Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Martes, 18 Febrero 2020

Seguimos discutiendo en la plazuela de La Barranca. El urubicheño Dámaso Vaca insiste: “En serio, esa noticia me hizo pensar, es decir, la nota que leí sobre los seis holandeses que vivían como vos, Allart, en el extranjero y que habían perdido la nacionalidad holandesa por no haber renovado sus pasaportes a tiempo”. El cineasta Tony Peredo dice: “Me parece una barbaridad. Evidentemente, el derecho a tu nacionalidad no es un derecho inalienable en Holanda, ¿verdad?”. Yo digo: “Vamos a ver. Mi padre también me ha hablado de ese asunto. Parece que el tribunal administrativo de Holanda ahora está estudiando el caso. Ojalá juzgue con sabiduría. En una sociedad libre y abierta la burocracia no debería atropellar al individuo. Me parece que al analizar la cuestión en fondo, todo se reduce a la visión que la sociedad tiene acerca del individuo”. El urubicheño comenta: “El individuo es un concepto sumamente ambiguo”. Le pregunto: “¿En Urubichá también?”. Dámaso se ríe y dice: “Inclusive en Urubichá”. El cineasta coincide: “Realmente, somos seres ambiguos. El individuo tiene una inclinación no solamente egoísta sino también altruista. Somos seres solitarios pero igual con grandes necesidades sociales. Es decir, nuestra identidad es individual y colectiva”. Protesto: “No sé si una etiqueta colectiva que llevamos con nosotros, qué sé, una etiqueta de raza, nacionalidad, género, etc., realmente es algo que determina una parte de nuestra identidad. Sinceramente, cuando yo pienso en la identidad pienso en cosas que te caracterizan como persona única, la historia particular de tu vida. No pienso en eventuales rasgos de tu grupo o de tu nación. Estas últimas cosas no son realidades, sino abstracciones”. El urubicheño puntualiza: “Yo estaba hablando del individuo como concepto ambiguo. El ser humano solo con sus criterios propios y su libre albedrío es una construcción jurídica que sirve como base de las leyes. Pero la realidad del ser humano concreto y verdadero es diferente. A mí tampoco me gusta pensar en términos de grupos o colectivos. Huele a rebaño. Pero no se puede negar que también tengamos una identidad o hasta varias identidades colectivas. En este sentido me atrevo a afirmar que la sociedad de Urubichá es un típico ejemplo ancestral. Los urubicheños o los guarayos en general solíamos cazar y pescar colectivamente. Y al mismo tiempo nunca hemos aceptado ninguna rígida jerarquía del poder, o sea, ninguna organización vertical de nuestras tribus”. El cineasta Tony Peredo exclama: “¡Guau! ¡Urubichá como arquetipo!”. Confieso: “No quiero ser holandés. Quiero ser urubicheño”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 18 Febrero 2020

Estamos sentados en un banco de la plazuela de La Barranca, nuestro “Ágora”, digamos, donde a menudo nos congregamos. “Tengo que renovar el DNI, mi carnet argentino”, dice el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo y un hombre de múltiples orígenes (tiene sangre italiana, española, argentina, gitana, etc.). “¿Vale la pena hacerlo?”, quiere saber el urubicheño Dámaso Vaca. Tony dice: “Claro que sí. Yo amo a la Argentina, en serio”. Opino: “La renovación de la nacionalidad debería ser automática. La burocracia sólo debería registrar renuncias. Entonces, en tu caso por ejemplo, querido Tony, tendrías que ir a la Argentina para hacer los trámites necesarias si por algún motivo ya no quisieras ser argentino”. El cineasta dice, un poco alterado: “Pero yo quiero ser argentino. Voy a ir a Buenos Aires la próxima semana. Me hubiera gustado hacerlo en otro período porque estoy muy ocupado. Pero no importa, voy a ir sí o sí porque, repito, amo a la Argentina”. Dámaso Vaca, un hombre no de múltiples orígenes pero si de amplia cultura, me dice: “Justo ayer leí sobre un caso de seis holandeses que vivían en el extranjero, como vos, Allart. Bueno, la nota decía que esos seis ciudadanos de Holanda habían perdido su nacionalidad por no haber renovado a tiempo su pasaporte. Son bien estrictas las autoridades de tu país, ¿no es cierto?”. Digo, no sin hesitación: “Bueno, honestamente, no sé si Holanda sigue siendo mi país”. Tony comenta: “Ay, Allart, no me digas que vos también perdiste la nacionalidad holandesa por no haber renovado a tiempo tu pasaporte”. Explico: “No, creo que voy a tener que renovar mi pasaporte recién en unos cuatro años. Oficialmente, sigo siendo holandés. Sin embargo, la pregunta es: ¿puede alguien que desde hace casi treinta años vive fuera de Holanda todavía considerarse ciudadano holandés? ¿Qué sé yo realmente de la Holanda actual?”. Dámaso observa: “Yo no vivo en Urubichá desde hace casi dos décadas. Pero esto no quiere decir que ya no me puedo identificar con mi pueblo”. Tony Peredo se ríe y le pregunta al urubicheño: “¿Qué hacés? Realmente, ¿estás comparando tu pueblo, donde nunca cambia nada, con uno de los países más desarrollados y más dinámicos del mundo?”. Ahora Dámaso se ríe también. Me mira y dice: “Sospecho que los urubicheños somos más felices que ustedes”. Yo lo miro y digo: “No te preocupes. No me ofendés. No sé nada de los holandeses actuales. Tal vez sean felices, tal vez no. Mis padres, que siguen viviendo en Holanda, por lo menos no son infelices, creo. Y mis dos hermanas tampoco”. Seguirá.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 14 Febrero 2020

Mi hijito Sebastián entra a mi habitación con un lapicero y una hoja de papel. Me dice: “Papá, voy a escribir una carta. Hace mucho que no escribo una carta. La última vez fue para Navidad, ¿te acordás?”. Le digo: “Claro que me acuerdo. Tu carta para Navidad fue un éxito. Papá Noel te trajo exactamente lo que le pediste, o sea, una caja de Lego y una caja de Megaconstrux”. Sebastián explica: “Fue una carta muy buena, porque yo soy muy bueno para escribir cartas”. Pregunto: “¿Y ahora? ¿A quién vas a escribir una carta?”. Mi hijito responde: “A Sofía”. Digo, sorprendido: “No me digas que vas a escribir una carta a tu compañerita para el día de San Valentín. Recuerdo que Sofía el año pasado te dio una tarjeta de San Valentín. Pero vos no le escribiste nada”. Sebastián puntualiza: “El año pasado no le escribí una carta para San Valentín, pero sí para el día de la Amistad”. Comento: “No es lo mismo. Una carta para el día de San Valentín tiene otro significado”. Mi hijito pregunta: “¿Y vos? ¿Vas a escribir una carta a la mamá?”. Digo, no sin sonrojo: “La voy a llamar”. Sebastián comenta: “Llamar no es lo mismo. Escribir tiene otro significado”. Reconozco: “Tenés razón”. Mi hijito insiste: “¿Por qué no le vas a escribir a la mamá? A vos te gusta escribir y a la mamá le va a gustar leer tu carta”. Desvío la conversación, preguntando: “¿Y qué le vas a escribir a Sofía? Me acuerdo de lo que te escribió ella el año pasado. Decía que te amaba. Había muchos corazoncitos en la tarjeta. Y el color de la tarjeta era rosado”. Sebastián dice: “No me gusta el color rosado. Es para niñas”. Propongo: “Vos vas a escribir la carta y yo te voy a buscar el sobre”. Sebastián explica: “Sí, el sobre tiene que ser rojo. Es mi color favorito”. Observo: “Es el color del amor”. Mi hijito dice: “Papá, muchas veces te digo que te amo, ¿verdad?”. Digo: “Sí, y eso me gusta mucho”. Sebastián prosigue: “Y también se lo digo muchas veces a la mamá. Porque los tres somos una familia y nos amamos. Y a los gatos se lo digo igual. Amo mucho a Blanqui, a la Rosita y a Minnie. Somos una familia de tres personas y tres gatos”. Quiero saber si Sebastián alguna vez ha dicho a Sergito, su primo favorito, que lo ama. Él dice: “No, nada que ver. A Sergito no lo amo. Lo quiero. No es lo mismo. Y nunca se lo he dicho”. Ahora quiero saber qué le va a decir en su carta a su compañerita Sofía. Mi hijito responde, lacónico: “Le voy a escribir que me gusta. ¿Sabés que muchas veces en el curso le digo que me gusta?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 13 Febrero 2020

Llega Ronald en su taxi. Le digo: “Reconozco esa cara. Está molesto. Tiene la cara de uno que acaba de ser estafado”. El taxista pregunta: “¿Cómo lo sabe?”. Comento: “Tengo razón, ¿no es cierto? Yo he sido estafado aquí miles de veces. Lo que pasa es que soy muy, ¿cómo decirlo?,… Digamos ‘crédulo’”. Ronald, quien conmigo ya pasó de la timidez a la confianza, me corrige: “Digamos que usted es muy huevón”. Reconozco: “Así es”. El taxista dice: “Yo soy más huevón que usted, don Allart. Tiene razón, alguien me tumbó, por enésima vez”. Indago: “¿Mucha plata?”. Ronald suspira: “Para mí, sí. Presté 400 bolivianos a un tipo. Nunca me los devolvió. Acabo de descubrir que cambió de teléfono”. Sigo indagando: “¿Un tipo del barrio?”. Ronald exclama: “¡Ni siquiera! Presté 400 bolivianos a un desconocido, prácticamente. Lo había visto sólo un par de veces. Encima, mis colegas ya me habían hablado de lo informal que era”. Digo: “Bueno, ojalá le sirva de lección”. El taxista observa: “¿Cómo vamos a aprender los huevonazos? El otro día me estafaron en la calle con un taladro. Bonito se veía, una marca alemana, con repuestos nuevitos y todo. Quería colocar unos estantes en mi dormitorio, así que me lo compré. Inclusive, tenía un papel en la caja que decía ‘3 años de garantía’. Bueno, el taladro alemán no hizo ni tres huecos en mi pared y ya no servía. ¡Kaput!”. Me río, no lo puedo evitar. Digo: “Ay, Ronald, lo siento. Pero no hay que ser astrofísico para saber que es mucho mejor comprar un taladro alemán en una tienda especializada que en la calle”. El taxista admite: “Lo sé o, por lo menos, creo saberlo ahora, a fin de cuentas. Pero la peor estafa que me hicieron en la vida fue con un anticrético. Hace unos años atrás agarré una habitación en anticrético con 3.000 dólares que me había prestado mi mamá. Todo estaba bien al inicio. La habitación era decente, en una casa cómoda y, además, en un barrio seguro. Pero luego, al entrar en confianza con los vecinos, mucha gente empezó a hablarme mal de la señora esa. Y al final resultó ser que la dueña nunca había tenido la intención de devolverme los 3.000 dólares”. Pregunto: “¿Y cómo reaccionó su pobre mamá cuando supo de la estafa?”. El taxista suspira: “Mi mamá sigue tratándome por ese asunto”. Ahora pregunto: “¿No contrataste a un abogado?”. Ronald dice: “No, pero alguien ahí arriba hizo justicia. En poco tiempo, la señora esa perdió su casa y terminó en la calle”. Me río, de nuevo. Confieso: “Sigo pensando en el taladro alemán”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 12 Febrero 2020

Acaba de llover y el cielo ya anuncia nuevas lluvias. Estamos mirando a dos loros habladores en su jaula en el zoológico municipal. A su vez, ellos nos miran a nosotros. “Están tristes. No les gusta el clima de Santa Cruz”, comenta mi hijito Sebastián. “¿Cómo lo sabés? No los escuché hablar”, digo. Sebastián explica: “Me lo dijeron muy despacio”. Ahora mi hijito les susurra algo ininteligible a los dos loros. Lo miro y él me dice: “Les expliqué que no tienen que quejarse, porque su jaula tiene techo. No se van a mojar. Además, les conté que el clima en Holanda es aún peor que el clima de Santa Cruz. Tengo razón, ¿no es cierto, papá?”. Coincido: “Ay, sí, el clima de Holanda es horrible, sobre todo en este período del año. Allí un loro hablador no aguantaría ni un día”. De nuevo, Sebastián les susurra algo ininteligible a los dos loros. “¿Qué les dijiste ahora?”, pregunto. “Les dije que los quiero mucho y que ahora vamos a visitar a su mejor amiga, la pava campanilla”. Delante de la jaula de la pava campanilla, mi hijito canta una canción sobre la lluvia que aprendió en su curso del colegio Adolfo Kolping. “A la pava campanilla le gusta mucho la música. Ella es como yo”, me dice. De repente, la pava emite un grito. “¿Qué te está diciendo?”, quiero saber. Sebastián contesta: “Le encantó la canción. Dijo ‘¡guau!’”. Entramos al gran aviario del zoológico, donde reina un silencio surreal. En el suelo, bajo un arbusto, vemos una tortuga y una iguana. Mi hijito las saluda: “Hola, amigas, quédense allí bajo las hojas. Va a llover en cualquier momento”. La iguana saca la lengua. Sebastián se ríe y explica: “La iguana está renegando. A ella tampoco le gusta el clima de Santa Cruz. Me está diciendo que quisiera que el aviario tuviera un buen techo, algo de chapa ondulada por ejemplo”. Verifico: “¿En serio te está diciendo esto, con todos los detalles técnicos?”. Mi hijito inclina la cabeza. Mientras tanto, me doy cuenta de que no se ven aves en este aviario. Como si pudiera leer mis pensamientos, Sebastián me dice: “Todas las aves están en un refugio. Saben que va a llover durante muchos días y ninguna de ellas quiere mojarse. Las aves del gran aviario del zoológico son muy sensibles”. Pregunto: “¿Cuál es el refugio de las aves?”. Sebastián susurra. Esta vez no es ininteligible. Capto el mensaje: “El refugio de las aves es un lugar secreto. Pero vos y yo lo conocemos”. Comento: “Ay, menos mal que las aves se encuentran allí. Eso significa que están a salvo”. Mi hijito promete: “Las vamos a visitar en la noche, papá”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 10 Febrero 2020

Justo cuando unjo mi pierna izquierda con la enésima pomada mágica esperando que al fin se vayan los dolores terribles de mis articulaciones, me llama por teléfono mi mejor amigo, el tan experimentado como leído cineasta Tony Peredo. Me dice: “Así que tu sobrina Irene tuvo su bebé en Estados Unidos, ¿no es cierto? ¡Felicidades!”. Mientras escucho, siento como mis dedos pastosos ensucian mi celular nuevo. Le digo a mi amigo: “No sé, sinceramente, si tenemos que estar contentos por la llegada de una nueva criatura a nuestro mundo tan cínico y malvado. Los seres humanos somos un desastre. ¿Qué futuro va a tener el pobre bebé?”. El cineasta exclama: “¡Ay, por favor! Ese es el lugar común más deprimente y más despreciable que existe. El dengue te ha hecho más daño de lo que pensé. Te fundió la mente”. Puntualizo: “Estoy hablando en serio. Los niños de hoy se enfrentan a una vida sumamente complicada. Les estamos dejando un mundo destrozado, prácticamente invivible. Los hombres somos un asco. Teniendo la facultad de elegir entre el bien y el mal, optamos colectivamente por el mal”. Tony comenta: “Basta ya. ¿Podés decir algo inteligente, o sea, algo que no sea un cliché? Es fácil menospreciar a la humanidad. Pero es una actitud no sólo destructiva e inútil, sino también sumamente peligrosa. Es decir, semejante opinión sobre la verdadera índole de la humanidad puede abril la puerta al genocidio más atroz. Ay, Allart, cuidado. ¿ Querés que te asocien con esos profetas tan superficiales como nefastos según los cuales el hombre es lo peor que hay en el universo?”. Vacilo un poco, molesto sobre todo por el penetrante olor de la pomada mágica. Digo: “Bueno, no sé si somos lo peor del universo. Pero en la Tierra somos sin alguna duda los campeones del mal”. El cineasta suspira y pregunta: “¿Y quién sería nuestra competencia aquí? Los animales no son capaces de producir el mal. Hacen lo que les dicta su naturaleza. No tienen consciencia. No tienen criterio ético, es decir, no saben distinguir el bien del mal. Nosotros  tenemos criterio ético porque somos conscientes, o sea, nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad. Sabemos que hay cosas que nos hacen daño y sabemos cómo hacerle daño al prójimo”. Rebato: “Tenés un concepto ético cristiano. El mal sería sufrimiento, daño e infierno, mientras el bien sería paz y paraíso. Los budistas no lo ven así, ¿sabés? Según enseña el budismo, el mal es ignorancia y el bien sabiduría”. Tony concluye: “Bien, digamos que no es muy sabio decir que los seres humanos somos un desastre”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Domingo, 09 Febrero 2020

Mi sobrino Sergito entra a nuestra habitación, en la casa de la tía Angélica. Anuncia: “Esta noche voy a viajar con mi mamá y con mi hermana Nicole a Estados Unidos. Voy a quedarme allí hasta el próximo miércoles”. Mi hijito Sebastián dice: “Quiero viajar con ustedes. Voy a hacer mi maleta”. Sergito le dice: “Vos no vas a viajar. Mi mamá dice que mi tío Allart tiene que quedarse aquí en la casa. No se curó todavía. Y vos tenés que cuidarlo”. Sebastián insiste: “Yo puedo viajar con ustedes porque mi papá ya no tiene dengue. Mi papá ya no me necesita aquí”. Le explico a mi hijito: “Tu primo va a viajar porque nació un bebé. Es un asunto de su familia. Tu primo ahora es tío. Nació el hijo de Irene, tu prima y la hermana de Sergito”. Mi sobrino dice: “Sí, Sebastián, soy tío y voy a viajar a Orlando. Irene tuvo su bebé allí”. Sebastián razona en voz alta: “Yo formo parte de tu familia también, Sergito. Si vos sos el tío del bebé, yo entonces soy su tío también”. Sergito dice: “Nada que ver. Vos no sos su tío”. Yo digo: “Lo que vos sos para el bebé ahora, Sebastián, es tío segundo. Creo que se llama así en español”. Mi hijito protesta: “No quiero ser tío segundo. Quiero ser primero, no me gusta llegar segundo”. Hay pocos niños que son tan competitivos como Sergito y Sebastián. Para evitar que los dos primos se peleen, busco cambiar el rumbo de la conversación. Digo: “El bebé se llama Andros. ¿Les gusta ese nombre?”. Mi hijito dice: “El mejor nombre del mundo es Sebastián”. Mi sobrino dice: “No, el mejor nombre del mundo es Sergio”. Sebastián rebate: “No, Sergio es el peor nombre del mundo”. Intervengo: “¡Pórtense como niños grandes, no como bebés!”. Mi sobrino pregunta: “¿No le gustan los bebés, tío?”. Contesto: “¡Todo lo contrario! Los bebés me encantan”. Ahora mi sobrino pregunta: “Entonces, ¿por qué dice que no tenemos que portarnos como bebés?”. La conversación con los dos primitos comienza a cansarme, pero ellos no muestran señales de cansancio. Sebastián dice: “Antes no me gustaban los bebés, pero ahora sí. Es que ahora soy un niño grande, antes no”. Sergito dice: “Yo también soy un niño grande y a mí también me gustan los bebés. Voy a ser un súper tío para el bebé Andros”. Sebastián exclama: ¡Yo igual! ¡Voy a ser su súper súper súper tío!”. Mi sobrino me pregunta: “Tío, usted no es mi tío segundo sino el verdadero, ¿verdad? ¿Y qué es para el bebé Andros?”. Suspiro: “Su tío-abuelastro, me temo”. Mi hijito indaga: “¿Su súper súper súper tío-abuelastro?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Domingo, 09 Febrero 2020

Mi mejor amigo, el aclamado pero humilde cineasta Tony Peredo, se mueve como un pez en el agua cuando tiene que afrontar cualquier problema místico, metafísico o paranormal. Ya he explicado varias veces que este talento, que yo por cierto no poseo, tiene que ver con la herencia genética. Por las venas de Tony corre una buena dosis de sangre gitana. Mi amigazo, al igual que su abuelo y su madre, ve cosas que otros no ven. Decido llamarlo por teléfono. Le digo: “Hay una cosa muy rara que me está pasando últimamente. Varias personas, por razones aparentemente casuales, han utilizado la misma cita en conversaciones conmigo. El último que lo hizo fue el urubicheño Dámaso Vaca quien esta mañana, al intercambiar opiniones políticas con vistas a las próximas elecciones generales en el país, me dijo: ‘¿Por qué los hombres tienen que gobernar imperios cuando pueden escribir poemas?’. Es como si la frase por sí sola se estuviera imponiendo como un nuevo hilo”. El cineasta dice: “Bueno, vamos a analizar el problema. Primero, esta cita se suele atribuir a Manly P. Hall, en su autodefinición un ‘conocido conocedor de lo desconocido’, quien vivió en el siglo veinte. Conozco muy bien la obra de Hall y nunca en ninguno de sus textos me he topado con la famosa frase. A mi parecer, se trata de una cita apócrifa. Segundo, la primera constatación no nos impide admirar la cita. Probablemente, la historia de la humanidad hubiera sido menos trágica si la inclinación de los hombres fuera más poética que política. Tercero, la segunda constatación, no obstante, no quiere decir necesariamente que el mensaje que transmite la cita sea irrefutable. Basta recordar, por ejemplo, que ha habido varios personajes históricos que han sido grandes líderes y notables escritores o poetas a la vez. Los primeros dos que me saltan a la mente son Marco Aurelio y Churchill”. Confieso: “Me gusta escribir poemas, pero no me atrevo a considerarme un poeta. La poesía como la vivo yo es un fenómeno muy irregular. No parece una vocación ni una cosa seria sino más bien un capricho”. Tony comenta: “Los poetas forman una categoría de la humanidad que escapa a nuestro control. El verdadero poeta no quiere ni siquiera ser parte de esta misteriosa categoría”. Coincido: “El verdadero poeta es un lobo solitario”. El cineasta corrige la metáfora: “El verdadero poeta es un lobo solitario que aúlla en el desierto sin saber que de alguna manera inescrutable sus aullidos llegan a consolar a la humanidad entera”. Digo: “Ay, Tony, ¿me prestás un poco de sangre gitana?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Últimas Noticias

Prev Next

Reelección: Corte IDH abre fase de obser…

Reelección: Corte IDH abre fase de observaciones para dictar opinión

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) abrió una fase para recibir observaciones y opiniones...

INE prevé que Censo de Población y Vivie…

INE prevé que Censo de Población y Vivienda 2022 costará $us 57 millones

El director del Instituto Nacional de Estadística (INE), Yuri Miranda, informó el martes que una...

Informe revela que la Policía debía resg…

Informe revela que la Policía debía resguardar a grupos afines al MAS en el conflicto poselectoral

Heybert Antelo Alarcón, al jefe departamental de la Policía, José Antonio Barrenechea, revela que los...