Santa Cruz de la Sierra
Allart Hoekzema

Allart Hoekzema

Write on Viernes, 21 Febrero 2020

Nos encontramos con nuestro hijito Sebastián en el auto de mi esposa Emmita, mientras afuera está lloviendo a cántaros. Sebastián exclama: “¡Mirá, mamá! ¡La avenida La Barranca se parece al río Piraí! Nuestro auto es un barco que nos llevará al puerto. ¿Saben cuál es el puerto?”. Mi esposa adivina: “¿Tu colegio?”. Nuestro hijito exulta: “¡Sííí! ¡Bravo! Diez puntos para la mamá, cero para el papá”. Digo: “No me gusta la lluvia. Nunca me voy a acostumbrar a esta fealdad. La ciudad se  pone súper fea cuando llueve. El problema es que Santa Cruz no está preparada al agua. Sabemos desde hace siglos y siglos que aquí llueve a menudo. No obstante, cada aguacero nos agarra desprevenidos”. Sebastián dice: “Ay, papá, no seas aguafiestas. Estoy jugando con la mamá. La avenida es un río y la mamá es la capitana de nuestro barco. Y no sé si vamos a encontrar el puerto. Me gustaría navegar todo el día sin parar”. Emmita comenta: “Sebastián tiene la actitud correcta. Inútil quejarse del diluvio. En estas circunstancias hay que improvisar. Menos mal que los bolivianos somos expertos en la improvisación. Tal vez no estemos siempre tan preparados, pero nadie sabe improvisar como nosotros”. Nuestro hijito le pregunta a su madre: “¿Qué significa ‘improvisar’?”. Mi esposa responde inmediatamente, sin tener que pensar ni un segundo: “Bueno, ‘improvisar’ es saber reaccionar a cosas imprevistas utilizando la creatividad y la fantasía. Por ejemplo, hijo, vos ahora estás improvisando, mientras que a tu papá no se le ocurre nada mejor que quejarse. Vos estás utilizando la imaginación. Así que nosotros estamos navegando con un barco en el río Piraí y tu pobre papá está renegando en un auto bajo un chaparrón”. Le digo a Emmita: “En serio, el problema aquí es que la gente nunca se prepara a nada. La moraleja de la historia de Noé y su arca no me parece tan complicada. Cuando llegue el diluvio universal hay que estar preparado, ¿no es cierto? ¿Vos pensás que mi país seguiría existiendo si los holandeses no aumentáramos cada treinta años los diques? Claro que no. Hay que ser conscientes, hay que construir. Hay que prepararse en vez de improvisar. Esta es la lección de Noé y también la de los Países Bajos”. Mi esposa primero mira a mí y luego a Sebastián. Comienza a reír. Le pregunta a nuestro hijito: “¿Se lo digo yo o querés explicárselo vos?”. Sebastián ríe igual. Le dice a su madre: “Yo lo voy a hacer”. Y a mí me dice: “Aquí todo es diferente. Aquí no estamos en Holanda, ¿entendés, papá?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 20 Febrero 2020

Mi gran amigo, el cineasta Tony Peredo, tiene un carácter constante, lo que es la base de su éxito. No obstante, de vez en cuando le vienen profundas dudas existenciales, como ahora, justo cuando estamos por consumir el almuerzo en el atelier de mi esposa Emmita. Tony dice: “Estudié química e ingeniería de sonido en Buenos Aires. Ambas son materias no banales y los diplomas y atestados que conseguí siguen sirviéndome. Pero la vida es mucho más que la profesión que uno tiene. A lo que me voy, nunca aprendí realmente el arte de vivir”. Emmita le dice: “Comé, Tony. Cuando uno come algo, todo cambia. Es decir, todo se vuelve menos problemático”. Yo digo: “Les cuento que para mí la comida se ha transformado en un asunto problemático. Todo me hace daño, menos el agua y las galletas de agua”. Curiosamente, los demás, o sea, Emmita, nuestro hijito Sebastián, Tony y el urubicheño Dámaso Vaca ignoran mi comentario. Dámaso ahora opina: “Tony, sos un tipo inteligente. Eso nadie lo va a negar”. El cineasta dice: “Gracias, querido, por el cumplido”. El urubicheño advierte: “Esperá, hombre. Iba a decir algo más. Porque lo que pasa es que no hay ninguna correlación entre la inteligencia y la sabiduría. Mirá por ejemplo a Allart, nuestro amigo periodista. Él tiene hasta más diplomas que vos, pero, honestamente, no sé si lo podemos definir como una persona sabia”. Comento: “No se preocupen. Por lo menos, soy lo suficientemente sabio como para reconocer que no soy sabio”. Nuevamente, los demás ignoran mi comentario. Mi esposa Emmita dice: “En todos los estratos sociales hay personas sabias”. Nuestro hijito Sebastián dice: “Mi mamá es una persona muy sabia, menos mal”. Dámaso dice: “Lo confirmo. Tu mamá razona con la mente fría. Pero tu papá, a pesar de ser nórdico, es demasiado exaltado”. Exclamo: “¡¿Exaltado?! ¡¿Yo?! ¡Nada que ver!”. El cineasta busca calmarme, diciendo: “Bueno, digamos que sos impulsivo. Yo también soy impulsivo. Por eso me cuesta mucho razonar como un sabio”. Pregunto, todavía bastante alterado: “¿Y qué sería la diferencia? ‘Exaltado’ e ‘impulsivo’ son sinónimos. No traten de engañarme con palabras”. El urubicheño Dámaso Vaca dice: “Ay, pobre amigo periodista, ninguno de nosotros nunca te va a engañar con palabras. No es nuestra profesión.” Sebastián observa: “Cuando mi papá está conmigo no se equivoca nunca. Conmigo es muy sabio”. Mi esposa le dice: “Es que vos le das el buen ejemplo a tu papá”. Emmita tiene razón: no hay sabiduría más profunda que la inocencia.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 19 Febrero 2020

Estamos almorzando en la casa de la tía Angélica. Mi hijito Sebastián juega con la comida en vez de comerla. Mi sobrino Sergito, quien acaba de llegar de Estados Unidos donde nació el bebé de su hermana Irene, dice: “Tío, Sebastián y yo ya tenemos muy buenos planes para la tarde. Hace mucho que no juego con mi primo. Entonces, primero vamos a ir al zoológico. Luego queremos visitar la plaza 24 de Septiembre para darle de comer a nuestras amigas, las palomas. Y al final vamos a ir al museo de historia natural. Son muy buenos nuestros planes, ¿no es cierto, tío?”. Reconozco que los planes de mi sobrino y mi hijito son excelentes, pero lamentablemente me veo obligado a arruinar la fiesta. Explico: “Ay, Sergito, lo siento mucho. Estuviste ausente durante más de una semana. Tenés un montón de tarea. Y no se trata de tarea cualquiera, sino de tarea en alemán. Pero no te preocupes. Yo te voy a ayudar. Tu madre me lo pidió”. Sergito le pregunta a su primo Sebastián: “¿Por qué ya no estás en el colegio alemán? Debe ser por la tarea. Te dan demasiada tarea, ¿no es cierto?”. Mi hijito contesta: “No fue por la tarea. Fue por la plata. Mi papá dice que el colegio alemán es carísimo. Ahora estoy en un colegio barato”. Protesto: “No fue por plata, hijo. El colegio alemán no me gustó, ni a tu mamá”. Mi sobrino dice: “Demasiada tarea, ¿verdad, tío?”. Repito: “No fue por la tarea”. Sebastián insiste: “Fue por la plata”. Ahora digo: “Vámonos. Los dos tienen tarea. Vamos a estudiar arriba”. En la habitación del segundo piso abro primero la mochila de Sergito. Saco su agenda. Mi hijito Sebastián exulta: “¡Sííí! ¡Me acuerdo! ¡Es el ‘Hausaufgabenheft’!”. Sergito le pregunta, no sin asusto: “¿Qué es eso?”. Mi hijito dice: “Me acuerdo del ‘Hausaufgabenheft’. Es el cuaderno de la tarea. Me gustaba mucho ese cuaderno. Todos los días estaba lleno de palabras raras. Me encanta el alemán, porque suena muy chistoso. Suena tan chistoso como el holandés, ¿verdad, papá?”. Decido no comentar. Verifico lo que Sergito tiene que hacer para mañana. “Es muchísimo, me temo. Vamos a abrir la mochila de Sebastián”, propongo. Sebastián saca un libro de música, el cancionero patriótico. Nos dice: “En mi colegio no tenemos ningún ‘Hausaufgabenheft’. Extraño mucho mi ‘Hausaufgabenheft’ del colegio alemán. En mi colegio la profe escribe la tarea en la pizarra”. Sergito pregunta: “¿Qué tenés para mañana?”. Sebastián responde: “Tengo que aprender la letra del himno nacional. Pero no me gusta. El español no suena chistoso”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 18 Febrero 2020

Seguimos discutiendo en la plazuela de La Barranca. El urubicheño Dámaso Vaca insiste: “En serio, esa noticia me hizo pensar, es decir, la nota que leí sobre los seis holandeses que vivían como vos, Allart, en el extranjero y que habían perdido la nacionalidad holandesa por no haber renovado sus pasaportes a tiempo”. El cineasta Tony Peredo dice: “Me parece una barbaridad. Evidentemente, el derecho a tu nacionalidad no es un derecho inalienable en Holanda, ¿verdad?”. Yo digo: “Vamos a ver. Mi padre también me ha hablado de ese asunto. Parece que el tribunal administrativo de Holanda ahora está estudiando el caso. Ojalá juzgue con sabiduría. En una sociedad libre y abierta la burocracia no debería atropellar al individuo. Me parece que al analizar la cuestión en fondo, todo se reduce a la visión que la sociedad tiene acerca del individuo”. El urubicheño comenta: “El individuo es un concepto sumamente ambiguo”. Le pregunto: “¿En Urubichá también?”. Dámaso se ríe y dice: “Inclusive en Urubichá”. El cineasta coincide: “Realmente, somos seres ambiguos. El individuo tiene una inclinación no solamente egoísta sino también altruista. Somos seres solitarios pero igual con grandes necesidades sociales. Es decir, nuestra identidad es individual y colectiva”. Protesto: “No sé si una etiqueta colectiva que llevamos con nosotros, qué sé, una etiqueta de raza, nacionalidad, género, etc., realmente es algo que determina una parte de nuestra identidad. Sinceramente, cuando yo pienso en la identidad pienso en cosas que te caracterizan como persona única, la historia particular de tu vida. No pienso en eventuales rasgos de tu grupo o de tu nación. Estas últimas cosas no son realidades, sino abstracciones”. El urubicheño puntualiza: “Yo estaba hablando del individuo como concepto ambiguo. El ser humano solo con sus criterios propios y su libre albedrío es una construcción jurídica que sirve como base de las leyes. Pero la realidad del ser humano concreto y verdadero es diferente. A mí tampoco me gusta pensar en términos de grupos o colectivos. Huele a rebaño. Pero no se puede negar que también tengamos una identidad o hasta varias identidades colectivas. En este sentido me atrevo a afirmar que la sociedad de Urubichá es un típico ejemplo ancestral. Los urubicheños o los guarayos en general solíamos cazar y pescar colectivamente. Y al mismo tiempo nunca hemos aceptado ninguna rígida jerarquía del poder, o sea, ninguna organización vertical de nuestras tribus”. El cineasta Tony Peredo exclama: “¡Guau! ¡Urubichá como arquetipo!”. Confieso: “No quiero ser holandés. Quiero ser urubicheño”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Martes, 18 Febrero 2020

Estamos sentados en un banco de la plazuela de La Barranca, nuestro “Ágora”, digamos, donde a menudo nos congregamos. “Tengo que renovar el DNI, mi carnet argentino”, dice el cineasta Tony Peredo, mi mejor amigo y un hombre de múltiples orígenes (tiene sangre italiana, española, argentina, gitana, etc.). “¿Vale la pena hacerlo?”, quiere saber el urubicheño Dámaso Vaca. Tony dice: “Claro que sí. Yo amo a la Argentina, en serio”. Opino: “La renovación de la nacionalidad debería ser automática. La burocracia sólo debería registrar renuncias. Entonces, en tu caso por ejemplo, querido Tony, tendrías que ir a la Argentina para hacer los trámites necesarias si por algún motivo ya no quisieras ser argentino”. El cineasta dice, un poco alterado: “Pero yo quiero ser argentino. Voy a ir a Buenos Aires la próxima semana. Me hubiera gustado hacerlo en otro período porque estoy muy ocupado. Pero no importa, voy a ir sí o sí porque, repito, amo a la Argentina”. Dámaso Vaca, un hombre no de múltiples orígenes pero si de amplia cultura, me dice: “Justo ayer leí sobre un caso de seis holandeses que vivían en el extranjero, como vos, Allart. Bueno, la nota decía que esos seis ciudadanos de Holanda habían perdido su nacionalidad por no haber renovado a tiempo su pasaporte. Son bien estrictas las autoridades de tu país, ¿no es cierto?”. Digo, no sin hesitación: “Bueno, honestamente, no sé si Holanda sigue siendo mi país”. Tony comenta: “Ay, Allart, no me digas que vos también perdiste la nacionalidad holandesa por no haber renovado a tiempo tu pasaporte”. Explico: “No, creo que voy a tener que renovar mi pasaporte recién en unos cuatro años. Oficialmente, sigo siendo holandés. Sin embargo, la pregunta es: ¿puede alguien que desde hace casi treinta años vive fuera de Holanda todavía considerarse ciudadano holandés? ¿Qué sé yo realmente de la Holanda actual?”. Dámaso observa: “Yo no vivo en Urubichá desde hace casi dos décadas. Pero esto no quiere decir que ya no me puedo identificar con mi pueblo”. Tony Peredo se ríe y le pregunta al urubicheño: “¿Qué hacés? Realmente, ¿estás comparando tu pueblo, donde nunca cambia nada, con uno de los países más desarrollados y más dinámicos del mundo?”. Ahora Dámaso se ríe también. Me mira y dice: “Sospecho que los urubicheños somos más felices que ustedes”. Yo lo miro y digo: “No te preocupes. No me ofendés. No sé nada de los holandeses actuales. Tal vez sean felices, tal vez no. Mis padres, que siguen viviendo en Holanda, por lo menos no son infelices, creo. Y mis dos hermanas tampoco”. Seguirá.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Viernes, 14 Febrero 2020

Mi hijito Sebastián entra a mi habitación con un lapicero y una hoja de papel. Me dice: “Papá, voy a escribir una carta. Hace mucho que no escribo una carta. La última vez fue para Navidad, ¿te acordás?”. Le digo: “Claro que me acuerdo. Tu carta para Navidad fue un éxito. Papá Noel te trajo exactamente lo que le pediste, o sea, una caja de Lego y una caja de Megaconstrux”. Sebastián explica: “Fue una carta muy buena, porque yo soy muy bueno para escribir cartas”. Pregunto: “¿Y ahora? ¿A quién vas a escribir una carta?”. Mi hijito responde: “A Sofía”. Digo, sorprendido: “No me digas que vas a escribir una carta a tu compañerita para el día de San Valentín. Recuerdo que Sofía el año pasado te dio una tarjeta de San Valentín. Pero vos no le escribiste nada”. Sebastián puntualiza: “El año pasado no le escribí una carta para San Valentín, pero sí para el día de la Amistad”. Comento: “No es lo mismo. Una carta para el día de San Valentín tiene otro significado”. Mi hijito pregunta: “¿Y vos? ¿Vas a escribir una carta a la mamá?”. Digo, no sin sonrojo: “La voy a llamar”. Sebastián comenta: “Llamar no es lo mismo. Escribir tiene otro significado”. Reconozco: “Tenés razón”. Mi hijito insiste: “¿Por qué no le vas a escribir a la mamá? A vos te gusta escribir y a la mamá le va a gustar leer tu carta”. Desvío la conversación, preguntando: “¿Y qué le vas a escribir a Sofía? Me acuerdo de lo que te escribió ella el año pasado. Decía que te amaba. Había muchos corazoncitos en la tarjeta. Y el color de la tarjeta era rosado”. Sebastián dice: “No me gusta el color rosado. Es para niñas”. Propongo: “Vos vas a escribir la carta y yo te voy a buscar el sobre”. Sebastián explica: “Sí, el sobre tiene que ser rojo. Es mi color favorito”. Observo: “Es el color del amor”. Mi hijito dice: “Papá, muchas veces te digo que te amo, ¿verdad?”. Digo: “Sí, y eso me gusta mucho”. Sebastián prosigue: “Y también se lo digo muchas veces a la mamá. Porque los tres somos una familia y nos amamos. Y a los gatos se lo digo igual. Amo mucho a Blanqui, a la Rosita y a Minnie. Somos una familia de tres personas y tres gatos”. Quiero saber si Sebastián alguna vez ha dicho a Sergito, su primo favorito, que lo ama. Él dice: “No, nada que ver. A Sergito no lo amo. Lo quiero. No es lo mismo. Y nunca se lo he dicho”. Ahora quiero saber qué le va a decir en su carta a su compañerita Sofía. Mi hijito responde, lacónico: “Le voy a escribir que me gusta. ¿Sabés que muchas veces en el curso le digo que me gusta?”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Jueves, 13 Febrero 2020

Llega Ronald en su taxi. Le digo: “Reconozco esa cara. Está molesto. Tiene la cara de uno que acaba de ser estafado”. El taxista pregunta: “¿Cómo lo sabe?”. Comento: “Tengo razón, ¿no es cierto? Yo he sido estafado aquí miles de veces. Lo que pasa es que soy muy, ¿cómo decirlo?,… Digamos ‘crédulo’”. Ronald, quien conmigo ya pasó de la timidez a la confianza, me corrige: “Digamos que usted es muy huevón”. Reconozco: “Así es”. El taxista dice: “Yo soy más huevón que usted, don Allart. Tiene razón, alguien me tumbó, por enésima vez”. Indago: “¿Mucha plata?”. Ronald suspira: “Para mí, sí. Presté 400 bolivianos a un tipo. Nunca me los devolvió. Acabo de descubrir que cambió de teléfono”. Sigo indagando: “¿Un tipo del barrio?”. Ronald exclama: “¡Ni siquiera! Presté 400 bolivianos a un desconocido, prácticamente. Lo había visto sólo un par de veces. Encima, mis colegas ya me habían hablado de lo informal que era”. Digo: “Bueno, ojalá le sirva de lección”. El taxista observa: “¿Cómo vamos a aprender los huevonazos? El otro día me estafaron en la calle con un taladro. Bonito se veía, una marca alemana, con repuestos nuevitos y todo. Quería colocar unos estantes en mi dormitorio, así que me lo compré. Inclusive, tenía un papel en la caja que decía ‘3 años de garantía’. Bueno, el taladro alemán no hizo ni tres huecos en mi pared y ya no servía. ¡Kaput!”. Me río, no lo puedo evitar. Digo: “Ay, Ronald, lo siento. Pero no hay que ser astrofísico para saber que es mucho mejor comprar un taladro alemán en una tienda especializada que en la calle”. El taxista admite: “Lo sé o, por lo menos, creo saberlo ahora, a fin de cuentas. Pero la peor estafa que me hicieron en la vida fue con un anticrético. Hace unos años atrás agarré una habitación en anticrético con 3.000 dólares que me había prestado mi mamá. Todo estaba bien al inicio. La habitación era decente, en una casa cómoda y, además, en un barrio seguro. Pero luego, al entrar en confianza con los vecinos, mucha gente empezó a hablarme mal de la señora esa. Y al final resultó ser que la dueña nunca había tenido la intención de devolverme los 3.000 dólares”. Pregunto: “¿Y cómo reaccionó su pobre mamá cuando supo de la estafa?”. El taxista suspira: “Mi mamá sigue tratándome por ese asunto”. Ahora pregunto: “¿No contrataste a un abogado?”. Ronald dice: “No, pero alguien ahí arriba hizo justicia. En poco tiempo, la señora esa perdió su casa y terminó en la calle”. Me río, de nuevo. Confieso: “Sigo pensando en el taladro alemán”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Write on Miércoles, 12 Febrero 2020

Acaba de llover y el cielo ya anuncia nuevas lluvias. Estamos mirando a dos loros habladores en su jaula en el zoológico municipal. A su vez, ellos nos miran a nosotros. “Están tristes. No les gusta el clima de Santa Cruz”, comenta mi hijito Sebastián. “¿Cómo lo sabés? No los escuché hablar”, digo. Sebastián explica: “Me lo dijeron muy despacio”. Ahora mi hijito les susurra algo ininteligible a los dos loros. Lo miro y él me dice: “Les expliqué que no tienen que quejarse, porque su jaula tiene techo. No se van a mojar. Además, les conté que el clima en Holanda es aún peor que el clima de Santa Cruz. Tengo razón, ¿no es cierto, papá?”. Coincido: “Ay, sí, el clima de Holanda es horrible, sobre todo en este período del año. Allí un loro hablador no aguantaría ni un día”. De nuevo, Sebastián les susurra algo ininteligible a los dos loros. “¿Qué les dijiste ahora?”, pregunto. “Les dije que los quiero mucho y que ahora vamos a visitar a su mejor amiga, la pava campanilla”. Delante de la jaula de la pava campanilla, mi hijito canta una canción sobre la lluvia que aprendió en su curso del colegio Adolfo Kolping. “A la pava campanilla le gusta mucho la música. Ella es como yo”, me dice. De repente, la pava emite un grito. “¿Qué te está diciendo?”, quiero saber. Sebastián contesta: “Le encantó la canción. Dijo ‘¡guau!’”. Entramos al gran aviario del zoológico, donde reina un silencio surreal. En el suelo, bajo un arbusto, vemos una tortuga y una iguana. Mi hijito las saluda: “Hola, amigas, quédense allí bajo las hojas. Va a llover en cualquier momento”. La iguana saca la lengua. Sebastián se ríe y explica: “La iguana está renegando. A ella tampoco le gusta el clima de Santa Cruz. Me está diciendo que quisiera que el aviario tuviera un buen techo, algo de chapa ondulada por ejemplo”. Verifico: “¿En serio te está diciendo esto, con todos los detalles técnicos?”. Mi hijito inclina la cabeza. Mientras tanto, me doy cuenta de que no se ven aves en este aviario. Como si pudiera leer mis pensamientos, Sebastián me dice: “Todas las aves están en un refugio. Saben que va a llover durante muchos días y ninguna de ellas quiere mojarse. Las aves del gran aviario del zoológico son muy sensibles”. Pregunto: “¿Cuál es el refugio de las aves?”. Sebastián susurra. Esta vez no es ininteligible. Capto el mensaje: “El refugio de las aves es un lugar secreto. Pero vos y yo lo conocemos”. Comento: “Ay, menos mal que las aves se encuentran allí. Eso significa que están a salvo”. Mi hijito promete: “Las vamos a visitar en la noche, papá”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

Últimas Noticias

Prev Next

Activistas presentan un proyecto de decl…

Activistas presentan un proyecto de declaratoria del 21 de febrero como el Día del Ciudadano

Representantes de plataformas ciudadanas y activistas presentaron a la presidenta Jeanine Áñez un proyecto de...

El clásico paceño en viernes de carnaval…

El clásico paceño en viernes de carnaval abre la octava fecha del Apertura

La octava fecha del campeonato Apertura de la División Profesional arranca con el tradicional clásico...

Guaidó convoca movilización al Parlament…

Guaidó convoca movilización al Parlamento de Venezuela el 10 de marzo

El líder opositor, Juan Guaidó, convocó hoy a sindicatos y gremios del país a marchar...