Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Martes, 24 Marzo 2020

Una mariposa revolotea por el cuarto de baño. Mientras me afeito frente al espejo, mi hijito Sebastián pregunta desde la bañera: “¿Cuánto va a durar la cuarentena?”. Contesto: “Eso depende de cómo se portará el virus. Y el comportamiento del virus, a su vez, depende del comportamiento de la población boliviana. Probablemente va a durar mucho”. Sebastián mira la mariposa y dice: “Tenemos que armar un plan, papá. Vamos a cazar. ¿Viste que la mariposa entró muy fácilmente por la ventana?”. Digo: “Menos mal que sólo entró la mariposa inocente y no el terrible virus”. Mi hijito puntualiza: “Si es tan fácil entrar para la mariposa, también el virus va a poder hacerlo”. Arrepintiéndome de mi comentario, busco corregir el tiro. Digo: “Mejor no comparar el virus con una mariposa. El virus se mueve diferentemente, es decir, a través del contagio. No entra volando por la ventana sino escondido en un portador, o sea, dentro de un ser humano. Por eso estamos haciendo la cuarentena. No tenemos que salir y no tenemos que aceptar ninguna visita de otro ser humano”. Sebastián no escucha; sigue fijando la mariposa. En tono ensoñador, me dice: “Primero voy a necesitar mi disfraz de astronauta. Tengo que protegerme bien”. Le pregunto: “¿Estás hablando de tu traje espacial de tu cumpleaños número cuatro? Ya no te queda. Además, no sé dónde lo guardamos”. Mi hijito sigue fijando la mariposa y sigue sin escuchar. Dice: “También voy a necesitar un cazamariposas, pero no como una red sino como una bolsa de plástico gigante. Y luego voy a pedirte un favor, papá, porque te voy a necesitar a vos también”. Casi me corto el mentón. Pregunto: “¿En qué sentido me vas a necesitar, hijo?”. Sebastián explica: “Vos vas a ponerte afuera por un rato”. Indago: “No me vas a usar como carnada para atraerlo al terrible virus, ¿verdad?”. Mi hijito minimiza: “Es sólo por un ratito”. Comento: “No vamos a reconocerlo al monstruo ya que es invisible. Me va a atacar sin que nos demos cuenta”. Sebastián dice: “No te preocupes. Voy a estar a tu lado con mi cazamariposas y con una lupa para reconocerlo. Así lo vamos a cazar”. Quiero saber cómo cree deshacerse del terrible virus cuando lo entrampemos. Sebastián contesta: “Esa es la parte más fácil del plan. Voy a poner el virus en un súper cohete. Quiero enviarlo al octavo planeta para que nunca vuelva”. Adivino: “¿A Plutón?”. Mi hijito dice, no sin desdén: “Ay, papá, Plutón no es un planeta. Estoy hablando de Neptuno”.

Allarrt Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 23 Marzo 2020

Estamos en el patio trasero de nuestra casa en el condominio Siena y el perenne ruido de fondo de las idas y venidas de los autos sobre la avenida La Barranca ha desaparecido. La gente del barrio El Trompillo está acatando la cuarentena total. Nuestro hijito Sebastián me pregunta: “¿Te gusta el silencio?”. Digo: “Adoro el silencio. Ya me había olvidado de su dulce sonido”. Sebastián dice: “Ay, papá, cuando hay silencio no hay sonido. Y cuando hay sonido no hay silencio”. Mi esposa Emmita, quien está pintando un jaguar para un nuevo proyecto artístico,  me socorre, diciéndole a nuestro hijito: “El silencio tiene su propio sonido. Es un susurro y si escuchás bien te puede dar muchas sugerencias e ideas. Tu padre tiene razón. Es un sonido dulce y, por cierto, cada vez más raro en nuestro mundo enloquecido”. Ahora Sebastián me pregunta: “¿Por qué no dibujás como la mamá? El trabajo de mi mamá es dibujar y el trabajo tuyo es escribir. ¿Por qué escribís, papá?”. Busco las palabras aptas para explicar mi pasión. Me doy cuenta de que no es fácil expresar en un concepto sencillo la urgencia que siempre he sentido de contar las cosas que pienso y percibo. Digo: “Escribir es mi vida. Yo elegí vivir de esta manera. Pero se trata de una elección que tengo que confirmar con muchos esfuerzos todos los días. Yo vivo escribiendo. Sin embargo, no me viene natural. Me cuesta mucho”. De nuevo, Emmita me socorre, diciéndole a nuestro hijito: “Las cosas que uno ama realmente, nunca son fáciles. Escribir bien, por ejemplo, es sumamente cansador porque al hacerlo uno emplea en el  mismo momento la cabeza y el corazón. Te agota física y psíquicamente”. Sebastián comenta: “A todo el mundo le gusta más dibujar que escribir. No entiendo por qué vos no lo entendés, papá. La mamá lo entiende y yo también. Yo sé dibujar muy bien, porque me viene natural. Dibujar no me cansa”. Explico: “Vos sabés dibujar muy bien, porque te parecés más a tu madre que a mí”. Emmita dice: “La mamá del papá, tu abuela Elly de Holanda, sabe dibujar también. Ella fue profesora de pintura, ¿lo sabías, mi vida?”. Nuestro hijito dice: “La abuela Elly sabe dibujar y tocar piano. Yo también voy a aprender a tocar el piano. De grande, voy a ser director del zoológico y veterinario. Y cuando vuelvo de mi trabajo voy a dibujar y tocar piano en la casa”. Su mamá le pregunta: “¿Querés dibujar conmigo ahora?”. Él dice: “Sí, y pongamos música. Me gusta dibujar y me gusta la música”.

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Write on Viernes, 20 Marzo 2020

El urubicheño Dámaso Vaca me saca de mi aislamiento con una llamada telefónica. Me dice: “Querido Allart, ¿cómos está? ¿Estás aguantando la cuarentena?”. Yo digo: “Sin problemas ya que es sólo una cuarentena parcial. La típica falta de seriedad de aquí”. Dámaso dice: “Pero vos podés hacer tu propia cuarentena total. Depende de vos mismo. Al final, como todo, se trata de una responsabilidad individual”. Pregunto: “¿Por qué me llamás, acaso para leerme la cartilla?”. El urubicheño explica: “Quiero venderte un frasquito. Digamos que es aceite de cusi. Te lo puedo mandar por courier. En todo, te va a costar quince bolivianos. Es para una buena causa. Vamos, Allart, una buena acción personal puede salvar el mundo”. Sigo pensando en lo que dijo Dámaso acerca de la responsabilidad personal y le digo, no sin irritación: “No voy a comprar nada de vos”. Justo cuando cuelgo me llama el cineasta Tony Peredo quien me dice: “Tengo que contarte algo”. Primero yo le cuento lo que Dámaso me quería vender y el cineasta dice que a él le paso algo aún peor. Resulta ser que Tony, aprovechando la blandura de las medidas contra la pandemia, se fue de paseo. Llegado al semáforo del inicio del Plan Tres Mil, un mendigo ciego le pidió dinero. El cineasta tenía sólo un billete de diez y una moneda de cinco bolivianos y optó por no darle nada al mendigo, quien luego le mostró un frasquito con un líquido que parecía aceite de cusi, diciendo: “¡Qué pena! Yo le iba a dar algo imprescindible por quince bolivianos”. Tony le preguntó: “¿Por qué imprescindible?”. Y el ciego le dijo: “Porque es la cura mágica”. El cineasta suplicó y suplicó, pero el mendigo ya no quería dárselo”. Cuelgo y, aprovechando la blandura de las medidas contra la pandemia, me voy directamente al semáforo del inicio del Plan Tres Mil. Sin que el mendigo ciego me pida nada, le doy quince bolivianos y él me da el frasquito mágico. Antes de desvanecer, el hombre me dice: “Sé que usted tiene mucho más dinero en su billetero. Pero digamos que es su día de suerte”. Vuelvo rápido a mi casa, donde me pongo a fantasear sobre mi gran futuro personal gracias a la posesión del líquido imprescindible. De repente vuelve a llamarme Dámaso. Me pregunta: “¿No dejaste tu casa ni un momento?”. Le digo: “No”. Él dice: “Sé que mentís y sé también  que compraste un frasquito de aceite de cusi. Qué mala decisión personal. Se no te hubieras ido de tu casa, el courier te habría entregado la verdadera cura mágica”.

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Write on Jueves, 19 Marzo 2020

Al constatar que la respuesta por parte de la ciudadanía boliviana al desafío del coronavirus no es la que me hubiera gustado ver, me veo obligado a abandonar temporáneamente los frívolos y fugaces artículos que suelo publicar en este espacio. Es decir, tengo que actuar serio esta vez. Si me lo permite el lector, quisiera empezar con una premisa teórica cuya validez práctica ha sido comprobada miles de veces a lo largo de la historia humana. La premisa es la siguiente: la calidad de la ciudadanía en un determinado país depende de la calidad de su sistema socio-educativo. O en términos más sencillos: como ciudadanos somos productos de nuestra sociedad. Entonces, pongamos la situación en la que un paciente con coronavirus quiere ingresar a un centro médico para hacerse tratar y evitar la propagación de la enfermedad, y de repente este mismo paciente se ve impedido en sus intenciones por los vecinos del barrio donde se encuentra dicho centro médico. En este caso los vecinos obviamente pueden ser calificados como un mal producto de una mala sociedad. Ahora pongamos la situación en la que una ordenanza municipal restringe la circulación del transporte público (que, por cierto, consiste en viejos micros repletos de pasajeros, sin que se garanticen decientes condiciones higiénicas), y de repente los representantes del mismo transporte público deciden no acatar esta medida porque le interesa su ganancia personal y no el estado sanitario de una entera ciudad. Bueno, en este caso los dueños de los micros obviamente también pueden ser calificados como un mal producto de una mala sociedad. El lector sabe que los dos ejemplos no son casuales. Ambos han ocurrido muy recientemente en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Sé perfectamente que aquí no existe la igualdad de oportunidades ni la meritocracia. Pero no quiero profundizar en este tema. Basta con concluir que la sociedad boliviana está lejos de ser buena y justa. No obstante, ello no puede convertirse en una excusa para la ciudadanía como para seguir portándose pésimamente. Estamos lidiando con un desafío de proporciones titánicas. En este momento extraordinariamente serio, digo a la ciudadanía boliviana que se porte con la máxima seriedad mirando los mejores ejemplos en el mundo (qué sé, Singapur, Malasia, Corea del Sur) en cuanto a luchar eficazmente contra este mal que representa el coronavirus. Y digo lo mismo a las autoridades del país. Bolivia necesita una cuarentena total.

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Write on Miércoles, 18 Marzo 2020

Mientras mi esposa Emmita acata el horario continuo en su taller artístico, nuestro hijito Sebastián y yo estamos encerrados en la casa. Llama el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo quien quiere saber si todo anda bien. Su preocupación me conforta. Le digo: “Sebastián se siente traicionado. Pensaba que esta emergencia por el coronavirus se iba a convertir en una vacación. Pero su profesora acaba de mandarnos un montón de tarea, advirtiéndome que así va a hacer todos los días”. Tony se ríe y dice: “Mi pobre niño mágico. Bueno, Allart, tenés que explicarle que seguir haciendo tarea en estos tiempos tan inciertos es para su bien. Los niños también tienen que mantener su rutina. Si no, todo se vendrá abajo en serio”.  Comento: “Sebastián es un niño muy equilibrado al final. No  me preocupo tanto por él. Además, este virus no está haciendo estragos entre los niños. Menos mal”. Ahora el cineasta me pregunta: “¿Y no estás teniendo pensamientos negativos? Te conozco”. Me desencadeno: “Estoy sumamente deprimido. Tengo pensamientos apocalípticos, inclusive sueño todas las noches con horribles castigos dantescos. Y lo peor es que cuando luego abro los ojos, me doy cuenta de que nuestra realidad supera mis más alucinantes imágenes oníricas. Todo empezó con los infernales incendios forestales de la Chiquitanía que fueron unos macabros precursores de todo lo terrible que nos azotaría después. ¿Cuántas desgracias puede aguantar un país tan pobre como Bolivia? ¿Qué hemos hecho de tan reprochable para merecernos semejantes tragedias?”. Tony observa: “Bueno, por lo menos los bolivianos no tenemos ninguna culpa en la crisis actual. La plaga del coronavirus es algo ajeno, digamos, que desgraciadamente nos arrastra a nosotros al igual que al resto del mundo. Me parece una especie de venganza de la naturaleza, pero hay otras teorías también que involucran la mala fe y la perversión de ciertas naciones con intereses geopolíticos contrapuestos. De todas maneras, no me voy a dejar atrapar por los pensamientos negativos. No soy como vos, querido Allart, y te aconsejo que cambies tu actitud. Yo sé que todo ahora parece jugar contra Bolivia, porque además de las desgracias que mencionaste estamos lidiando con muchas malas jugadas por parte de la economía mundial. En vez de enfrentar todo este conjunto infeliz con la mente negativa, prefiero hacerlo con un sano estoicismo. O sea, con un fuerte sentido de lo grotesco y con una robusta perplejidad existencial”.

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Write on Martes, 17 Marzo 2020

Miro por la ventana hacia el cielo gris, esperando que la lluvia pueda limpiar la ciudad y despejar nuestras mentes y conciencias. Estamos en el taller de mi esposa Emmita, al lado de la capilla de San Gabriel, en la calle Nataniel Aguirre.  Obviamente, al igual que todo el barrio, toda la ciudad, todo el país, todo el continente y todo el planeta (menos el Polo Norte y el Polo Sur, tal vez), hablamos de la espantosa invasión del coronavirus. El urubicheño Dámaso Vaca, asistente de Emmita, me dice: “De todos nosotros, sobre todo vos tenés que tener muchísimo cuidado. Acabás de salir de un cuadro de dengue terrible. Aunque te estás reponiendo bastante bien, seguís con las defensas muy bajas”. Mi mejor amigo, el gran cineasta Tony Peredo, aumenta la dosis de horror, diciendo: “Además, querido Allart, sos un ex fumador empedernido. Tus pulmones todavía deben estar llenos de alquitrán”. Yo digo: “Falso.  No niego mi pasado de fumador empedernido, pero mis pulmones están limpios. Me hice una radiografía del tórax  cuando dejé el cigarro. Tengo mucha suerte en el sentido de que mi vicio no pasó la factura, aparentemente”. Mi esposa Emmita me dice: “Pero Dámaso tiene razón. Estás en un grupo de gran riesgo y no deberías contar otra vez con una suerte que ciertamente no te merecés”. Nuestro hijito Sebastián comenta: “Sí, papá. Tenés que lavarte bien las manos con alcohol en gel. ¿Y por qué no te ponés un barbijo? Es mejor porque, a veces, cuando hablás echás mucha saliva. Una vez tu saliva entró dentro de mi ojo. ¿Te acordás?”. Digo, no sin sonrojo: “Es que a veces hablo con tanto entusiasmo y fervor que, sin quererlo, empiezo a salpicar saliva. Es una cuestión de pasión, me temo”. El cineasta advierte: “Tenés que estar muy atento con tu pasión en estos tiempos y por estos lados. Aquí, por razones de falta de cultura y de conocimiento, la gente no es muy tolerante. Tal vez sea mejor que te aísles lo más posible. Probablemente, sea mejor que lo hagamos todos, no solamente los periodistas holandeses ex fumadores empedernidos y escupidores de saliva”. Emmita observa: “Ya muy pronto vamos a llegar a un aislamiento general. Me parece inevitable”. Sebastián mira por la ventana hacia el cielo gris y luego me mira a mí. Pregunta: “Papá, ¿podemos ir al Burger King antes que te encierren? El coronavirus me hace pensar en la corona de mi restaurante favorito. ¿Sabés que la forma del virus se parece a la corona del Burger King? Lo vi en la tele”. Digo: “El Burger King ya cerró”.

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Write on Lunes, 16 Marzo 2020

Otra vez, mi hijito Sebastián logra copiar trece versículos del primer capítulo de Génesis en apenas diez minutos. Le digo: “Felicidades. Terminaste tu tarea de religión. Lo hiciste rapidísimo”. Mi hijo comenta: “Lo habría hecho realmente rapidísimo si vos no me hubieras distraído tanto”. Digo: “Me vas a disculpar. Sólo quería ayudarte. Vos me dijiste que no te gustaba hacer la tarea de religión solito”. Sebastián sonríe y me abraza. Me dice: “Gracias. Sos el mejor papá del mundo. Pero si la mamá me hubiera ayudado con mi tarea la habría  terminado mucho antes. En serio, papá, me distrajiste mucho”. Explico: “Los papás holandeses somos así, me temo. Dios nos creó así”. Ahora mi hijito pregunta: “Papá, ¿por qué Dios creó a los seres humanos después de los animales?”. Reconozco: “Ay, hijo, no sé. Soy la persona menos indicada para explicarte la manera de obrar de Dios”. Sebastián insiste: “Quiero saberlo. No lo entiendo”. Pregunto: “Si vos fueras Dios, ¿habrías creado a los seres humanos primero?”. Mi hijito explica: “Por supuesto. ¿Te imaginás a las mascotas sin sus dueños? Mi gato Blanqui no podría vivir ni un día sin mí”. Observo: “A lo mejor las mascotas fueron creadas por Dios en otro momento, es  decir, después de la famosa semana de ‘La Creación’”. Sebastián me mira con desconfianza y dice: “Ay, papá, Blanqui es un animal como todos los demás animales. Y Dios los creó antes de los seres humanos. Eso lo dice el primer capítulo de Génesis, pero no lo entiendo”. Trato de consolarlo, diciendo: “No necesariamente tenemos que entender todo lo que dice el primer capítulo de Génesis. La religión es misteriosa. Es como la luna. Y a vos te gusta la luna por ser misteriosa. Me lo dijiste”. Mi hijito suspira: “No sabés nada de la luna. A mí me gusta la luna, pero a vos no. Me lo dijiste”. Evidentemente, mi hijito se puso de mal humor. Decido abandonar el tema de la luna. Digo: “Dios creó todo en seis días, ¿viste? Es tan rápido como vos. Dios también es un guepardo. Y en el séptimo día el guepardo Dios descansó. Fue un domingo. Nosotros también descansamos el domingo, ¿verdad?”. Sebastián murmura: “No me gusta el domingo, papá. Es un día muy aburrido. ¿Sabés que los animales no descansan el domingo sino el lunes? Así es en el zoológico de Santa Cruz. Está cerrado el lunes porque después del fin de semana los animales siempre están cansados. Menos mal que su día de descanso es lunes”. Comento: “Lunes es el día de la luna. No es casualidad”. Mi hijo repite: “No sabés nada de la luna”.

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Write on Domingo, 15 Marzo 2020

Le pregunto a mi hijito Sebastián: “¿Querés tomar un poco de agua antes de continuar con la transcripción del primer capítulo de Génesis?”. Sebastián dice: “Sí, porque me encanta el agua”. Le recuerdo: “Más que la tierra”. Mi hijito comenta: “Sí, porque no soy una planta. Soy un niño. ¿Sabés lo que me gustó también? Te lo digo: después de los mares Dios creó las plantas. Y a las plantas les encantan el agua y la tierra. Yo sé lo que necesitan las plantas para que crezcan bien. Hay que ponerlas en macetas con bastante tierra y luego hay que darle agua. Pero lo que también necesitan es mucho cariño. Tenés que hablarles con el corazón y cantarles lindas canciones. La mamá dice que vos no sabés nada de jardinería, papá”. Reconozco: “La mamá tiene razón”. Sebastián dice: “Yo sé mucho de jardinería. Me lo enseñaron la abuela Josefina, mis tías Letty y Angélica, y la mamá también. ¿Por qué no sabés nada de jardinería, papá? ¿No te lo enseñaron en Holanda?”. Ya me imagino lo que va a decir mi hijito ahora; seguramente va a afirmar que los holandeses somos indiferentes e ignorantes en cuanto a la naturaleza ya que Dios nos creó así. Pero, para mi sorpresa, Sebastián de repente abandona el tema de las plantas. ¡Qué alivio! ¡Qué extraordinaria muestra de piedad! Mi hijo, quien nunca deja pasar ninguna oportunidad para echar sal en una herida, milagrosamente decidió detenerse. Me dice: “Otra cosa que me gustó de lo que copié hasta ahora fue la creación del día y la noche. A mí me encanta la noche. ¿Sabés por qué, papá?”. Adivino: “A lo mejor porque siempre te han gustado los animales nocturnos. Qué sé, los búhos, los murciélagos, los tejones, los gatos… “. Mi hijito concede: “Sí, eso es  verdad, papá. Pero hay otra razón. ¿Cuál es?”. Digo: “Me rindo”. Sebastián susurra: “Por la luna. Me gusta la luna porque es misteriosa. Menos mal que Dios la creó”. Indago: “¿No te gusta el sol? Dios creó el sol también. Es tan misterioso como la luna, ¿no es cierto?”. Mi hijito dice, no sin desdén: “Nada que ver, papá. El sol no es misterioso. No hay secretos cuando brilla el sol”. Confieso: “A mí siempre me ha gustado el sol. Cuando vivía en Italia, con la mamá en una ciudad bellísima llamada Siena, siempre me sentaba en una plazuela con un libro bajo el sol”. Sebastián comenta: “Nuestro condominio también se llama Siena”. Digo: “Exactamente. No es una coincidencia”. Mi hijito pregunta: “¿Quién creó nuestro condominio? ¿Fue Dios también?”. Explico: “Fue tu tío Vicente”. Seguirá.

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