Santa Cruz de la Sierra

Los pájaros (V)

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Oscureció muy rápido afuera y la bandada de cotorras bolivianas se retiró de la zona del mercadito El Trompillo. Dentro del restaurante ‘Hua Yuan’ el comportamiento de los ocho pájaros rebeldes se hizo cada vez más extraño. Nos atacaron sin parar. Pero no fueron ataques coordinados. Cada pájaro siguió su propio plan. “Ay, las piernas me duelen mucho”, se lamentó el cineasta Tony Peredo. Yo sabía que mi amigo estaba dramatizando, porque su oficio exige un alto nivel de histrionismo. Sin embargo, Armando, el dueño del restaurante, no mostró ninguna comprensión. Le dijo a Tony, aludiendo a la mujer vestida de verde cuya herida en la frente se veía bastante fea: “No te quejes de sufrir, que así aprendes a socorrer.” Don Braulio se ofreció: “Voy a socorrerla yo. Inspiro más confianza en las mujeres que Tony.” Don Pedro Lero Tayo negó con su cabeza llena de sabiduría criolla, diciendo: “Ay, pobre mujer.” Mi hijito Sebastián me miró y preguntó: “Papá, estás muy calladito, hasta más calladito que mi tío Tony. ¿Qué te pasa?” Armando comentó: “Lo más natural es hablar poco”. Don Pedro objetó: “Pero la situación en la que nos encontramos es poco natural. Estamos bajo ataque.” Yo reconocí: “Estoy confundido. No sé qué decir. Esas ocho loras no son rebeldes normales sino totalmente anárquicas. Es el caos puro. No hay ni un mínimo de armonía”. Luego me dirigí al urubicheño Dámaso Vaca, diciéndole: “Entiendo que el 8 representa la renovación. En la escala musical con ese número se inicia una nueva octava. Pero no entiendo cómo esas terribles loras anárquicas pueden dar lugar a un nuevo ciclo.” Dámaso respondió, no sin serenidad: “Hay un nexo místico entre ellas. Lo veremos.”
Las ocho loras, en tanto, estaban llenando el restaurante no solo con espantosos estruendos sino también con asquerosos excrementos. Armando logró abrir la puerta del local y los pájaros, uno por uno, desaparecieron en la negrísima noche. Para mi asombro, Sebastián los persiguió con un farol en la mano. Lo oímos exclamar desde afuera: “¡Vengan!” En la calle Carlos Melquíades Barbery mi hijito alumbró con su farol los cinco cables eléctricos, donde se habían detenido las ocho loras. “Es una partitura. Las locaciones de los pájaros son las notas”, susurró Dámaso, quien enseguida empezó a silbar la música. “Es una canción china de hace muchos siglos, titulada ‘Niño travieso’”, susurró Armando. “¿Cómo ‘Bengel’?” preguntó mi hijito. Los demás no entendieron el vocablo. “Es alemán. Y holandés también”, expliqué yo. “Y es muy yang”, precisó Sebastián.

 

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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