Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Martes, 26 Noviembre 2019

Salgo de la casa cruceña de antaño de mis suegros para ir al taller de mi esposa Emmita. Cruzo la avenida La Barranca y en la plazuela me topo con mi amigo Juan Carlos Céspedes, dueño del “Toborochi”, el mejor restaurante del barrio El Trompillo. Me siento a su lado en el banco. Me dice: “Querido Allart, vos que sos periodista y conocés muchos países y realidades diferentes, ¿podés comparar lo que hemos vivido en las últimas semanas aquí en Bolivia con algo que has visto en otros lugares? Es decir, nuestra rebelión como vecinos, con pititas y bloqueos pacíficos, que hizo caer a un gobierno aparentemente fuerte, me parece una cosa bastante peculiar, tal vez única, ¿no es cierto?”. Digo: “En primer lugar, es verdad, soy periodista y he visto otros lugares, pero siempre como observador fugaz y superficial. O sea, no soy conocedor de ningún país, ni siquiera del país donde nací. Vivo fuera de Holanda desde el año 1992. Además, nunca he sido un buen reportero porque soy más teórico que práctico. Entonces, por lo general, hacer un parangón con algo que he leído o estudiado me resulta más fácil que hacerlo con algo que he observado en persona”. Juan Carlos me mira con ojos vidriosos y comenta: “Sinceramente, no sé si te entiendo. Dejame probarlo de nuevo, esta vez con una pregunta más concreta. ¿Vos creés que el sorpresivo cambio de gobierno ha sido un proceso democrático?”. Contesto: “Bueno, deshacerse de un gobierno con métodos violentos ha sido la regla en la historia de la humanidad. La democracia es un mecanismo pacífico inventado por los griegos que sólo recientemente ha logrado una amplia aceptación en el mundo. Entonces, si la democracia es un método pacífico para deshacerse de un gobierno, tendríamos que establecer primero el  grado de pacifismo que se ha manifestado durante la rebelión y el cambio de gobierno. A ver, a mí me parece… “. El dueño del restaurante “Toborochi” ahora cierra sus ojos vidriosos, niega con la cabeza y suspira: “Ay, querido Allart, aprecio tus esfuerzos intelectuales, pero no te entiendo en absoluto. Voy a hacer una última tentativa. Ahora que han anunciado la convocatoria para elecciones nuevas, ¿pensás que por fin vamos a presenciar una verdadera alternancia en el poder?”. Comienzo mi análisis: “Hay que ver qué significa ‘alternancia’ en el contexto actual. Vale decir, ¿va a haber un cambio real o un cambio lampedusiano?“. De pronto, Juan Carlos Céspedes se levanta y se va sin despedirse.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Lunes, 25 Noviembre 2019

Durante las tres semanas que duró el paro cívico, mi hijito Sebastián jugó muchísimas horas en su piscina hinchable. Hoy, quizá como una especie de rito de consolidación de los resultados del paro, decidí desinflar la piscina y guardarla en un rincón del patio trasero de mi casa. No sé por qué, pero tengo un presentimiento bien claro. Siento que me va a llamar mi mejor amigo, el cineasta Tony Peredo. Seguramente me preguntará: “¿Que hacés?”. Y yo le contestaré: “Hola, querido. Estoy guardando la piscina de Sebastián”. Tony me dirá: “Ah, claro. La mítica piscina del niño mágico, símbolo de la valerosa resistencia”. Luego el cineasta me contará su sueño de la noche anterior. Dirá: “A lo mejor fue justamente por la piscina de Sebastián que me visitaron raras imágenes de un enorme hinchamiento. En mi sueño de repente se me creció el pie derecho”. Yo, claramente, no voy a poder contener mi vanidad y diré que las raras imágenes de un pie que crece rápidamente sin razón aparente me recuerdan a un relato de Cortázar titulado “Las manos que crecen”. Mi mejor amigo, quien es mucho más culto y leído que yo, no comentará mi referencia literaria. Retomará el relato de su sueño, diciendo: “Inicialmente, no le doy mucha importancia a mi pie gigante ya que estoy sentado en mi escritorio, revisando un reciente rodaje. Pero cuando decido dar un paseo por el barrio El Trompillo para ordenar mis ideas acerca de mi próximo proyecto cinematográfico, entro en pánico. No puedo caminar normalmente. Me veo obligado a arrastrar mi pata gigante por toda la casa hasta llegar a la puerta de la calle. Allí me doy cuenta de que tengo un pinchazo”. Yo exultaré: “¡Menos mal! ¡Qué alivio! Quiere decir que se te está desinflando la pata, ¿no es cierto?”. Tony dirá: “Sí, en teoría debería sentir un gran alivio. Pero en realidad siento hasta más pánico. De alguna manera consigo un parche de goma y me lo pongo en el pie gigante”. Preguntaré: “¿Y entonces?”. El cineasta explicará: “Este es el final”. Bueno, mientras sigo guardando la piscina, efectivamente me llama Tony Peredo. Me dice: “Sé que estás pensando que te voy a preguntar ‘¿qué hacés?’. Pero no es así. Y sé que piensas que te voy a contar un sueño. Pero ya no es necesario. Ya sé todo lo que presentiste, porque lo que a vos te parecieron presentimientos en realidad fueron recuerdos”. Yo pregunto, no sin perplejidad: “¿Recuerdos de quién?”. Tony dice, no sin misterio: “Tuyos, míos… de todos”.

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Write on Viernes, 22 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián dice: “Papá, los abuelos y la tía Yudit por fin volvieron. ¿Por qué se han quedado tanto tiempo en Estados Unidos?”. Le explico: “Bueno, en primer lugar, tu abuela Josefina y tu abuelo, el papá Hugo, tuvieron que hacer toda una serie de controles médicos. Y la tía los  acompañó. Luego, cuando la situación aquí en Bolivia se puso medio fea por culpa de la política, decidieron quedarse un par de semanas más. Ahora volvieron porque todo volvió a la normalidad, es decir, más o menos”. Mi hijito dice: “Papá, quiero viajar también”. Le pregunto: “¿Adónde querés ir?”. Sebastián contesta: “A Holanda. Extraño al mar, a la piscina y a mis abuelos en Holanda también. ¿Podemos ir mañana?”. Digo: “No podemos viajar ahora, me temo. El año escolar no ha terminado todavía. Tenés exámenes por lo menos hasta el próximo viernes”. Mi hijito propone: “Entonces, vamos a viajar el próximo sábado. Es una buena idea, ¿no es cierto?”. Reconozco: “Tu idea no es tan mala. El problema es que no nos da el tiempo para organizar semejante viaje. Yo soy holandés, vos tenés la doble nacionalidad, pero tu mamá es sólo boliviana y necesita una visa para poder viajar a Holanda. Y conseguir la visa es una cosa complicada y larga. Entonces, lo veo muy difícil”. Sebastián insiste: “Pero extraño al mar de Holanda”. Comento: “Ay, Sebastián, ahora hace mucho frío en Holanda. El mar de invierno no es tan bonito. Además, vos sos súper friolento”. Mi hijito rebate: “Es verdad. Yo soy friolento, pero me voy a abrigar bien, con ropa holandesa. Hace dos años estuvimos también en Holanda en el mes de diciembre, ¿no te acordás? Corrí en la playa con chompa, gorra, botas y guantes holandeses. Y no sentí el frío”. Admito: “A mí también me gustaría viajar a Holanda, porque no vamos desde aquel invierno de dos años atrás. Tus abuelos de Holanda te extrañan mucho, y a tu mamá y a mí también. Tus abuelos ya son ancianos. Ellos quieren pasar unas semanas contigo”. Sebastián dice: “Extraño también a mi tía Martine y a mi tío Cliff. Ellos son holandeses, como vos y yo”. Lo corrijo: “Tu tío Cliff no es holandés. No tiene la doble nacionalidad. Él es sólo inglés”. Mi hijito agrega: “Y mi mamá es sólo boliviana. A mi mamá le gusta mucho viajar, ¿a mi tío Cliff también?”. Respondo: “No, tu tío Cliff detesta viajar. Es un hombre particular. Tiene miedo a volar”. Sebastián concluye: “Mi tío Cliff debería viajar conmigo. Yo le voy a enseñar a viajar sin miedo. Viajar es bellísimo”.

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Write on Jueves, 21 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián pregunta: “Papá, ¿qué vamos a hacer esta tarde? ¿Tenés un plan?”. Contesto: “Siempre tengo un plan. Podríamos ir a la plaza 24 de Septiembre, a darle de comer a las palomas. Y luego podríamos ir al museo de historia natural”. Sebastián suspira: “¡Uf! ¡Qué plan tan malo! Ya fuimos a la plaza y al museo ayer. ¿Sabés qué, papá? Quiero ir al taller de la mamá. Ella sí que tiene siempre buenos planes”. La verdad es que con el calor que está haciendo en estos días no tengo muchas ganas de moverme, pero no puedo defraudarlo a mi hijito. Así que caminamos hacia el taller de mi esposa Emmita. Ella misma nos abre y Sebastián le pregunta si puede quedarse a jugar. “Ay, mi amor, lo siento. Tengo que ir a la casa de mi amiga Berenice. Tengo que dejarle un racimo de plátanos verdes. ¿Te acordás de la tía Berenice? Su madre tiene una pensión”. Ahora Sebastián pregunta: “¿Podemos ir contigo?”. Su mamá dice: “Vamos los tres. Y después vamos a ir al zoológico”. Nuestro hijito me dice: “¿Viste que la mamá tiene planes muy buenos?” En el auto le pregunto a Emmita: “¿Desde cuándo vendés plátanos verdes?”. Mi esposa explica: “Hay escasez de plátano verde por los bloqueos que están haciendo los seguidores del ex Gobierno. Pero yo tengo bastante plátano que me sobró de la olla común de las últimas semanas. La madre de Berenice está desesperada. El plátano verde es un ingrediente clave de todos sus platos criollos”. Llegamos a la casa de Berenice, quien nos da las gracias: “Esto significa todo para mi mamá. Acaban de salvarla. Ella quería cocinar locro de gallina. ¿Se imaginan un locro sin plátano verde? ¿Cuánto te debo, Emmita?”. Mi esposa le dice: “¿Estás loca? Te lo regalo”. Y Berenice, a su vez, dice: “¿Estás loca? El plátano verde vale oro”. Nos despedimos, para luego ir al zoológico. Resulta ser que no hay nadie en el zoológico; hace demasiado calor. Todos los animales están jadeando por aliento. El único que no sufre el calor es Sebastián, quien no para de correr. Ahora nos está esperando frente al espacio de los chanchos troperos. Grita: “¡Descubrí algo muy importante!”. Emmita y yo miramos a los chanchos troperos. Están comiendo. “¿Qué descubriste?” pregunto. Sebastián dice: “Miren bien. Los chanchos troperos están comiendo plátanos verdes. Tienen un montón de comida”. Emmita dice: “El zoológico acaparó plátano verde, como hice yo”. Nuestro hijito se acerca a un custodio. Con aire conspiratorio, le dice: “El plátano verde vale oro”.

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Write on Miércoles, 20 Noviembre 2019

Mi amigo Teo, el viejo vendedor de periódicos, por fin volvió al mercadito El Trompillo, su lugar de trabajo. Lo saludo con un fuerte abrazo porque no lo he visto desde antes del paro cívico. Teo me dice: “Ay, querido Gringo, estos son tiempos muy difíciles”. Comento: “A cada generación le toca lidiar con tiempos difíciles, me temo. Lo importante es cómo reaccionamos ante las dificultades”. El viejo vendedor de periódicos confiesa: “El paro me arruinó. Yo vivo lejos. Durante casi un mes no pude venir aquí. No me dejaban pasar en los bloqueos. No querían entender que yo no podía dejar de trabajar. Todo se puso muy feo para mí, en serio, Gringo”. Le pregunto: “¿Y cómo sobrevivió?”. Teo contesta: “Menos mal que me ayudó mi hija. Me trajo comida todos los días. Es un tesoro, mi hija. Sé que usted tiene sólo un hijo, el Gringuito. Es mejor tener una hija. Una hija te ayuda en tiempos difíciles”. Digo: “Mi hijito Sebastián me da mucho apoyo y consuelo, le cuento”. Teo dice: “Noté que usted en estos tiempos muy difíciles sigue escribiendo sobre el Gringuito. Está bien. Por lo menos no escribe sobre Dios. La gente ahora habla demasiado de Dios. No está bien”. Explico: “Así son los políticos. Uno de ellos empieza así, invocando a Dios a cada rato. Y de repente se dan cuenta de que este truco funciona. Así que todos los demás lo van a imitar. El político es un imitador por excelencia. Así es en todo el mundo. Si por ejemplo un político un día decide invocar a una palmera supuestamente sagrada y resulta ser que este rito le da frutos, entonces todos sus colegas van a hacer lo mismo. Imagínese, Teo. Van a decir ‘si la palmera quiere’ o ‘que la palmera te bendiga’”. El viejo vendedor insiste: “La gente ahora habla demasiado de Dios. Yo soy católico, voy a misa, pero no lo digo a cada rato”. Digo: “Lo entiendo. Usted quiere decir que no es un exhibicionista religioso”. Teo repite: “Estos son tiempos muy difíciles, Gringo”. Trato de consolarlo, diciendo: “Pero el paro terminó y tenemos un Gobierno nuevo. Los políticos juran que van a organizar elecciones limpias. Todo mejorará. Hay que tener fe y paciencia”. El viejo vendedor de periódicos suspira: “Los pobres no vamos a estar mejor. Lo que yo veo, lamentablemente, es una especie de Restauración, el retorno del Antiguo Régimen. El Gobierno nuevo es el Congreso de Viena. Todo vuelve como antes, con las mismas caras viejas”. Pregunto: “¿Cómo es posible que usted hable del Congreso de Viena?” Teo dice: “No subestime a un pobre. No sea como ellos”.

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Write on Martes, 19 Noviembre 2019

Mi esposa Emmita le propone a nuestro hijito Sebastián: “Vamos a la casa de tu primo Sergito. Hace mucho que no lo ves. La última vez fue antes del paro, el día de las elecciones, si no me equivoco”. Sebastián exulta: “¡Sí, mamá! ¡Genial! ¡Vamos!”. En menos de media hora llegamos. Sergito nos abre la puerta y dice: “Hola tía, hola tío y hola Sebastiancito”. Nuestro hijito le dice: “Vos sos Sergito, pero yo no soy Sebastiancito. Me llamo Sebastián. Ya soy grande”. Su primo rebate: “Yo soy alto”. Sebastián reconoce: “Sí, vos sos alto, pero pronto te voy a alcanzar”. Sergito insiste: “Soy mucho más alto que vos”. Nuestro hijito explica: “Por ahora sos más alto que yo, pero esto va a cambiar. Además, yo soy más grande que vos. Yo tengo siete años, vos seis”. Sergito jura: “Pronto te voy a alcanzar, el año próximo ya”. Sebastián se ríe y dice: “No me vas a alcanzar jamás. Siempre voy a tener un año más que vos. Es lógico. Vos no lo entendés, porque no estás en primero de primaria sino en el kínder”. Mi esposa Emmita interviene, diciendo: “Por favor, dejen de discutir. Ustedes son primos, deberían llevarse bien. Vamos, Sebastián, dale un abrazo a Sergito”. Ahora Sergito dice: “Ya no quiero que la gente me llame Sergito. Quiero ser Sergio, porque soy alto y grande”. Le digo: “Tenés razón. Sos Sergio. Suena mucho mejor que Sergito”. Emmita le explica: “Nosotros te decimos Sergito para evitar confusiones. Tu papá también se llama Sergio, ¿no es cierto?”. Sergito le pregunta a mi esposa: “¿Y por qué Sebastián no se llama Allart? El tío Allart es su papá. No entiendo. Sebastián debería llamarse Allart o, mejor, Allarcito”. Y mirándolo a su primo le dice: “Ya no te voy a llamar Sebastiancito”. Sebastián dice: “Menos mal”. Sergito puntualiza: “No te voy a llamar Sebastiancito sino Allarcito”. Nuestro hijito dice: “Nunca me ha gustado el nombre de mi papá”. Ahora intervengo yo, diciendo: “¡Basta ya! Realmente, dejen de discutir. Ustedes son los peores primos del mundo”. Mi esposa dice: “Vayan a jugar. Sergito, tu mamá me contó que tenés una mascota nueva”. Sergito dice: “Sí, se llama Conipanda. Es un conejo”. Sebastián comenta: “Ay, Sergito, conejos no son mascotas. Los conejos deberían vivir libres, en la naturaleza. Por ejemplo, yo tengo tres gatos. Ellos son mis mascotas. No tengo conejos. Pobre Conipanda, no es una mascota”. Su primo le dice: “Entonces, no te lo voy a mostrar. Voy a jugar solito con Conipanda. ¡Chau! ¡Chau! Volvete a tu casa, Allarcito”.

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Write on Lunes, 18 Noviembre 2019

Mi mejor amigo, Tony Peredo, no sólo es un cineasta de notable talento sino también un gran experto en asuntos religiosos y paranormales. La coincidencia quiere que justo ahora Tony me llame. Resulta ser que no tiene ganas de hablar de la complicada situación del país ni de otras cosas terrenales. Me dice: “Allart, ya sabés que la historia de mi nacimiento es medio rara, ¿no es cierto? Sabés que yo nazco al mediodía. Cuando me llevan a la casa aparece un perro en el techo, un perro negro que me cuidó hasta los doce años, y de ahí desapareció”. Comento: “Naciste bajo una constelación extraña. Me recordás en cierto sentido a mi hijito Sebastián o, cómo decís vos, al ‘niño mágico’. El otro día, Sebastián me dijo: ‘Tengo una misión, papá. Tengo que viajar a los seis rumbos del espacio, es decir, norte, sur, este, oeste, arriba y abajo”. El cineasta observa: “No me sorprende. El niño mágico tiene una espiritualidad excepcional”. Digo: “Puede ser. Pero ¿cómo es posible que me hable en estos términos?” Tony explica: “Te habló de los seis rumbos del budismo. Tal vez el niño mágico no conozca el concepto. Sin embargo, lo percibe perfectamente. Por eso digo que tiene una espiritualidad excepcional”. Me disculpo: “Ay, Tony, vos sabés que en cuanto a la espiritualidad soy un analfabeta. ¿Me podés explicar algunas cosas básicas?”. El cineasta dice no sin hesitación: “Bueno, puedo hablar sólo de cosas que he percibido yo… Te confieso que es escalofriante ver a través de una mirada la muerte de las personas o ver que el cielo se raja a la mitad creando a un  tiempo dos realidades opuestas, cómo el día y la noche, que se perciben simultáneamente. O sea, ver que existe algo mucho más diferente a todo. De niño yo lloraba a menudo diciendo que el mundo era una gran mentira”. Digo no sin horror: “Ojalá el niño mágico no tenga esas percepciones”. Tony suspira: “Él es muy perceptivo, como yo. Muchas personas me piden consejos y me mandan fotos  de otras personas para saber qué es lo que veo yo a través de sus ojos. Estuve en varias iglesias o sectas en realidad, de magia roja y negra, buscando respuestas. Porque yo veo cosas que los demás no ven. Estuve un tiempo con los evangélicos y me decían ‘el televisor’. Me traían a la gente y yo la miraba y veía sus penas. Veo la energía de las personas, sus vibraciones y las traduzco en palabras”. Indago: “¿Y que ves cuando mirás a mi hijito Sebastián? Es como mirarte al espejo, imagino”. Tony revela: “En él veo mucha fuerza mental”.

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Write on Viernes, 15 Noviembre 2019

Mi hijito Sebastián me despierta temprano en la mañana. Una lluvia torrencial azota el viejo techo de la casona cruceña de antaño de mis suegros donde seguimos haciendo vivac. “¡Papá, mira! ¡¿Viste la lluvia?! ¡Está lloviendo súper fuerte!”, exclama Sebastián. Le digo: “Lo sé, hijo. La lluvia empezó anoche, a las doce menos cuarto más o menos, y no ha parado”. Mi hijito me mira con aire conspiratorio y dice: “Fui yo”. Le pregunto: “¿En qué sentido?”. Sebastián repite: “Fui yo”. Indago: “¿Me estás diciendo que vos causaste la lluvia?”. Mi hijito explica: “Los que causaron la lluvia fueron los angelitos. Y el niño que rezó para que lo hicieran, fui yo. Se lo pedí con una oración muy especial”. Confieso: “Yo no sé nada de orar”. Sebastián dice con aplomo: “Lo sé, porque nunca vas a la iglesia. No lo entiendo. La iglesia de San Gabriel queda muy cerca, pero  nunca vas”. Repito: “No sé nada de orar. Sin embargo, no me parece de buen gusto pedir algo específico a través de una oración. Es decir, ¿cómo podés pretender que el azaroso Universo de repente cambie de rumbo? Huele a arrogancia pedir que el andamiento de las cosas se interrumpa por un capricho tuyo”. Mi hijito comenta: “Yo pido siempre favores a los angelitos. Y menos mal que me escuchan”. Observo: “Los angelitos no tienen nada que ver con esta lluvia. Vos sabés perfectamente cómo se forma la lluvia. Lo hemos leído varias veces en tu enciclopedia. Sabemos que las nubes están hechas de pequeñas gotas de agua y cuando las nubes se enfrían esas gotas se caen, ¿no es cierto?”. Sebastián dice: “Sí, papá, lo sé. Pero gracias a mi oración, los angelitos crearon un montón de nubes y luego se pusieron a soplar y soplar. Las nubes, entonces, sintieron frío y por eso cayeron las gotas de agua. Menos mal, en serio, porque la lluvia va a limpiar toda la ciudad. También va a limpiar mi colegio. Ayer olía muy feo en mi colegio, no sé por qué, pero ahora la lluvia va a solucionar todo”. Digo: “Tenemos que vestirte bien, mi hijito, con botas, impermeable y paraguas”. Mi hijito exulta: “¡Sí, papá, me encanta la lluvia! Anoche recé y recé y recé. Les pedí a los angelitos que nos mandaran muchísima agua, para los pobres animales en el campo, para las mascotas en las casas, para las aves en los árboles. Y también para nosotros, los seres humanos, los niños, los grandes, los abuelos. Para todos los bolivianos pedí agua. Necesitamos mojarnos todos, tomar agua, limpiarnos. ¿Lo podés creer? Fui yo”.

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