Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Jueves, 19 Septiembre 2019

Como dice el famoso refrán inglés, tu hogar está donde se encuentra tu corazón. Vale decir, no es necesariamente el lugar donde, por pura casualidad, naciste sino que se trata del país, la ciudad, el pueblito, la isla desierta o lo que sea donde te sientes aceptado, cómodo y en paz contigo mismo y con los demás. Yo nací en Holanda, lo cual no es un mérito ni un demérito. Es un hecho nomás; la inescrutable lógica del Universo lo decidió. Pero, sinceramente, yo nunca he estado de acuerdo con esa decisión. Holanda es un país maravilloso, con un nivel de tolerancia entre sus ciudadanos probablemente sin igual en el mundo. Mi familia allí, mis hermanas, mis padres, mis viejos amigos de la infancia, todos, son muy cariñosos y me extrañan. No obstante, la verdad es que nunca he visto a Holanda como mi hogar. Creo que los nórdicos en general sentimos una tan fuerte como secreta pasión por todo lo que no es ordenado, perfecto y bien organizado. Inicialmente pensé que mi verdadera Patria caótica tenía que ser Italia. Después de unos exitosos pero muy aburridos estudios de Derecho en una sólida universidad holandesa, decidí escaparme hacia Siena. En esa espléndida ciudad italiana empecé a estudiar Filosofía, de manera improvisada, diría “azarosa”, pero muy apasionada. Hablando de pasiones, fue en Siena donde la suerte quiso que encontrara a Emmita, hija de un matrimonio no sé cuán casual de un caballero boliviano y una beldad venezolana. Con Emmita estoy casado desde hace 16 años y ya llevamos más de 22 años de convivencia. Puedo decir que con ella siento un fuerte sentido de hogar, pero no es un lugar físico, sino mental, amoroso y espiritual. El hogar en el sentido físico no lo he encontrado en Italia. Con Emmita vivimos unos años muy felices en Siena y luego en Neptuno, en el litoral romano. Sin embargo, al final nos cansamos de Italia. No sabría decir exactamente por qué. Había varios motivos, supongo. Pero lo que dio el verdadero empujón no fue una razón sino más bien una sensación. Volví a sentir lo mismo que había sentido después de mis estudios universitarios en Holanda. Quería escapar hacia un caos más significativo… y lo encontré en Santa Cruz de la Sierra. Pero no lo encontré enseguida. La llegada de nuestro hijo Sebastián me brindó el sentido completo de hogar. Y sigue creciendo diariamente. Los tres amamos a Santa Cruz. Sebastián nos enseñó este gran amor. El nació aquí. Y algo me dice que no fue casualidad. ¡Viva Santa Cruz!

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 18 Septiembre 2019

Es como una tarde cualquiera, sólo que el aire parece aún más pesado que ayer. “Prácticamente, es como si toditos estuviéramos pitando como fumadores empedernidos. Así de dañina está la situación”, comenta el taxista que nos deja en la esquina de la plaza 24 de Septiembre, frente a la catedral. La vendedora de comida para palomas, una señora simpática y atenta, se nos acerca inmediatamente. “¿Qué querés comprar, mi amor? Tengo semillas de sésamo, maíz o una mezcla de maíz triturado con semillas de lino”, le dice a mi hijito Sebastián quien contesta: “Vamos a comprar los tres tipos, porque mis amigas están con mucha hambre”. La mujer le sonríe y pregunta: “¿Las palomas son tus amigas de verdad?”. Sebastián explica: “Sí, porque me tienen confianza y yo las extrañé mucho”. Con las tres bolsitas de comida, mi hijito se sienta en la sombra. Abre la bolsita con maíz y como por arte de magia una enorme bandada de palomas aterriza frente a sus pies. Las aves comen directamente de su mano. Sebastián está feliz, al igual que sus amigas. Cuando la comida se agota, mi hijito dice: “Vamos a la catedral. Nunca he visto su interior”. Me justifico, diciendo: “Es que tenés un papá espiritualmente ignorante, me temo”. Al entrar a la catedral vemos un cartel que dice: MUSEO. Una flecha indica que el museo se halla al fondo. Llegados allí, vemos otro cartel que dice: CERRADO POR TRABAJOS DE RESTAURACIÓN. “Qué pena. A mí me gustan mucho los museos. ¿Por qué no pueden restaurar este museo rápido? Les voy a decir que mi mamá es restauradora. Ella es una restauradora muy rápida, ¿no es cierto, papá?” me pregunta Sebastián. Confirmo: “La mejor y la más rápida del mundo”. Ahora propongo: “Vamos al mirador. Te va a gustar”. Compramos dos entradas y mi hijito le pregunta a la cajera: “¿Este mirador no tiene ascensor?”. Digo: “Ay, hijo, un poco de ejercicio físico nos hará bien. Vamos a subir los escalones”. Resulta ser que los escalones son muchos. Sebastián insiste: “Poner un ascensor aquí sería una buena idea. A mí me gustan los ascensores y los museos”. Y agrega: “Me gustan también las palomas”. En la cumbre del mirador vemos a varias parejas de adolescentes besándose. “¿Papá, qué hacen estas niñas y estos niños?” quiere saber mi hijito. “Son tortolitos, una especie de palomas también”, explico. “No son como mis amigas”, sentencia Sebastián para luego decir: “Quiero bajar. Voy a comprar más maíz y semillas”.

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Write on Miércoles, 28 Agosto 2019

Estoy sentado en el patio trasero de nuestra casa y me acompañan en este momento de ocio mi hijito Sebastián y el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo desde mis primeros días en el mítico barrio El Trompillo. Miro hacia arriba: el cielo parece ser el de Ciudad de México o de San Pablo, Brasil, o sea, una terrible capa gris y sofocante. Mis ojos arden y mi nariz pica; siento literalmente que innumerables partículas de hollín me están invadiendo. Sebastián le dice al cineasta: “Tío Tony, ¿sabías que anoche vomité en mi cama?”. Tony dice: “Ay, mi niño mágico, lo siento. ¿Qué pasó?”. Mi hijito cuenta: “Estábamos con mi papá leyendo uno de mis libros favoritos, que se llama ‘Insólitos animales’, cuando de pronto tuve que toser. Tosí y tosí sin parar. Fue horrible. Me sentía lleno de humo. Y al final vomité. Vomité flema que tenía un color feísimo, entre negro y café”. El cineasta nos mira a los dos y comenta: “Lo que estamos obligados a inhalar en estos días es una verdadera vergüenza”. Sebastián prosigue: “Ese color ya lo había visto en el pasado. Cuando mi papá todavía fumaba cigarrillos escupía siempre flema del mismo color feísimo. Mi papá fumaba mucho y eso no me gustaba para nada. Todas las noches había humo aquí en el patio, así como ahora”. Digo no sin sonrojo: “Ay, mi hijito, lo siento mucho. ¡Qué vicio tan dañino y ridículo!”. Ahora el cineasta mira sólo a mi hijito y le dice: “Tu papá era el clásico ejemplo de una persona autodestructiva cuando lo conocí por primera vez. Fumaba como una chimenea. Y se justificaba diciendo que no podía escribir sin pitar. El tabaco era su combustible para poder producir sus artículos y cuentos. Eso me decía. Los viciosos mienten siempre a sí mismos”. Observo: “Pero dejé de fumar. Lo logré”. Sebastián dice: “Sí, papá. Al final dejaste de fumar. Pero te costó hartísimo”. Tony afirma: “El humo que estamos respirando ahora también es el producto de la autodestrucción. No es una autodestrucción individual, como lo fue en el caso de tu papá, sino que se trata de un suicidio colectivo. Santa Cruz está siendo destrozada por el humo y somos todos culpables, porque todos, sin ninguna excepción, formamos parte de una especie súper autodestructiva, vale decir, la humanidad”. Mi hijito reconoce: “A mí me gustan los animales, mucho más que los seres humanos”. El cineasta dice: “A mí también. Sin embargo, todavía no he perdido la esperanza. Los seres humanos podemos mejorar. Podemos dejar de destrozar todo”. Yo concluyo: “Eso nos va a costar hartísimo. Sé de lo que estoy hablando”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 27 Agosto 2019

En estos días hay un tema que, justamente, está monopolizando las conversaciones en todos los niveles de nuestra sociedad, es decir, los espantosos incendios que azotan las hermosas tierras chiquitanas. El hecho de que todo político nacional o local que se respete acuda a este nefasto acontecimiento para opinar “in situ” sobre la tragedia ecológica y echarle la culpa al adversario, no nos sorprende. “Ellos son así”, solía decir no sin desdén mi abuelo paterno acerca de los políticos. La ironía de la vida quiso, por cierto, que el hijo de mi abuelo, o sea, mi padre, optara por una carrera política que lo llevaría primero a la presidencia del partido liberal de los Países Bajos y luego al Senado holandés. Mi padre sigue siendo un gran apasionado de la política  y todas nuestras charlas dominicales de larga distancia terminan siempre en detalladas reflexiones sobre el destino del mundo y de los hombres. Bueno, con su lapidaria frase “Ellos son así” mi abuelo, obviamente, quería decir que el único y eterno objetivo de los políticos es buscar votos. Borges lo sintetizó bien en una lejana pero aún actual entrevista con el escritor y periodista argentino Roberto Alifano: “Bueno, yo no sé hasta qué punto la profesión de político es algo limpio; hasta qué punto un político puede ser una persona honrada. Descreo de los políticos. Pero quiero ir un poco más lejos: un político en un país democrático es un individuo que vive haciendo promesas, que vive haciéndose retratar, que vive sonriendo todo el tiempo y estando siempre de acuerdo con el interlocutor. Así recorren todo el país en busca de votos”. Es difícil no estar de acuerdo con Borges en este asunto. No obstante, hay algo en las críticas que se hacen todos los días en todo el mundo en contra de los políticos que no me convence. La política, en último análisis, es un ambiente sucio, pero alguien tiene que dedicarse a este trabajo. Es fácil quedarse en el margen, mostrando las propias manos limpias y burlándose de los políticos “tan ineptos como corruptos”. Tal vez, la política atraiga a un tipo de ser humano particularmente vanidoso y egocéntrico. Pero aun así, hay siempre entre esta casta tan desprestigiada personas con una autentica misión de servir. No sé quién acuñó la frase “El que no vive para servir, no sirve para vivir”, pero es una gran verdad. Y repito: en un grupo repleto de políticos cínicos existe siempre la posibilidad de que se encuentre entre ellos también una persona decente que piensa en el bien común. La tarea del elector es descubrir quién es este Mandela o Churchill boliviano.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 21 Agosto 2019

Estamos almorzando en la hermosa casona cruceña de antaño de mi suegro don Hugo Sosa, sobre la irrespirable porque contaminada avenida La Barranca. Don Hugo, la prueba viviente del nexo directo entre la longevidad y la sana alimentación, le dice a nuestro hijito Sebastián: “Vamos, nene. Comé tu almuerzo. Los Sosa somos todos altos y forzudos. No podés quedarte atrás”. Sebastián dice: “Ya soy alto y forzudo”. Mi esposa Emmita comenta: “Hacele caso a tu abuelo, mi hijo”. Nuestro hijito explica: “Ay, mamá, lo siento. Es que quiero comer, pero no puedo porque cuando trago me pica la garganta y luego me viene un ataque de tos. Es una tos terrible”. Mi suegro observa: “Pobre nieto, todos estamos con la misma tos. El pecho se parece a un volcán, ¿no es cierto? Murmura todo el tiempo y de pronto estalla. Es una erupción con lava verde”. Sebastián se ríe y exclama: “¡Sí, así es! Como un volcán, con lava verde y súper asquerosa. Mis tres gatos en la casa también están con tos y estornudan mucho. Les quiero dar mi jarabe de menta, pero mi papá dice que no sirve para los gatos. Entonces, les doy besitos porque besitos son remedios”. Don Hugo, en tanto, come bien y con gusto. Pero lo escucho respirar pesadamente, con gran dificultad. Él me mira y dice: “La situación está cada vez peor”. Lo aliento: “Tonterías, usted está muy bien. Todos sus contemporáneos están peor”. Mi suegro explica: “No estoy hablando de mí. Me refiero al aire, ese humo horroroso. Agosto ha sido siempre un mes medio complicado, por la sequía y los vientos. Pero ahora la situación está completamente fuera de control. La naturaleza no tiene la culpa sino el hombre, con su egoísmo e ignorancia. Aquí somos cómodos y tremendamente flojos. Usamos el fuego para desbrozar lo más rápido posible la tierra. Quemamos todo diciendo que el hollín mejora la fertilidad del suelo. ¡Mentira! Estamos destrozando nuestro ambiente, el futuro, la vida de nuestros nietos”. Sebastián agrega: “Y la vida de los animales también. Mis gatos no se sienten bien. Quiero ir al campo. Quiero ver cómo están las aves. Las parabas y los tucanes. Y los grandes felinos. Ay, papá, ¿cómo están los jaguares, los pumas, los ocelotes? Seguramente están con la misma tos. Quiero verlos y darles besitos, jarabe de menta no pero besitos sí. ¿Quién los cuida, papá? ¿Hay bomberos en el campo? ¿No será que hay muchos incendios en el campo porque no hay bomberos allá?”. Yo le digo: “Todos los bomberos de la ciudad se fueron al campo para salvar los animales”. Sebastián concluye: “Quiero ser un pez. Los peces viven en el agua y nunca tienen tos”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 20 Agosto 2019

Después de haber realizado dos meses atrás junto a mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo, un largometraje sobre el romántico bandolero cruceño Carmelo Hurtado, vuelvo a reunirme con Tony en el “ágora” del barrio, es decir, la plazuela de La Barranca. El cineasta, cuyo padrastro tiene una larga trayectoria en la política local, abre la conversación de la siguiente manera: “Hola Allart, ¿qué tal? Acabo de hablar con dos amigos. Uno está con el oficialismo y el otro con la oposición”. Le pregunto: “¿Y quiénes son esos dos amigos?”. Tony contesta no sin misterio: “Digamos que son dos amigos hipotéticos”. Indago: “¿Acaso son tan hipotéticos como nosotros?”. El cineasta sonríe y comenta: “Nadie es tan hipotético como tú y yo”. Ahora propongo: “Vamos a suponer que los dos amigos con los que hablaste son el sereno don Pedro Lero Tayo y el taxista don Braulio Robles. ¿Podés aceptarlo?”. Tony susurra: “Ay, me das miedo. ¿Cómo sabías que se trataba de ellos?”. Explico: “Los dos tenemos los mismos amigos. Y no son muchos.” El cineasta admite: “Es verdad. De todas maneras, don Pedro y don Braulio, que por cierto no se llevan bien, me preguntaron por qué jamás me pronuncio sobre mis preferencias políticas. Querían saber si estoy con el oficialismo o con la oposición”. Pregunto con auténtica curiosidad: “¿Y qué dijiste? ¿Con quién estás?”. Tony contesta con aplomo: “Estoy solo. El oficialismo no me da de comer y la oposición tampoco.  Lo que tengo lo obtuve con mis manos. Todo es el resultado de mi propio trabajo”. Quiero saber en qué está trabajando ahora. El cineasta explica: “Estoy preparando un cortometraje, titulado ‘El debate’, acerca de dos políticos que durante una discusión pública cambian de posición”. Asaz sorprendido, digo: “¿Sabés que yo tengo la misma idea para un relato breve? Estoy pensando en dos conferencistas, pongamos un progresista y un conservador, que empiezan a debatir y, como ambos han ponderado durante años sobre sus convicciones opuestas, de repente cada uno cambia de opinión. O sea, el progresista opta por defender el conservadurismo y el conservador rompe una lanza por el progresismo”. Tony dice: “Exactamente. Porque si uno se pone a estudiar un tema con honestidad, es decir, con humildad intelectual, va descubriendo los defectos y las ventajas de cada convicción”. Agrego: “Y el arte de la política consiste en mascarar esta verdad fundamental, para que el debate nunca termine”. El cineasta asiente con la cabeza. No queremos decir más, por ahora, en el “ágora” de nuestro barrio.

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Write on Martes, 14 Marzo 2017

Son las cinco de la tarde. Saco la basura bajo un cielo tan gris como las cenizas del pasado. Me duele la espalda. Tiene razón mi esposa Emma: ya no debería alzarlo todo el tiempo a nuestro hijito Sebastián. Pero es un intento de detener el tiempo: no quiero que Sebastián crezca demasiado rápido.

En la vereda fuera de nuestro condominio, sobre la avenida La Barranca, se me acerca un joven de unos 20 años de edad. Su manera de caminar suscita un vago recuerdo dentro de mí. “Buenas tardes, don Allart. Sé que usted es un hombre bueno, pero no es feliz”, dice el joven. Su voz también tiene cierta familiaridad. “Por favor, muchacho, ¿puede definir la felicidad?” le pregunto. “Claro, me refiero a una vida de placer, sin preocupaciones”, dice el joven, muy seguro de sí mismo. “No, muchacho, lo siento pero se refiere a un deseo de imperturbabilidad. No tiene nada que ver con la felicidad”, digo yo, tratando de mostrarme tan seguro como él. El joven se ríe y pregunta: “¿Todavía no sabe quién soy?” Yo rebato: “¿Por qué no se presenta? Así estamos acostumbrados en el barrio.” Mi joven interlocutor comenta, no sin aplomo: “Lo que pasa es que usted me conoce, pero no me reconoce.” Yo comento, no sin vanidad: “Todo conocimiento no es sino reconocimiento. Si no lo reconozco a usted es porque realmente no lo conozco. Así de sencillo.” Me doy cuenta con el pasar del tiempo de que cada vez más lo percibo como un rival, un contrincante que me irrita. Tengo un amigo capaz de irritarme del mismo modo, pero es un hombre mucho mayor, de unos 60 años de edad.

El joven, en tanto, quiere proponerme un trato. “Don Allart, me gustaría venderle un producto muy especial. Estoy hablando de un tratamiento único que borra la vejez y lo antiestético. Si adivina quién soy, le vamos a regalar el primer paso de la cura, que es el ‘Hair Test’”, explica. Repito sus propias palabras: “Un tratamiento que borra la vejez y lo antiestético… Imagino que borra las emociones también.” El joven pregunta: “¿Por qué piensa eso?” Yo explico: “Porque usted tiene los mismos movimientos, la misma voz y la misma cara que mi querido amigo don Pedro Lero Tayo, el famoso sereno de la plazuela de La Barranca, pero sin una pizca de emoción.” El joven aplaude. “¡Bravo! Recibirá el ´Hair Test’ gratis”, dice. Continuará.

Write on Martes, 13 Diciembre 2016

En un país que no debería tener aviones, ir al aeropuerto para despedirse de seres queridos que se van de viaje no es un asunto sin preocupaciones. Estamos con la tía Yudit, mi esposa Emma y nuestro hijito Sebastián. Don Braulio, mi amigo y confidente del barrio El Trompillo, nos lleva al aeropuerto internacional de Viru Viru. “Disculpe, doña Emma, ¿pero a dónde va a viajar?” pregunta don Braulio. “A Rochester, Minnesota. Mi padre está internado allí en una clínica”, contesta mi esposa. “¿Dónde queda Minnesota, cerca de Miami, Los Ángeles, Nueva York, San Francisco, Las Vegas, Washington…?” indaga mi amigo. “Más o menos cerca de Chicago”, digo yo. “Lo iba a decir”, dice don Braulio. “Minnesota es uno de los denominados ‘fly-over states’, estados del interior de Estados Unidos que los aviones prefieren sobrevolar para aterrizar en destinos más atractivos en las costas”, explico. “Oiga, don Allart, usted es muy presumido”, comenta mi amigo. “Es verdad”, dicen la tía Yudit y Emma simultáneamente. “Papá, ¿nosotros vamos a viajar en el avión también?” quiere saber Sebastián. “No, nos quedamos a divertirnos aquí en Santa Cruz”, respondo. “Uhuu, quiero viajar”, insiste nuestro hijito. “Lo siento, hijo, pero papá no quiere viajar porque hace mucho frío allí en Rochester”, digo. “Solo pueden volar quienes se toman a sí mismos a la ligera”, afirma don Braulio. “¿Quién lo dice?” pregunto, algo irritado. “Lo digo yo. A lo mejor me equivoco, pero usted me cae muy pesado hoy”, confiesa mi amigo. “Tiene razón”, dicen la tía Yudit y Emma al unísono. Don Braulio cuenta: “¿Sabían ustedes que mi padre ayudó a construir la pista de aterrizaje y despegue del aeropuerto El Trompillo? Para él, volar era como soñar. ‘El vuelo, ¡que felicidad!’ decía siempre.”

En la terminal del aeropuerto internacional de Viru Viru, Sebastián se pone a mirar una pantalla gigantesca que muestra publicidades de aparatos electrodomésticos, mientras mi esposa hace el check-in junto a su hermana Letty que llegó en otra movilidad. Diana, la prima de Sebastián e hija mayor de Letty, le pregunta a mi hijo cuál de los electrodomésticos le gusta más. Sebastián contesta: “La nevera. Me gusta la nevera pero a mi papá no, porque a mi papá no le gusta el frío. Por eso no vamos a viajar nosotros.” Mi esposa y su hermana Letty se despiden y se dirigen a la zona de embarque. “¡Chau mamá!” grita Sebastián y lo repite cada vez más alto. Ama a su madre y adora los ecos.

Allart Hoekzema Nieboer MIGAJAS

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