más linda! Ya la deseo.” Armando, el dueño del restaurante ‘Hua Yuan’, comentó: “Quien no desea no se frustra. Y quien no se frustra no se envilece.” Don Braulio observó: “Otra vez Lao Tse, me imagino. Ese chino sabelotodo ya me tiene podrido.” El sereno don Pedro Lero Tayo le dijo al taxista: “Ay, sos un cosmopolita particularmente ordinario.” Armando dijo: “No me ofendo. Hizo muy bien don Braulio. Las palabras sinceras no son elegantes.” Mi hijito Sebastián le preguntó a la mujer vestida de verde: “¿Cuál es tu nombre?” La mujer contestó: “Soy Melanie Daniels.” Don Braulio quiso saber a quién estaba buscando. La mujer miró al cineasta Tony Peredo y dijo: “A él.” Sebastián también miro a Tony, diciéndole: “Tío, ya empezó tu película, ¿no es cierto?” El cineasta reconoció: “Me temo que sí.” Armando se dirigió al urubicheño Dámaso Vaca mientras enseñaba a los ocho pájaros enjaulados. Le preguntó: “Entonces, ¿he aquí las famosas ocho loras rebeldes que fueron expulsadas de la bandada por haber ido contra viento y contra corriente?” El urubicheño inclinó la cabeza. El dueño del restaurante chino dijo: “He ido varias veces a Guarayos. Los vientos allí son tan poderosos como las aguas del mítico río Blanco.” Sebastián preguntó: “Tío Dámaso, ¿por qué hay ocho pajaritos en la jaula?” Dámaso respondió: “Para nosotros, ellos con su rebeldía representan la renovación. Su anticonformismo da lugar a un nuevo ciclo que se agrega al viejo formando así un 8. “Ya me están muy simpáticos esos pájaros malditos”, dijo don Braulio.

Afuera la bandada de loras estaba pintando en el aire toda una serie de símbolos. Los primeros dos eran, efectivamente, los trigramas del viento y del agua, seguidos por un pentagrama y una figura que se parecía a la clave de sol. Dentro del local el dueño Armando le dijo a la mujer vestida de verde: “Los buenos guardianes no necesitan rejas ni cerrojos.” Sebastián exultó: “¡Sííí! Voy a liberarlos. ¡Pobrecitos!” Tony Peredo exclamó: “¡Nooo! No son tan mansos como parecen.” El cineasta protestó en vano, porque mi hijito ya había abierto la jaula. Las ocho loras volaron, llenando el restaurante con tremendos chillidos y graznidos. “Tengo que enseñarles a cantar”, dijo Sebastián. En ese momento uno de los ocho pájaros atacó furiosamente a la mujer en el vestido verde, hiriéndola en la frente. Otro lo picoteó al cineasta en las piernas. Continuará.

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