Santa Cruz de la Sierra

La cultura del facilismo

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Todas las sociedades tienen los mismos hechos característicos de la especie humana: todas tienen corrupción, feminicidios, homicidios, robos, altibajos económicos, ignorancia, saberes, personas inteligentes y sensatas, personas ignorantes o agresivas, desigualdad, impulsos a la cooperación o a la confrontación, políticos demagógicos, políticos decentes, etc. Lo que cambia es el grado en que lo tienen, desde el mínimo vestigio hasta la abundancia máxima.

Al calor de esta ventaja se desarrollan los derechos sociales y también comienza el período del acentuado facilismo que, con intentos de corrección fracasados, no concluye hasta ahora.

La cultura del facilismo infiltra todas las clases sociales: desde el empresario prebendario hasta el obrero sindicalizado, en la defensa de sus derechos y soslayando sus obligaciones; desde la clase media hasta el joven marginado que descubre que se adapta mejor a su entorno sirviendo de “mula” en el narcotráfico o trabajando para un puntero político a cambio de un plan social. Por supuesto, hay en todas las clases sociales gente que actúa distinto, y que es nuestro reservorio de virtudes sociales, pero no hacen tendencia, no hacen cultura hasta ahora.

¿Cómo se lucha para cambiar la cultura del facilismo, tan arraigada en la idiosincrasia de nuestra gente, de nosotros mismos? Nadie tiene la fórmula del éxito indudable, pero como pasa en un neurótico, lo primero es tener conciencia de que uno está mal. Los partidos políticos, que fueron las modernas fuentes históricas de los impulsos de cambio, me sorprendería gratamente que sirvieran para esta primera etapa: están hoy demasiado deformados por el corto plazo, y cómo les va a ellos en ese lapso; las corporaciones no sirven, están demasiado preocupadas por sus intereses para pensar una propuesta que en algunos aspectos los contradiga.

Hay que generar un movimiento cívico, que es político y multiclasista pero que no compite, no gana poder, salvo en las conciencias, que no acepta financiación extraña, salvo la que pueden darle sus adherentes, como el cristianismo hace dos mil años. Que fija como su objetivo cambiar los comportamientos sociales, y que haga posible incrementar las tendencias a la cooperación, a la honestidad, a la redistribución de la riqueza y las posibilidades, a la eficiencia, vista como responsabilidad social, en todo terreno. ¿Es utopía? ¡Seguro!, pero las utopías han sido motor de lo poco que ha progresado la humanidad en este campo.

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