Santa Cruz de la Sierra

Los maniquíes (III)

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Al día siguiente, andando con el taxista don Braulio Robles hacia el kínder alemán, nos paramos un rato ante el maniquí dentro de la camioneta de patrulla de la policía, a la altura de la intersección de la Madre India. Mi hijito Sebastián dice: “Lo voy a llamar Tony porque mi tío Tony también es un maniquí. Y le voy a dar ropa nueva. No me gusta ese chaleco amarrillo y peor su gorra. “¿Y su uniforme de policía?” le pregunto. “¡Horrible!” sentencia Sebastián, quien me explica luego que en el colegio alemán hay un cestón lleno de ropa perdida que nunca fue reclamada. Cuando, al cabo de cinco horas, volvemos a recoger a mi hijito del kínder lo vemos en la vereda con una bolsa de plástico que resulta contener un buzo, un chal y un sombrero. Los colores de todas las prendas son los de la bandera alemana.
Tras vestirlo al pobre maniquí Tony con la ropa nueva del colegio alemán, nos dirigimos a la zona del mercadito El Trompillo para almorzar. Llegamos al restaurante chino ‘Hua Yuan’ en el mismo momento que el cineasta Tony Peredo. Al lado del restaurante, frente al nuevo negocio ‘Gugong’, hay una larga fila de vecinos de nuestro barrio. “Acaba de abrir y ya es un éxito”, comenta Tony. El urubicheño Dámaso Vaca sale de la tienda y nos hace señas. “Vengan. Lo que hay aquí dentro es una locura”, dice. “¿Hay que pagar?” quiero saber yo. Detrás del urubicheño aparece Alfredo, el sastre chino, quien responde: “No, es gratis. Sin embargo, una contribución voluntaria es más que bienvenida. Mantener un imperio no es barato.” Dámaso repite: “Vengan. Vale la pena.”
Dentro de la tienda ‘Gugong’ vemos a dos maniquíes, sentados en sillas de peluquería, frente a un espejo enorme. En una esquina hay una cuna en la que yace otro maniquí, mucho más pequeño. “Les presento a la pareja imperial del barrio El Trompillo y a su delicada hijita”, dice Alfredo “¿Por qué están desnudos los tres?” pregunta Sebastián. “Porque ya no soy sastre. No quiero crear confusión. No vendo ropa. Ahora tengo otro oficio”, responde el hombre. “¿Y cuál sería su oficio nuevo?” pregunta el cineasta, no sin decepción. “Soy un humilde servidor del gobernante más grande que el barrio jamás ha tenido y tendrá”, explica el ex sastre chino. El taxista y ex político don Braulio observa, no sin indignación: “Burreras. Usted está hablando de un ordinario muñeco.” Alfredo dice: “No sea superficial. No se deje guiar por las apariencias.” Continuará.

 

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