Santa Cruz de la Sierra

El túnel de los maestros (III)

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“No entiendo para qué sirve este túnel. ¿Quién lo construyó?” le pregunto al hombre ensabanado. “Lo hice yo con la ayuda de un colega. Él es maestro también. Este túnel, al igual que todas las cosas que hago y digo, es de gran utilidad. Sirve para llevarnos directa y discretamente a mi taberna favorita”, explica el hombre. Ahora mira a mi hijito Sebastián y le dice: “Vamos. Hay verdad en el vino y en los niños. Estoy convencido de que tus gatos ya nos esperan en la taberna. Ellos son tan utilitaristas como nosotros.” Al final del pasadizo subterráneo vemos una larga fila de barriles. Para mi asombro, salimos a un rincón del popular y bullicioso restaurante ‘El Toborochi’, al otro lado de la avenida La Barranca, donde de hecho los tres gatos de Sebastián ya nos están esperando.
El hombre ensabanado pide vino tinto, chuletas, col negra e hinojo silvestre para todos. Mi hijito le pregunta: “¿Sos un maestro integrador? Mi papá está buscando uno para mí. Mi papá no quiere una maestra.” El hombre quiere saber cuál es el problema. Sebastián responde: “No obedezco. No hago caso, dicen. ¿Nos podés ayudar, maestro?” El maestro dice: “Dejame adivinar. Amás el lujo, sos maleducado, despreciás la autoridad, no respetás a tus mayores, contradecís a tus padres, devorás en la mesa los postres y tiranizás a tu profesora. Eso lo dijo otro colega mío hace muchos siglos sobre la juventud en general.” El cineasta Tony Peredo (ya lo he dicho en otras ocasiones, un hombre más leído que experimentado) comenta: “Exactamente, eso lo dijo el más sabio de todos, es decir, Sócrates.” El taxista Braulio Robles suspira: “Eso lo dijo de mí también mi madre, la más perversa de todas.” El maestro ensabanado ahora me mira a mí y dice: “Cualquier hombre puede tener hijos, pero no cualquiera es capaz de educarlos.” El tan culto como inocente cineasta se entromete nuevamente: “Eso lo dijo Platón.” El maestro prosigue: “A lo que me voy, los propios padres casi siempre educan con demasiada dulzura. Yo soy hombre de la severidad. Yo puedo convertir a Sebastián en una mezcla de lobo y león.” El taxista, candidato a la presidencia del libre barrio El Trompillo, exclama: “¡Así se habla! Yo también quiero ser una mezcla de lobo y león. ¡Vivo y valiente! Quiero contratarlo como mi jefe de campaña.” El maestro dice: “No puedo. Ya soy asesor de su adversario.” Sin consultarme a mí ni a mi hijito, Tony declara: “Usted va a trabajar de maestro integrador del pequeño príncipe Sebastián. No hay conflicto de intereses.” Continuará.

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